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Compartiendo diálogos conmigo mismo

POR: Víctor Corcoba Herrero

LA VIDA NOS HACE HISTORIA

(Necesitamos respirar el axioma de los caminantes, para reencontrarnos con las raíces del aliento de ayer y entroncar, en el huerto que ha de germinar en nosotros, el guión de los latidos presentes.)

I.- ENRAMAR RELATOS

Somos el relato enramado al tronco de la vida.

Una vida tejida con historias que nos delatan,

que modelan nuestras evidencias de ser y estar,

que tallan corrientes y entallan sentimientos,

puesto que el trenzar anhelos habita en nosotros.

Al tiempo necesitamos vestirnos y revestirnos,

para enfrentarnos a los retos que nos esperan,

y activar otros nervios vinculados con el amor,

que es lo que nos imprime valentía y audacia,

pues en la leyenda serpentea el mal como riesgo.

Levantemos la más inmaculada proeza biográfica.

Hostigando con proclamas de odio, no se ristra

la descripción del versículo que nos entrelaza,

sino que se despoja al hombre de la dignidad,

volviéndose una versión tétrica preponderante.

II.- ENRAMAR SENSACIONES

La gran mística existencial es la sensación vertida.

Sentir que nos hallamos incluso en el sufrimiento,

en el paso de los días con el poso que nos deja,

en el despertar cada mañana para resistir el andar,

y también en el morir de la noche para descansar.

No hay mayor deleite que recomenzar en el vivir,

que se desvive por el instante precioso y preciso,

aquel que aglutina las emociones que nos rodean,

con la conmoción de sentirse parte de la creación,

armonizando el mejor timbre al tono del universo.

Pongamos auténtica libertad para enramarnos,

situémonos en la actitud responsable de la mesura,

asentemos la sensatez como norma de costumbre,

pues más que satisfacer los sentidos con el placer

momentáneo, hay que poner voluntad en oponerse.

III.- ENRAMAR QUIETUD

Me afana la inquietud de cobijarme como andante.

El alma tengo inquieta pero sueña con la quietud,

de cuidar el jardín del verso que está en cada cual,

de ennoblecerse en esta obra de la savia cotidiana,

acompañado de soledad, amparado en el silencio.

Reaparezca la placidez en este mundo de bochornos,

hágase realidad el compromiso de darse y donarse,

de verse en el análogo y de volverse parte de sí,

tan sólo hay que estar en disposición con el querer,

pues el que se quiere en conciencia, obra de corazón.

Corazón a corazón es como se compenetra el orbe.

Lo justo no son las vueltas ni las revueltas tomadas,

sino el respeto y la consideración hacia todo errante,

el sustento de la verdad y el desprendimiento de uno,

antes de que el terror apocalíptico nos sepulte la paz.

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