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El amor del viejo palomo

POR: René de la Torre Rodríguez

– Te amo.

– ¿Eh?

– Sí, no puedo callarlo por más tiempo… te amo, te amo, te amo. Lo he comprendido desde siempre. Desde el primer momento en que te vi supe que mi corazón te pertenecía.

La blanca paloma calló. No podía creer en los requerimientos amorosos de aquel viejo palomo. Sí, sabía que era un enamorado de primera, que esas mismas palabras las habría repetido cientos de veces, miles de veces, tal vez miles de miles de veces. Sin embargo, bien que le gustaba, aunque en ese instante, amor, lo que ella consideraba amor, no lo sentía.

“¿Amor?… ¿qué es el amor?, ¿es acaso tan solo una quimera?, ¿un algo que nos hace ver las cosas que no existen, que nos hace sentir escalofríos en el cuerpo, que nos atrapa la mente y nos hace decir y hacer tonterías?”.

El viejo palomo enamorado, le decía frases con gran pasión, le hablaba con su idioma de currucutucú, currucutucú, y la blanca paloma callaba. Nada decía, pero sentía escalofríos ante la gallardía del palomo.

– Tal vez, quizá lo haya hecho, pero te juro que es la primera vez que lo siento. Este –estoy seguro-, es el verdadero amor.

-Además –insistió la paloma blanca-, lo que dijo hace un momento el amo humano. Que a mí me regalará a su hija en la otra ciudad, allá al otro lado del río, allá donde mueren las palmeras, donde el agua se ha secado, donde no existen flores, ni pasto y los animales mueren de hambre y sed.

-No importa, yo te seguiría a donde fuera. Solo dime que tú también me amas. Di al menos que no te soy indiferente.

El viejo palomo se veía realmente enamorado. Su cuerpo con plumas aceradas, en partes de un azul subido y en otras casi color blanco, se movía hacia un lado y hacia otro, abría las alas y sus patas rojizas las afianzaba contra la jaula.

– Jí,jí, ya está otra vez el viejo enamorando a otra paloma –comentó el ruiseñor en una jaula que

colgaba de un clavo oxidado en lo alto de la finca, llena de pájaros, flores, macetas y árboles frutales-.

-Es a la nueva, ¿verdad? ¿A la paloma blanca? Comentó el canario que asomaba la cabeza por entre los barrotes de su jaula en un lado de la del ruiseñor.

-Pero esta vez de verdad parece enamorado. Mira su semblante. Y bueno, lo cierto es que la paloma blanca es una verdadera belleza. Tiene porte de reina y su color no lo iguala la nieve del invierno, ni las nubes en el cielo –comentó el canario-.

En ese chismorreo estaban, cuando hizo su aparición el amo humano. Los pajarillos y palomos lo veían gigante y con enormes manos.

-Ven mi palomita blanca, ven que te irás a vivir con mi hija. Con tus cantos podrás alegrarle un poco sus penas. Además, podrás venir a traer sus mensajes.

La tomó, sin que el ave pudiera oponerse. Solo volteó hacia el viejo palomo, lo miró tristemente con sus enormes y redondos ojos negros, brotando una lágrima a modo despedida.

Y es que el viejo palomo bien que la había engatusado. Le había hablado con tanta pasión que el pequeño

corazón de la paloma había sido tocado por la diminuta flecha lanzada por el cupido de los tórtolos.

Tres semanas pasaron, tres semanas en que el viejo palomo dejó de comer en un vano intento por adelgazar para poder escapar por entre los barrotes y volar en busca de su amada. Desfalleciente, fue atrapado por su amo.

-No sé qué te pasa, pero tiene que ir a casa de mi hija. No he tenido noticias de ella, temo que algo grave esté pasando. Ven, come algo y luego volarás al otro lado del río y me traerás noticias de mi hija, porque la paloma blanca no ha vuelto.

La encomienda, más que la comida, alegró al viejo palomo. Se sintió revitalizado, sus ojillos cobraron un nuevo brillo, su corazón se aceleró y casi escapaba de las manos de su amo, antes de que le pusiera el mensaje entre sus rojas patas.

Salió como saeta hacia el cielo azul, no tuvo temor ni a su debilidad, ni a la posible aparición de algún halcón que lo pudiera devorar.

Voló, voló sin descanso, kilómetros y kilómetros hasta el otro lado del río. Sintió el fuego candente del sol, se

sofocó con el vapor vertido por las arenas del desierto, pero siguió su destino.

Advirtió la soledad en torno suyo. Animales muertos y otros desfalleciendo que eran devorados por las aves de carroña. Sin agua, los pocos árboles estaban grises y en vez de pasto, había polvo como talco que se alza al paso del viento.

-Currucutucú, currucutucú, -le cantó a su paloma-

Descendió en busca de su amada, pero antes de posar sus patas en el suelo fue atrapado al vuelo por la hija del amo, sin siquiera ver el mensaje de su padre, le cortó la cabeza con una pequeña hacha y lo preparó rápidamente para ponerlo a asar junto a la paloma blanca.

– Con esta terrible sequía que se alarga, sin agua y sin nada qué comer seguramente moriremos –dijo el esposo-

– Sí, pero por lo pronto estos palomos nos han salvado –respondió la hija del amo humano.

– Oye querida, y en estos momentos de angustia, de hambre, de sed, ¿qué opinión tienen del amor?

– ¿Del amor?, qué cosas se te ocurren en estos momentos. Exclamó despectivamente engullendo el pequeño corazón del viejo palomo. – Es como todo en la vida, que nace, crece y se muere… porque todo tiene que morir ¿o no?.

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