Press "Enter" to skip to content

Entre parques y jardines, chilaquiles y chicharrón…

POR: Higinio Esparza Ramírez

-Ve a ver qué quiere el viejito. Le ordenó el supervisor de Parques y Jardines al ayudante que riega y barre el parquecito dedicado a los precursores de la Revolución Mexicana ubicado en Madrid y Montecarlo de la colonia El Campestre de Gómez Palacio, un paseo público que en los años 90 fue severamente dañado por la “helada negra” que calcinó la floresta lagunera, acabando con aproximadamente un 90 por ciento de los árboles, incluyendo los que le daban vista y calor al jardincillo de referencia.

Se refería a mí y me sentí infundadamente agraviado, pero recapacité más tarde y esta fue mi conclusión: En la edad senil, la sensibilidad está a flor de piel y los viejos trastocamos conceptos y aptitudes, sintiéndonos solos y relegados, y supuestamente, individuos que han perdido el respeto de los demás, olvidando que ya no somos sujetos de apapachos y del tiempo que el resto de la familia emplea para mantener vigente la sobrevivencia propia y ajena. El epíteto “viejito” al que me refiero en el primer párrafo, fue dicho por interpósitas personas sin intenciones de ofender; por el contrario, se trató de una expresión de afecto y de respeto, lo cual agradezco y a la vez me disculpo por una desviada interpretación que hice del caso.

Sin embargo, confieso que el calificativo que no tuvo nada de injurioso, sino todo lo contrario, me sirve para desempolvar recuerdos de mi reciente vejez, reflejo de una vida activa que me permitió dejar huella en el azaroso camino que nos ofrece la vida, a veces sembrado de espinas y en otras abierto a la esperanza y al esfuerzo que nos lleva a mejores rumbos, diluyendo los sinsabores del pasado.

A partir del desastre causado por el fenómeno climatológico mencionado anteriormente, me hice cargo de la reposición de los árboles quemados y con el apoyo del ingeniero Taboada, un vecino que tiene su casa frente al parque -la mía se encuentra a media cuadra de distancia, a dos puertas de la nevería Chepo- llevé a cabo una reforestación general que incluyó la colocación de plantas de ornato, como lo es el árbol llamado “Ramos de novia” por su floración muy parecida a los ramilletes que lucen las novias en su matrimonio y que arrojan por la espalda como invocación de un pronto divorcio, otras plantas de gran colorido, un obelisco recién hurtado a tirones por un intruso de largas zancas, con dos hermosas flores color amarillo; tabachines que producen flores rojas con pistilo amarillo, clavel de la India, agaves y bugambilias, plantas expuestas al robo por parte de individuos e individuas delincuenciales amparados en la falta de

vigilancia en esta zona residencial donde habito desde los tiempos del alcalde Jesús Ibarra Rayas, en el 172 de la calle Budapest, para ser precisos.

Además de la reposición de los ejemplares devastados y la floresta dañada en los años 90, planté a lo largo de la larga, larga cuadra de los terrenos que ocupó la embotelladora Coca Cola, por la calle Madrid, árboles llamados “Lágrimas de San Pedro” y mimbres, ejemplares forestales que han logrado sobrevivir sin riego ni cuidados debido a la negligencia de los dueños y la nula vigilancia oficial para evitar desgastes de la vegetación y los basureros. Hago notar que ese tramo de la Madrid, desde Budapest hasta la altura del costado sur del centro comercial Alsuper, está convertido en un muladar donde aparecen pañales usados para adultos, pañales usados para niños, pañales usados para niñas, cucharitas de plástico, calcetines deshilachados, botellas vacías de bebidas embriagantes, tapabocas usados, envases de vidrio y de plástico, cajas de cartón podridas, botellitas de probióticos, colillas de cigarros y bolsas de plástico de contenido opáceo y más y más desechos que nadie recoge. Si los particulares no lo hacen, está visto que el municipio menos.

Sin afanes exhibicionistas y con el único deseo de colaborar con la comunidad en la creación y cuidado de las áreas forestales, públicas y privadas, podé, dándoles forma, a los más de quince árboles plantados por la empresa comercial mencionada, en el costado sur del edificio, por la calle Madrid, frente al segundo parque de la colonia que también busca sobrevivir luego de ser rescatado por la ambientalista Normita Córdoba, de agradable recuerdo. (Me obsequió un ciruelo y lo planté en la parte central del parque. Lo riego a diario y me responde con blancas florecitas que rivalizan con las de un limonero que la custodia, al borde de la banqueta poniente), acordándose el que suscribe, que en sus años mozos, plantó en el ejido San Carlos, más de treinta nogales y alberga en los terrenos dos tortugas de las Galápagos que se alimentan del pasto que crece en los tendidos, donde en épocas remotas la hice de cultivador de duraznos, melones, fresas y tomates. En casa., además, soy custodio de cuatro tortugas, tres chiquitas y una grandecita llamada “América”, a las que alimento a diario con lechuga y a veces nopales. Odian el pollo, el pescado y el atún, los camarones y el repollo. En una de las ramas de un limonero colgamos mi esposa y un servidor, un bebedero para colibríes, avecitas de zumbante vuelo que nos alegran la vida a mañana y tarde, secundadas por los chenchos que ofrecen a diario, en estos días, desde lo alto de una palmera que igualmente planté de chiquita en la banqueta de mi hogar, conciertos de trinos operísticos que serían la envidia del tenor lírico ligero veracruzano Javier Camarena, una estrella del bel canto con fabulosas presentaciones en Viena, Moscú, Madrid y en el teatro Isauro Martínez, de Torreón. Por lo tanto, creo que a los 84 años de edad que dice mi esposa que he cumplido, la vejez aún no me ha atiriciado de todo, y en consecuencia y con

derecho, ya no habrá más caprichos en mi dieta restaurantera, verbi gracia los chilaquiles colorados que no pican pero cómo irritan los condenados. Los tacos a la veracruzana, el huevo revuelto con jamón a la cazuela, el huevo con nopalitos eunucos, los guisos de chicharrón prensado previamente masticados por la cocinera, blanditos, pues, son más recomendables. Este es un consejo para los viejecitos y las viejecitas que han llegado a la edad dorada, “dorada”, porque todo se nos olvida. ¿Voy bien o ya me salí del tema? En fin: doy fe de mi agradecimiento eterno a Rosa María, mi apoyo y mi sostén, físico y anímico y partícipe entusiasta en esta convivencia con la flora y la fauna que nos alegran la vista y le dan ritmo al corazón. Chencho y colobrí se unen al jolgorio y en el parque, el clavel florea de puro gusto. En el jardín casero, un cactus aplaude.

Be First to Comment

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: