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Decreto de amor

Iba aprendiendo de a poco a soltarme, a ser yo misma ante tu mirada que aún ponía en marcha al carrusel de mis interminables emociones.

Con lentitud me entregaba, pero ésta vez decidida, consciente de cada paso y disfrutando del delicioso miedo al riesgo, ése vértigo del que antes fui enemiga ahora era mi aliado. Iba abrazando al sentimentalismo que nacía de estar entre tus brazos…

La desnudez de un «te amo» me iba quitando el frío, causaba sonrisas y un goce jamás conocido entre éstas cuatro paredes. Tumbados sobre la cama en medio de los halagos, caricias, besos interminables e inmaculadas risas: por primera vez conocí el amor.

Decidí amarte, amarme, amarnos… Amar aquel instante por más infinito o fugaz que pudiese ser, porque mientras existiese no habría cabida para la huida.

Renuncié al pánico de ser herida, porque el enamorarse valdría la pena toda la vida. ¿Qué sería del género humano sin la intensidad de los sentimientos? No habría más poesía, no podría yo contarnos o hacernos arte, ni traducir toda la magia que brota en medio de dos almas libres.

Por eso hoy te transcribo en el idioma del romanticismo lo mucho que te he de amar de manera sincera y perpetua

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