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Desafiando al tiempo a paso lento

POR: Higinio Esparza Ramírez

Viejos suspirantes son hoy, ayer fueron jóvenes fogosos, laboriosos y divertidos, bailaban mambo, cha cha chá, danzón y los ritmos afrocubanos que demandan excelente condición física; gozaban con la Princesa Lea, Wanda Siux y Lyn May y soñaban con Greta Garbo, Sofía Loren, Briggite Bardot y Llilia Prado. Respetaban a sus abuelos y en consecuencia a todos los viejos del mundo, pedían permiso a sus mayores y no existían los “ni nis” ni los celulares distractores, sólo la radio que los congregaba cuando peleaba El Ratón Macías contra el francés Alfonse Halimi.

En su añorada juventud los viejos se movieron con iguales inquietudes, ambiciones y espíritu aventurero; viajeros y mujeriegos, se desvelaban en los antros nocturnos y no le temían a nadie; peleaban en la calle a mano limpia y fumaban tabaco a escondidas de sus padres o de la policía los adictos a la mariguana: muy pocos sabían de estos últimos porque no eran tan descarados como los actuales adictos.

Se enredaban en noviazgos guardando las distancias debidas a menos que los arrebatos pasionales los empujaran por otras vías y aún así llegaban al matrimonio. Eran reverentes con las damas y a cada 28 de agosto abrazaban con alegría a sus abuelos.

El abuelo es feliz cuando los nietos buscan su sombra. En el circo se divierte más que ellos admirando a las trapecistas o rugiendo como león y se toman las fotos. En otro espacio de divertimento, lo sorprenden los gritos -“Abuelo, llévame a ver el tren” y lo mueven (al viejo, no al ferrocarril) o sus inventos de animales anfibios en las acequias que recorren en una figurada aventura donde aquel lucha a puro brazo con las bestias alienígenas llegadas de Marte.

Sólo cuando se trata del Día del Abuelo la sociedad acoge a los viejos. Después, los olvida, los menosprecia y los regaña

y son los jóvenes mal educados y los adultos irrespetuosos los que se ensañan, olvidando que ellos también llegarán a la senectud irremediable. El abuelo ya no desea ser niño, sino ponerse a la par y alcanzar respeto y tolerancia.

Hay un proverbio sueco que dice: “los jóvenes van en grupo, los adultos por pareja y los viejos van solos” y esa soledad es precisamente la que se acentúa cuando los integrantes activos de esta sociedad egoísta, tratan mal a los ancianos que también forman parte de la misma colectividad que ahora los aparta a un lado.

Pero no todo es desventura senil: con la credencial del INSEN se obtienen descuentos en el pago del impuesto predial y en el costo de las placas de circulación; pagamos la mitad del boleto en los viajes en autobús y en avión, aparte de disfrutar de rebajas en las grandes tiendas y en los partidos de béisbol de la Liga Mayor de La Laguna, menos en las funerarias, donde no hay rebajas ni siquiera de fin de semana.

Alrededor de los mayores de edad han surgido máximas de los grandes pensadores de la historia que lo mismo levantan el ánimo o lo apachurran con juicios certeros, verbi gracias: “Los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma”, previene Albert Schfeitser y enseguida puntualiza y saca de onda: “Con 20 años todos tienen el rostro que Dios les ha dado, con cuarenta el rostro que les ha dado la vida y con sesenta el que se merecen”. (Uff, esto ya duele).

Los hay de tono humorístico: “La edad también tiene sus ventajas muy saludables, se derrama mucho del alcohol del que antes no quedaba ni gota”, señala Gidi y John Knitex por su lado, es realista: “Se es viejo cuando se tiene más alegría por el pasado que por el futuro”. Santiago Ramón y Cajal remata –y feo-: “lo más triste de la vejez es carecer de mañana”.

Y para las mujeres con las arrugas de la senilidad encima, los refraneros de la historia les asignan un destino que es

más bien un elogio a su vanidad: “Cásate con un arqueólogo; cuanto más vieja te hagas más encantadora te encontrará”.

Charlie Chaplin, Da Vinci, Galileo Galilei, Isaac Newton, Franklin Roosevelt y Alberto Einstein, entre otros, tenían una edad promedio de 80 años cuando alcanzaron la cúspide como grandes científicos y forjadores de la historia. Y que me dicen de Sophia Loren, a sus 80 años todavía sacude el alma de sus sempiternos admiradores y los pone a lloriquear.

-Si hay heces de pájaros en la hoja en que escribo a mano estas divagaciones -escribo sentado en una de las bancas de la Alameda Zaragoza-, es porque las aves creen que soy una estatua como la que hay en los descuidados andadores del emblemático paseo público, sucias, mudas y deterioradas por el tiempo y el descuido. Se posan abrigadoramente sobre mi figura inmovilizada y pienso que es su manera de rendir honores al ser humano que ya es piedra y no las acosa.

Sus alegres vuelos los interpreto a la vez como una oda para los ancianos colegas que descansan sus años en las bancas de los paseos públicos o en sillas de ruedas fantaseando con Marilyn Monroe como es mi caso y me vuelvo optimista.

La sociedad ignora que somos fabricantes de sueños… Por ese motivo, Mister Gallo y la emisora local de Radio Centro, sus cantantes y el pianista Carlos Ramos, nos reúnen año con año en el Teatro Nazas para disfrutar canciones y melodías de nuestro maravilloso pasado. A la mañana siguiente, todos los viejos a seguir cantando como desafiando al tiempo…

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