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Algo más que Palabras

HACER MUNDO ES IMPORTANTE

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

corcoba@telefonica.net

Hoy más que nunca necesitamos activar los pactos entre culturas, acrecentar la cooperación entre unos y otros, mediante alianzas que nos insten a repensar conjuntamente. No podemos retroceder, hay que dar pasos hacia delante, pero sin obviar nuestras raíces, la cátedra de nuestros antecesores. Lo saludable es reintegrarnos activamente, con una mentalidad colaboradora, dispuestos siempre a tener en cuenta la naturaleza de cada ser humano y la mutua conexión que nos une. Por ello, hacer mundo es importante. Yo diría que vital. Siempre desde el respeto y la consideración hacia ese orbe natural del que todos, sin exclusión alguna, formamos parte.
Señalemos en este sentido, del buen obrar, el liderazgo de Europa en la transición de la energía limpia y su compromiso en esta búsqueda para salvar nuestro planeta y para brindar a nuestros ciudadanos un entorno más saludable, empleos más ecológicos y una mejor calidad de vida. En consecuencia, ese pacto global de Alcaldes por el Clima y la Energía que definitivamente abre la sede en Bruselas, será sin duda una verdadera historia de éxito en cuanto a referencias y referentes. Como también florece como una verdadera semblanza de desarrollo armónico de la especie humana el que utilicemos el acatamiento a los derechos humanos. Indudablemente, será la mejor estrategia para prevenir los conflictos. Nos hace falta, desde luego que sí, someternos y tomar conciencia de ello.
En algunos países la violencia es insostenible. Por tanto, hemos de propiciar otros lenguajes más aglutinadores, pues ya está bien de tanta doctrina injusta de superioridad, siempre condenable, y que impide la autorrealización del individuo. Necesitamos ser escuchados por ese todo universal y eliminar cualquier forma excluyente de racismo e intolerancia que todavía persiste alrededor de cada uno, o en uno mismo. Ha llegado el momento de decir ¡basta ya! No nos podemos seguir engañando. Es hora de la acción. Reeduquémonos. La educación es el abecedario más fructífero para juntar corazones. Sepamos que para ese mundo habitable y feliz, todo depende de nosotros. Porque todo está en nosotros. Y en nosotros, también está la vida que queremos darnos, con su cielo o infierno a conquistar.

Algo más que Palabras

NECESIDAD DE CONCORDIA

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

corcoba@telefonica.net

El mundo tiene necesidad de concordia, que es lo que nos hace realmente crecer humanamente, mientras que si sembramos discordia, nos destruimos a nosotros mismos. O sea, como dice la sabiduría popular, vive y deja vivir. Tal vez sea el primer paso para el sosiego, caminar hacia adelante siempre, y en ese andar, hacerlo en remanso y donándose, pues hasta el agua estancada es la primera que se corrompe. Por ello, es necesario un cambio de atmosferas interiores en cada uno de los moradores de las diversas culturas, si en verdad queremos un planeta feliz para poder marchar gozosos y confluir armónicamente. El afán consumista nos lleva a esa ansiedad de querer acapararlo todo, y a no disfrutar de lo que justamente nos trasciende, como puede ser disfrutar de la naturaleza o compartir los domingos con la familia. Quizás tengamos, en consecuencia, que reparar la siembra de oscuridades y apelar a otros lenguajes más del alma que del cuerpo; no en vano, la mayor fuente de sufrimiento es la enfermedad mental. Es público y notorio que la prevalencia de los trastornos mentales continúa aumentando, como indican los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), causando efectos considerables en la fortaleza de las personas y graves consecuencias a nivel socioeconómico y en el ámbito de los derechos humanos en todos los países.
Sin duda, el ser humano necesita estar a gusto consigo mismo, respetando al que piensa distinto. Lo fundamental radica en cobijar espacios amplios donde todos tengamos cabida. Lo negativo hay que olvidarlo siempre, más pronto que tarde. Y en este sentido, el trabajo también es un factor importante que afecta a la realización de la persona. A los jóvenes hay que ayudarles a conseguir empleo. Si faltan oportunidades pueden caer en la droga. Hemos de reconocer, por tanto, que este galopante desempleo que sufren algunos países, junto a los persistentes déficits de empleos decentes, francamente nos deja sin aliento, totalmente decaídos y desilusionados, máxime cuando los informes de referencia de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) muestran unos niveles verdaderamente escandalosos en muchas regiones del mundo. Menos mal que nos esperanza un poco que, en 2015, las Naciones Unidas lanzaran los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible. Desde luego, la labor es meritoria, pretenden poner fin a la pobreza, reducir la desigualdad y proteger nuestro planeta, tres aspectos primordiales que contribuyen a garantizar, tanto el bienestar de todos, como la placidez de uno mismo.
Lo que en realidad nos da paz, no es tanto el crecimiento económico y el aumento de ingresos, sino el sentirnos arropados y queridos unos por otros; de ahí, la necesidad de una mayor concordia entre todos, para poder de desterrar, de nuestro próximo futuro, cualquier aire discriminatorio o de exclusión social. En efecto, los mismos gobiernos han de comenzar a repensar en la creación de entornos propicios para mejorar la satisfacción de las personas. A mi juicio, será fundamental que se armonicen acuerdos y se prioricen planes de políticas públicas encaminadas a mejorar la calidad de vida de todos individuos. Con buen criterio, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) considera que la inclusión social, la equidad, el trabajo y la educación son especialmente importantes para esa dicha que todos nos merecemos. Por desgracia, estamos viviendo en una época de muchas contiendas. Al respecto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha vuelto a pedir que cesen los ataques contra hospitales y personal médico y que permitan el acceso a las poblaciones sitiadas. Solo en lo que va de año, ha habido sesenta y siete ataques contra centros médicos. Son más que la mitad de todos los que hubo en 2017. Qué pena y cuánto dolor desparramado inútilmente. Algo de veras estúpido. Cuesta entenderlo. Ojalá aprendiéramos de nuestra propia historia humana. Otro amanecer tendríamos.

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RESCATÉMONOS DEL RÍO DE TRISTEZAS

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

corcoba@telefonica.net

Reconozco que me abruma este enfermizo acontecer diario, que nos desborda en tristezas y nos empequeñece nuestra vida interior, cuando en realidad lo que me pide el alma es salir de este universo de resentidos, donde la venganza se sirve en bandeja a diario, y beber del entusiasmo que brota del corazón de lo auténtico. La autenticidad es lo que nos pone alas. Rescatémonos, pues, e instauremos en todo el planetario los aires que nos dignifican. Asumamos la responsabilidad de ser humanos y, por ende, libres por ser lo que somos, pase lo que nos pase. Jamás me cansaré de repetir aquello de que no hay mal que cien años dure. Por tanto, aunque repunte el hambre y aumente el número de personas obesas, las violencias no cesen y las desdichas nos dejen sin aliento, recobremos el espíritu creativo del cambio y pongamos en acción otras formas de hermanarse más elocuentes y verdaderas.
Las tristezas no son buenas para nadie. Es un vicio tremendo que nos usurpa hasta el propio yo. Despojémonos de ellas, e intentemos dejarnos comprender unos a otros, con lenguajes del corazón, que son los verdaderamente ilusionantes. Quien lo probó lo sabe, y penetra en la causa viviente con la misericordia por bandera, sabiendo que hay que pasar por la vida viviendo, y dejando vivir, más allá de la fuerza interpelante de la hipocresía que nos deja sin argumentos existenciales. Realmente nos interesa otra vida más franca, en la línea de un discernimiento poético más profundo, que nos permita huir de los falsos endiosamientos excluyentes. Tenemos que despertar y salir de este mercado triste de intereses que nos trunca hasta nuestro propio camino.
Sonriamos a pesar de los muchos pesares, porque más triste que la amargura, es el dolor de no acertar a descifrar el edénico verso de donarse y perdonarse para poder eximirse de un mercado que nos compra y vende a su antojo. Necesitamos unas finanzas más éticas y humanas. Ya está bien de tanto engranaje cínico. Es absolutamente esencial que los donantes internacionales demuestren su aprecio y apoyo por todo ser humano. La cuestión no es desechar personas, sino como decía el poeta y dramaturgo, Federico García Lorca (1898-1936), tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar, y ciertamente, así es, de ahí la necesidad de una educación más encaminada a pensar críticamente. Sólo, de este modo, podremos hallar un camino de maduración en valores, o lo que es lo mismo, en gozos.
Hoy más que nunca requerimos de entornos que nos insten a disfrutar del paraíso existencial, de la juventud eterna de la esencia, del don de la naturaleza para poder sanar heridas y estrechar lazos que nos auxilien mutuamente. Lo importante siempre es repartir la carga, también la de la tristeza, y al reconocernos en el análogo como una parte más del todo, quizás descubramos que tan importante como el desarrollo social y cultural de una especie, es también la de poder expandir la alegría por doquier, sabiendo que el vínculo que nos ha de unir no es tanto de sangre como de respeto y regocijo mutuo, máxime en una época en la que debemos entusiasmarnos para los oportunidades y desafíos que trae la globalización.
A la luz del rápido cambio tecnológico, pero también demográfico, Europa –en palabras del Vicepresidente Dombrovskis- debe ser innovadora, flexible e inclusiva. Nos alegra, por consiguiente, que el Pilar Europeo de los Derechos Sociales se avive, sobretodo en igualdad de oportunidades y acceso al mercado laboral, condiciones laborales justas y protección e inserción social. Copie el resto del mundo y activemos nuestro afán constructor de un orbe mejor para todos. Sólo unidos, podremos llegar a buen puerto. A propósito, el filósofo y escritor indio Rabindranath Tagore (1861-1941), nos dejó la mejor receta: “Dormía…, dormía y soñaba que la vida no era más que alegría. Me desperté y vi que la vida no era más que servir… y el servir era alegría”. Olvidémonos de las llagas, por un momento. Nos merecemos una ración de júbilo en el planeta.

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DESDE LA DIVERSIDAD A LA UNIÓN

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

Jamás pongamos condiciones para nada. Todo se puede superar por muy catastrófica que sea la situación. La unidad es más grande que el conflicto. Eso siempre. Sólo hace falta poner nobleza en el ánimo, tesón en el buen hacer de las propias actitudes y generosidad en el perdón. Precisamente, aquello que nos ennoblece, radica en nuestra capacidad de sufrir por los demás y en no permitir que los demás sufran por nuestras mezquindades. En cualquier caso, todos los Estados han de tener por objetivo que el pueblo se fraternice y no se desespere, ni camine en el descontento. Aprendan los gobiernos de todo el mundo. Dejen de ser el problema. La naturaleza, por sí misma, nos acompaña. El encanto está en la diversidad de sentirnos libres y responsables, en la confluencia de ese incalculable paraíso silvestre que nos armoniza y nos engrandece la existencia, puesto que nada somos sin esa embellecedora estampa de latidos en busca de otros abecedarios más sublimes, capaces de hacernos tan eternos como tiernos.
Vuelva, pues a nosotros, la ternura, el reposo del caminante, la alegría que brota del encuentro. Ya está bien de agredir y de despreciar a los seres más débiles e indefensos. Olvidamos que nos necesitamos todos, aunque únicamente sea para compartir caminos y darnos compañía. Ojalá aprendamos a vencer la crueldad destructora ó destructiva, que tanto nos asalta en estos instantes de endiosamientos y podredumbres. En general, las poblaciones disminuyen a un ritmo alarmante debido a la desaparición de su hábitat y sus presas, las interacciones con humanos, la caza furtiva y el comercio ilícito. Por ejemplo, la población de tigres ha disminuido un 95 por ciento en los últimos cien años, y la de leones africanos un 40 por ciento en los últimos 20 años, tal y como reconoce una reciente estadística difundida por Naciones Unidas. Esto debiera hacernos reflexionar. Si fundamental es saber quiénes somos y por qué vivimos, hemos de no pecar de ignorancia y valorar también lo que se nos ha donado, primordialmente para participarlo. No malgastemos entonces nuestros pasos en dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante, no revueltos, pero siempre juntos.
Ciertamente, tenemos una necesidad de combatir los delitos contra el medio ambiente y la disminución de especies causada por la actividad humana, pero igualmente hemos de fortalecernos los corazones para no caer en la dejadez. Quizás sea el momento de despertar, de abrir las puertas de uno mismo, de dejarse sorprender por la realidad que nos circunda y de analizar situaciones tan bochornosas, como las vividas por esas mujeres sirias que ahora denuncian haber recibido ayuda humanitaria a cambio de favores sexuales. Realmente estos comportamientos salvajes, tan despreciables como deshumanizadores, nos dejan sin palabras, pero no podemos dejarnos absorber por esta hélice de maldades, debemos aglutinar fuerzas conjuntas y pensar que, entre todos, podemos hacer más por nuestros análogos, cada cual desde su posición. Para empezar, tenemos la mejor estrategia para prevenir esta atmósfera intimidatoria, la del respeto a los derechos humanos. Su protección y promoción ha de ser un deber esencial de toda autoridad que gobierna desde la ética de las responsabilidades.
Posiblemente tengamos que aprender a gobernarnos antes a nosotros mismos. Nadie da lo que no posee. En ocasiones, somos nuestro peor enemigo. Solemos derrotarnos unos a otros. Por esa ausencia educativa de conjunto que impera en el mundo, resulta complicado hasta obtener lo mejor de sí. Nos hace falta reeducarnos, de continuo y persistentemente. A mi juicio, el primer paso radica en humanizarnos desde la pluralidad de cultos y culturas, algo que siempre nos enriquece, haciéndonos más solidarios y menos egoístas. Deberíamos pensar en esto. Por otra parte, me viene a la memoria algo que Mahatma Gandhi (1869-1948) ya se interrogó en su época: “¿Qué otro libro se puede estudiar mejor que el de la humanidad?” Así es, máxime en estos reinados donde nada de lo que ocurre en el planeta nos resulta ajeno. Por si fuera poco, pensemos además en que todos respiramos el mismo aire, y con él, las mismas lágrimas vertidas, con las que luego a continuación nos bañamos.
En efecto, está visto que cuando el poder quebranta horizontes, en lugar de asistir para traspasarlos, al final se corrompe y, después de enviciado el vicio, todo resulta necio, hasta presentar las cosas como si fueran buenas, cuando en realidad son nefastas. Por eso, es importante poner en el centro de nuestras vidas la fuerza del alma, no el poderío del mercado, al menos para poder acoger existencias dejadas en el abandono más cruel. En consecuencia, ha llegado el momento de la comunión de ánimos, todos ellos siempre necesarios e imprescindibles, para acrecentar esa unidad acorde con la vida, desde la docilidad mística de cada cual. De ahí, la precisión de aprender a sobrellevarnos, pero también a sobrecogernos, ante nuestras propias miserias humanas.

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PRESOS EN EL LABERINTO DEL MUNDO

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

corcoba@telefonica.net

Si la desigualdad que impera hoy en el mundo está profundamente relacionada con esa cultura interesada del privilegio, también nos acorrala un fuerte deseo de dominio, por parte de los poderosos, para impedirnos unir voces y poder transformar el mundo, en un espacio más de todos y de nadie en particular. Por tanto, es hora de liberarnos de este egoísmo mundano y de pensar en otro estilo de convivencia más desinteresado, porque al fin de nuestra existencia lo que vale no son las propiedades aglutinadas, sino la ejemplaridad de nuestro camino, y con él, nuestro testimonio y nuestras andanzas. Ojalá aprendamos a sentir y a concertar las palabras con la mente y el corazón. Seguramente, entonces, no dejaríamos que más de dos millones y medio de recién nacidos fenezcan anualmente antes de poder alcanzar su primer mes de vida y, de ellos, un millón fallecerá el mismo día que nacen, especialmente en esos países, a los que aún le falta una asistencia sanitaria asequible, una alimentación apropiada y el consumo de agua potable. Ya está bien de que una buena parte de seres humanos caminen penados por un planeta, mientras un grupo de predilectos dominantes lo derrochan todo y apenas comparten nada.
Realmente me cansa esta cárcel mundana, pues es un laberinto injusto, en medio de tantas atmósferas putrefactas que agreden y desprecian a la persona más vulnerable. Resulta impresionante constatar este cúmulo de maldades que verdaderamente nos roban hasta las lágrimas. Desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a vivir enrejados en nuestro egoísmo altanero de los excesos superfluos, hasta el punto de no acertar a discernirse asimismo, sobre cuál es el verdadero corazón y cuál es la máscara. Deberíamos encontrar ese verdadero itinerario de amor, y aprender a cultivarlo día a día, lejos de la autosuficiencia, el orgullo y la soberbia que nos invade y gobierna por doquier rincón del planetario. Creo que ha llegado el momento de que recapacitemos como especie pensante y veamos la manera de confluir culturas que alienten hacia la autenticidad de todo caminante. De entrada, ahí van a estar los datos que nos van a indicar si los esfuerzos de desarrollo a nivel mundial se dirigen a los pobres y a las comunidades más sensibles y marginadas. Sea como fuere, no podemos pensar en clave apocalíptica, estamos obligados a leer la realidad y a plantarle cara con nuevos replanteamientos de nuestros modelos económico-sociales.
Quizás sea tiempo de pararse y de reflexionar, de correr menos por este laberinto del mundo, ya que la misma velocidad nos confunde y nos atrofia. A propósito, ya en su tiempo el escritor sueco Johann August Strindberg (1849-1912), decía que: “cuando se tienen veinte años, uno cree haber resuelto el enigma del mundo; a los treinta reflexiona sobre él, y a los cuarenta descubre que es insoluble”; y, ciertamente así es, pero no podemos dejar de alimentar la esperanza, y para ello, es primordial que la sensatez nos aliente, al menos para volvernos más compasivos con nuestros análogos. En la actualidad, precisamente, la bioética se entronca como algo decisivo en la disputa entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. No olvidemos que el ser humano crece cuando progresa interiormente. Es desde esa hondonada espiritual como se trabaja por el bien de todos. En este sentido, las diversas religiones pueden hacer mucho bien a la humanidad, siempre y cuando no sean manipuladas, sacándolas de contexto, para favorecer luchas y enfrentamientos. Por ejemplo, el anhelo del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como Padre nuestro. Partiendo de esta concordia es como se fraterniza todo, mediante caminos cooperantes de encuentro y reconciliación.