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La fuerza del hambre y el valor de las sampetrinas

POR: Higinio Esparza Ramírez

“Un viaje de 1000 kilómetros comienza con un primer paso”. (Máxima China)

En mayo de 1963, los acosos, amenazas, humillaciones y rechazos del sector oficial, de particulares y líderes explotadores, no doblegaron a las 202 mujeres campesinas de San Pedro de las Colonias que emprendieron a pie una marcha kilométrica hacia la residencia oficial de Los Pinos, en la capital de la República, con el fin de entregarle al presidente Adolfo López Mateos, en sus propias manos, un documento con una serie de demandas orientadas a paliar la miseria que castigaba inmisericorde a aquella zona rural coahuilense, donde niños hambrientos y con sed bebían-para seguir subsistiendo- la sangre de los animales sacrificados en el rastro municipal, o “pepenaban” comida en los mezquitales y nopaleras de los ejidos.

“Caravana del Hambre” fue llamada aquella épica marcha, cuya historia documentada preservó la maestra Gabriela Gutiérrez Medellín, hija de una de las marchistas -Juana María Medellín de Gutiérrez- las dos, asistentes y asesoras de las sufridas caminantes vencedoras del desierto y que consiguieron -finalmente- una entrevista de un grupo de sus representantes con el presidente de la República en su propio despacho y de la cual surgieron acuerdos en ese nivel para resolver los problemas planteados: la miseria en el campo y la falta de trabajo para los campesinos, entre otros .

La singular caravana sólo llegó completa, hasta Saltillo, donde por teléfono se hicieron los arreglos para que el Presidente atendiera personalmente a las comisionadas, encabezadas por Juanita Medellín de Gutiérrez. Las llevaron a México por avión.

En nueve días la caravana había recorrido a pie 246 kilómetros “bajo la lluvia, un ardiente sol, hambres y enfermedades”, escribieron los reporteros. “Habían logrado ya su propósito Y obtenido más de lo que pedían, según versiones de la época”.

Una odisea sin paralelo en los anales de la Comarca Lagunera, con resonancia nacional e internacional, descrita pormenorizadamente en el libro intitulado “202 sampetrinas hicieron retemblar en su centro la tierra misma”, un ensayo histórico de la maestra Gutiérrez Medellín, con el apoyo de su hija Paloma Peña Gutiérrez, quien se encargó de ordenar y secuenciar documentos, publicaciones periodísticas, anécdotas y comentarios recopilados por la autora de sus días en los meses subsecuentes de la original protesta mujeril.

El libro, editado en agosto de 2015, contiene las crónicas de los reporteros que cubrieron día y noche el extenuante recorrido, con copias de fotografías de impactante dramatismo como un intento de autoinmolación de una madre con su hija de apenas cinco años de edad que no habían probado alimento durante seis días.

El sufrimiento y las miles de penalidades que las mujeres encontraron en el camino inicial de más de 240 kilómetros que cubrieron a pie machando a través del inclemente desierto, soportando con heroicidad resolanas y tolvaneras, “un viento frío y polvoso” que soplaba todas las noches y el hambre y la sed que las castigaba sin piedad.

Jesús Sánchez Hermosillo, reportero de la revista “Impacto”: “Sombreros de paja, pañoletas remendadas, canas, cabelleras flotantes, rostros ajados por el viento, ojos enlodados por el llanto y la tierra, cuerpos encorvados, axilas sudorosas, senos flácidos, piernas aterradas, huaraches, pies hinchados, callosos, heridos, sangrantes… cientos de mujeres caminan por la carretera, ancianas, jóvenes embarazadas, enfermas… ni el cansancio ni el quemante sol del desierto, ni las tolvaneras, ni las lluvias ni las granizadas, ni siquiera las autoridades municipales ni estatales han podido detenerlas. Sólo un hombre puede dar fin a este inenarrarable sacrificio: el presidente de la República”

Sánchez Hermosillo relató, conmovido: …fui llamado por un grupo de campesinos que querían que viera algo que no podría olvidar. Sentado sobre la banqueta un hombre, un espectro de hombre, veía agonizar en sus brazos a una niña de unos cuatro años, sí, muriéndose de hambre, el hombre también tenía hambre, pero sólo se ocupaba en llorar. ¿Qué podía decirle a aquel hombre? Nada.

Denunciarían al presidente, los abusos y corruptelas de los funcionarios y empleados de los bancos agrario y rural y de los líderes cenesitas coludidos con los explotadores y el poder oficial, además de la falta de agua para riego que no se les daba a los campesinos desde un año atrás. Aparte, demandaron la suspensión inmediata de los vales de la Conasupo manejados como en los tiempos de las “tiendas de raya”.

“Nuestros hijos necesitan alimento, la falta de trabajo hace que estemos en completa pobreza, por eso vamos a México, dijeron una y otra vez a los funcionarios estatales, municipales y federales, incluyendo a los militares que insistieron, mediante amenazas, represiones y encarcelamientos, en disolver el movimiento femenil “para no molestar a los señores gobernantes”. “A nuestros hombres los dejamos en casa, cuidando a los niños. No quisimos que ellos formaran la caravana porque fácilmente los hubieran convencido de que regresaran y esperaran una respuesta que nunca llegaría. Ya estamos hartas de las promesas que nunca se cumplen”, sentenciaron.

Entre las penurias superadas con dolor y sacrificio en el camino por parte de las 202 sampetrinas y más de 40 que se solidarizaron destacaron: edad avanzada, mala alimentación -frijoles, chile y tortillas fueron su comida básica al partir; ingesta de agua gruesa, salitrosa y maloliente, aguaceros y lluvias, vientos y tolvaneras que arrastraban a las más delgadas, males agravados por el esfuerzo, piernas paralizadas, padecimientos bronquiales originados por el mal tiempo, los mosquitos y la amenaza de víboras ocultas en la maleza.

Rosa Margarita Moreno Gómez de Flores, la autora del prólogo, señala: “Esta obra es un merecido reconocimiento a todas esas mujeres que participaron en aquella marcha que por justicia de Dios, fue fructífera y loable y sin duda alguna, está llamada a ser un referente imprescindible para observar y ser parte de los fenómenos económicos, políticos y sociales de nuestro país, tan terriblemente dañado”.

¿Y cómo cesó la represión militar?: con el Himno Nacional Mexicano cantado a coro por las audaces e inteligentes mujeres de San Pedro de las Colonias. Los militares, de arraigado patriotismo, asumieron la posición de firmes y regresaron a su posición original el rifle amenazador: asido verticalmente con la mano derecha y recargado en el hombro, sin apuntar a nadie, solo al cielo.

De mi parte, una reflexión china: -Un viaje de 1000 kilómetros, comienza con un primer paso. Un primer paso dado por las valientes sampetrinas que encontraron eco y respuesta a sus demandas en la inexpugnable residencia oficial de Los Pinos, no todas. Sin ellas, los beneficios no hubieran sido logrados. destacando: la construcción de la carretera San Pedro-Cuatrociénegas, la pavimentación de la mayor parte de las calles de San Pedro, empleando en ambas manos de obra campesina; la construcción de una clínica de servicio gratuito y dos escuelas federales; atención presidencial a las carencias y falta de mercado nacional de los candelilleros; modificaciones al sistema de vales de la Conasupo, incrementando la existencia de los artículos de primera necesidad.

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