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Compartiendo diálogos conmigo mismo

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

(Porque nos ama vino a nosotros. Descendió a la tierra por amor y por amor quiso quedarse. En el sagrario vivo del alma, de cada ser humano, vive. Está para enternecernos, alentarnos y encauzarnos hacia la eternidad del poema –ya sin penas- viviente)

I.- MODELO DE HUMILDAD, OBEDIENCIA Y PACIENCIA

A Dios no le bastó bajar a la tierra,

se rebajó a todos y a todo lo mortal,

se volvió crío y se envolvió de paz.

Creció obrando el bien hasta morir,

como reo despreciable en una cruz.

Al Rey celeste tampoco le alborotó,

agachar la cabeza ante lo mundano,

doblegarse y respetar otros vientos;

puesto que no hay mayor grandeza,

que oírse en modo filial y someterse.

Nunca perdió la entereza de darse;

la paciente pasión todo lo remedia,

y el corazón de Jesús es un soplo,

que aún coronado por mil espinas,

jamás desfallece y nos da aliento.

II.- MANANTIAL DE FORTALEZA, GOZOS Y ALEGRÍAS

En nada se conoce y reconoce el ser,

como en su inquebrantable debilidad.

Sin la pujanza de Cristo nada somos,

necesitamos la mano del Redentor,

para subir a la cumbre de la bondad.

El calvario de las maldades nos mata,

nos desanima por completo el andar.

La tristeza nos sustrae el gozo de vivir,

y nos impide permanecer con la dicha

de disipar las amarguras y sonreírse.

Retorne lo armónico en cada despertar,

vuelva a nosotros la gloria del anhelo,

la firmeza de quien es Verdad y Vida:

¡habla, oh Señor, a mi apagada alma

y que tu voz me estremezca de júbilo!

III.- TEMPLO DE ACOGIDA, RECOGIDA Y CONSUELO

Que este manar de voluntades diarias,

nos lleve hacia el sentir manso y fiel,

de quien nos amó más allá de las voces,

para que en todo trance encontrásemos

los valores y las beatitudes de la poesía.

Hay que regresar al inmaculado latido,

promover y mover el cultivo del verso,

causar quietud e inquietud inspiradora,

pues a través del recogimiento íntimo,

surge el deseo de reparar y de resarcir.

Sustentemos este templo de acogida,

mantengamos la difusión del querer,

que es reino de santidad y de gracia.

Tras ese espíritu glorioso, atravesado

por la lanza terrenal, rebrota el alivio.

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