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Me casé con mi nodriza

POR: Higinio Esparza Ramírez

Fui de cuna humilde, donde los biberones escurriendo leche de vaca brillaban por su ausencia y cuando se me hizo un vicio chupar trapos o pedazos de hule espuma como si fueran tetas, mi madre habló con una joven vecina que vivía a dos puertas de la casa, pidiéndole por favor que me amamantara mientras ella se recuperaba de los corajes que le agriaban la leche y optaba por suspender la alimentación a falta de grasas, proteínas, lactosa, vitaminas, sales minerales y una homogeneidad que liberaba al crío de los odiosos malestares gástricos.

Alquiló una nodriza, una robusta mujer que gustosa asumió las funciones de madre sustituta de uno de los enclenques niños -yo fui el afortunado- y muy temprano en la mañana del siguiente día, llegó a la casa y de inmediato comenzó a amamantarme. Entonces un paraíso se abrió a mis ojos: tenía pecas en las sonrosadas mejillas y pecas en el pecho, exhuberante a más no poder; pelo que la caía en cascada y una sonrisa picaresca que de momento me intrigó pero sin poder llegar a conclusiones pues apenas tenía tres meses de nacido.

A mañana, tarde y noche me tuvo entre sus brazos, alimentándome con sus dos prodigios pectorales mientras cantaba “a la rorro niño, duérmaseme ya…”, una tonada que producía en mi un efecto contrario, pues más me aferraba al sinuoso manantial generador de vida, de sueños e ilusiones.

Antes de que la nodriza entrara a mi vida, a mi madre ya la tenía harta y optaba por esconderse debajo de la mesa o metiéndose al ropero, pero no conseguía evadirme porque ya se me había aguzado el olfato y en gateo era un experto, pues iba de un rincón al otro explorando el terreno.

Ni el lodo con hormigas hueras untado en los pezones, conseguía ahuyentarme; por el contrario, las masticaba -a las hormigas- con las encías porque dientes todavía no había. La estratagema materna siempre fracasó en esos menesteres y optó por las hormigas negras de Miguel Auza, Zacatecas, con iguales resultados.

Por esa causa y las muchas más derivadas de la necesidad de atender a los niños mayores y al padre al que también había que alimentar tres veces al día pero en la mesa de la cocina, una situación que le quitaba fuerza, paz y sosiego, se decidió por la nodriza especialmente para mi, pues era el más exigente en cuestiones alimentarias maternas, y lloraba a gritos demandando atención hasta que de plano decidió mantenerme alejado recurriendo a la leche de otro hogar.

Llegaba mi nodriza con un vestido floreado, de falda ancha y escote pronunciado; comenzaba su labor con arrumacos, pellizquitos en los cachetes y caricias con el dedo meñique en el labio inferior, un preámbulo que abría mis ansias de par en par y me entregaba con fervor al coloquio bienaventurado.

Disfruté por años en aquel mar de blancura lechosa hasta que comenzaron a salirme las muelas del juicio y entonces me adentré de lleno a la realidad. Ya no hubo caricias inocentes, mi nodriza dejó de serlo y recuperó su figura de mujer soltera, joven, suave y glamorosa que reclamaba derechos, respeto y un trato conyugal con cobertura de mantenimiento para toda la vida.

Lo bruto nunca se me quitó al grado de preguntarme: ¿Qué es lo que quiere? hasta que la chispa se me prendió y descubrí que me había enamorado de ella. Eso sucedió cuando amenazó con salirse de mi vida y buscar otros rumbos más redituables.

El amor del mismo modo había llegado a ella desde que me conoció de niño; maduró con el tiempo y surgió boyante con el trato diario y de acercamiento sin rubores ni pecado, pero tampoco se decidía a manifestarlo abiertamente pues me consideraba suyo y nunca pensó que yo buscaría otros pechos o más bien, ése fue el temor que comenzó a crecer en su corazón.

El enamoramiento igualmente la tenía atrapada y a quince años de iniciada nuestra relación de nodriza-niño, nos explayamos con ese sentimiento y decidimos legalizar nuestra feliz unión por todas las vías, legales, religiosas y de vecindario. No queríamos dar lugar a críticas que alteraran nuestra nueva vida que por fin había entrado a remansos de quietud y paz espiritual. Esto último lo digo porque ya crecidito, también la acosaba con mi perverso reclamo infantil hasta que le puso fin con un enérgico !Ya basta!

Entonces nos decidimos a contraer matrimonio y tuvimos hijos, pero ya no hubo nodrizas. Ahora, de

adulto, ya no me gusta la leche, ni Lala ni Bell, cuando mucho tomo café descafeínado con crema deslactosada, sin hormigas. (Texto basado en hechos reales)

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