El hombres es el Lobo del hombre

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POR: Hugo Ramírez Iracheta

Administrar los recursos de bienes naturales y manufacturados que posee y produce un país, es la meta de gobiernos democráticos. Favorecer a los segmentos más desfavorecidos de la sociedad es una utopía. En realidad el reparto de la riqueza nacional se hace conforme al sistema socioeconómico que rige en cada nación. En México es el capitalismo.

Casi todos los métodos, de una manera u otra, sostienen en sus principios que debe existir la repartición más o menos equitativa de la riqueza, aunque en el capitalismo está supeditada al esfuerzo personal. El sistema adoptado por grandes empresarios tiene, como característica, el enriquecimiento de muy pocos en detrimento de muchos.

Esta singularidad es propia del capitalismo. La mayor posesión de bienes materiales define al individuo triunfador. En su camino para llegar a esa posición social, deberá pasar por encima de sus congéneres, de modo arbitrario e inmisericorde. Por ello el neoliberalismo (eufemismo para capitalismo salvaje), ha sido adjetivado de esa manera.

La deshumanización propuesta y aceptada por este modelo motiva que gobernantes, desde presidentes, gobernadores, alcaldes (incluso servidores públicos, tanto electos como los de designación), se conviertan en los principales depredadores de los ciudadanos. Así se cumple una antigua sentencia: “El hombre es el lobo del hombre”.

Pero, ¿cómo es que se ha enseñoreado el capital sin consciencia social sobre las masas? ¿Por qué se aceptan dócilmente las prácticas que son contrarias al bienestar social? ¿Por qué se menosprecia una economía moral por otra contraria al bien común?

Los medios de comunicación masiva se encargaron de hacerlo al manipular a las masas. En primer lugar, se despojó a los individuos de los valores humanos. En su lugar se implantó la idea de que el dinero todo lo compra. Se presentaron satisfactores personales y familiares de todo tipo y se despertó el deseo de tener y poseer.

Los diferentes sectores sociales fueron cercados por la propaganda, tan efectiva, que los pobres aceptaron vivir del y por el crédito. Así que nacer, vivir y morir se hace al amparo de las reglas del pago en abonos. Esta es una práctica muy difundida en la clase baja. Pero también la clase media buscó el confort familiar y profesional en las compras con tarjetas de crédito.

Este fenómeno se ve representado de forma fidedigna en los barrios. Podrá haber carencia de algunos satisfactores, pero todos portan teléfono celular. Los menores de edad manipulan sus tabletas. En el interior de la vivienda está la TV de “plasma. ¿Cómo hacen para tener estos aditamentos, muchos ellos de lujo?

Y sí, aparece la envidia, que es factor predominante en la sociedad de consumo. ¿Si tú lo tienes, por qué no puedo tenerlo yo? Así comienza el esbozo de un círculo del cual difícilmente se puede salir. La gente hace compras compulsivas.

Pero no llega sola. La acompaña la competitividad. Esta es sumamente elogiada como práctica necesaria para aumentar los ingresos y gozar de mayor confort. Su impulso es notable. Intensifica la necesidad de gastar, poseer y atesorar. Se despierta un apetito voraz, difícil de satisfacer. El consumismo devora a quienes lo practican de forma desmedida, muchas veces irracional.

Y comprar se convierte en rito sagrado. Pero igualmente se eleva la necesidad de ganar más para aumentar la capacidad de adquisición. Por lo tanto, es necesario trabajar más. Aparece entonces la disyuntiva: Vivir en paz con lo que se tiene o buscar mayores ingresos, no importan los medios.

Así aparece la corrupción. Esta solución se toma instintivamente. Muchas veces soslayamos la capacidad de supervivencia del grupo porque, sin mucho esfuerzo, se obtienen ganancias fáciles. Sólo es cuestión de acallar la conciencia, lo cual se logra comprando tanto como podamos.

Es posible que en nuestro fuero interno reconozcamos el perjuicio de escoger el modo fácil. Pero nuestro ser está muy imbuido en el capitalismo salvaje, el cual se ha tragado nuestra empatía y solidaridad. Y aunque es posible se nos presente la oportunidad de escoger una economía humanista, se prefiere la comodidad y el confort propios.

El concepto humanismo parece estar muy gastado. Cuando se cita el amor en la política, la gente esboza una sonrisa sarcástica. Por ello debe destacarse la importancia de este sentimiento. Hoy, como en otras sociedades del pasado, se requiere que unos a otros nos cuidemos, responsabilizándonos del prójimo.

Lo anterior hace del amor una presencia necesaria en todas las sociedades. Es un imperativo para la convivencia y superación humanas. Este sentimiento es la fuerza moral que más necesitamos para evitar el desastre que nos aguarda como raza. El bienestar espiritual se logra con la satisfacción de las necesidades materiales. Así pues, necesitamos urgentemente una economía moral.

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