Press "Enter" to skip to content

Algo más que Palabras

TENEMOS QUE SER MÁS COOPERANTES

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español 

corcoba@telefonica.net

El mundo necesita de gobernantes éticos que ofrezcan resultados concretos y tangibles para sus ciudadanos, especialmente para aquellos más vulnerables, con activos esperanzadores y sin recortes en gasto social. Ante esta realidad, y por principio, tenemos que ser más cooperantes unos con otros, sobre todo aquellos países más prósperos y avanzados. La cuestión no es disparar el gasto militar, ¡no!, sino priorizar en las necesidades básicas de todo ser humano, como la salud, el agua y la educación, poniendo todas nuestras fuerzas en ese marcado acento solidario. Por otra parte, hay que poner fin a la cultura del soborno y del privilegio, también a la cultura del derroche, que nos ha hecho insensibles al padecimiento de nuestros análogos. Por tanto, hemos de volver a impulsar ese patrimonio humanístico con los más necesitados y desamparados. Sin ir más lejos, las mujeres continúan estando por debajo de los hombres en todos los indicadores de desarrollo sostenible. Asimismo, los refugiados del país africano reciben solo el 21% de la ayuda que necesitan, lo que no alcanza unos estándares humanitarios aceptables. Y así podríamos continuar, mostrando esos espacios injustos que nos requieren a todos con manos laboriosas y en acción permanente; no para tener más, sino para dar mejor.
No cabe duda de que necesitamos seguir fortaleciendo ese espíritu de colaboración, tan necesario para hermanarnos, en un mundo tan dividido. En consecuencia, si en verdad queremos promover la cultura de lo armónico, la reconciliación y la justicia entre todos, hemos de movilizar los corazones. Dejemos que sean nuestros propios latidos quienes nos hablen e interroguen, y no las armas, lo que nos proporciona cierta decisión para superar la mucha violencia que a diario derramamos por el planeta. Precisamente, la Comisión Europea ha decidido recientemente registrar una Iniciativa Ciudadana Europea titulada: “Tenemos una Europa acogedora, ¡ayudemos!”, que dice: «Los gobiernos luchan por manejar la migración. La mayoría de nosotros queremos ayudar a las personas necesitadas porque nos importan. Millones de personas se han alzado para ayudar. Ahora queremos ser escuchados. ¡Reivindiquemos una Europa acogedora! Hacemos un llamamiento a la Comisión Europea actuar.» Los organizadores piden a la Comisión que «apoye a los grupos locales que ayudan a los refugiados… eviten que los gobiernos castiguen a los voluntarios… defiendan a las víctimas de la explotación, el crimen y los abusos contra los derechos humanos». Sin duda, un buen propósito a ejercitar por todos los continentes. En efecto, es hora de pasar página, haciéndonos anunciadores y constructores de vida, dejando al lado cualquier resentimiento de rabia, violencia o venganza.
Como digo, y vocifero a plena alma, la cooperación es esencial ponerla en el centro de nuestras preocupaciones y de nuestros trabajos, así como los medios concretos susceptibles de asegurar que el buen proyecto se pueda hacer realidad con la ayuda de todos los moradores del planeta. Hoy más que nunca necesitamos buscar los caminos de encuentro; a la vez que es menester reencontrarnos en ese patrimonio común de valores del que vive cada una de las culturas diversas, para poder reflexionar sobre los significativos caminos de un auténtico servicio y donación a los demás, desde una visión responsable, creativa y de pensamiento. Lo fundamental a veces es nuestra buena disposición a las reglas del consenso, cuando menos para llevar a buen término nuestros programas de trabajo. Desde luego, no tiene porque ser difícil cuando el deber de proceder es tenaz con el diálogo y la negociación. En cualquier caso, siempre será bueno pararse y recapacitar, jamás para resignarse, sino para tomar empuje moral. Está visto que el buen momento que está atravesando la economía mundial no es la nueva normalidad, sino una propuesta inclusiva de ese crecimiento para que nos sintamos todos acogidos, sin exclusión alguna, lo que nos exige un cambio en nuestras actitudes, no con palabras sino con hechos, sabiendo que mantenerse unidos es el avance, pues cooperando todos con todos, aparte de injertar sabiduría, ya no solo para el éxito, sino también para uno poder sentirse bien.

Algo más que Palabras

LA ÉTICA DE LOS COMPROMISOS

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

corcoba@telefonica.net

En este mundo, no sólo cabemos todos con sus diversos rostros y multitud de rastros, también estamos llamados a confluir en un mar de entendimiento, mediante un encuentro sincero de individuo a individuo, que nos lleve con una actitud humilde a saber aprender de los demás. Verdaderamente, nuestra concordia está supeditada a la colectividad de la que somos parte exclusiva, sin obviar el todo necesario e imprescindible del que también formamos porción. Por ello, nadie puede quedar excluido. Las barreras del encierro y la marginalidad no tienen sentido alguno. Todos nos merecemos la oportunidad de poder desarrollarnos como personas, máxime en un momento en el que estamos interconectados a través de las tecnologías.
Ahora lo que hace falta es que esta interconexión, sirva como estímulo creativo para encontrar los caminos adecuados y propicios para humanizarnos, pues aunque estamos en la era del conocimiento y la información, tenemos que decir no a tanta falsedad sembrada, a una economía sin alma, donde lo que impera es el poder del dinero y que seamos productivos en esta sociedad de mercado. Quizás tengamos que aprender a reflexionar. Y con ello, a pasar de los modales en el decir, a la ética de los compromisos; a ser más responsables en la acción y más coherentes en el hacer. Por otra parte, tenemos la oportunidad de ofrecer otras moradas más solidarias, con el retorno a un orden social más equitativo, concienciándonos de que todo ha de estar en favor del ser humano. Aún tenemos cerca de cinco millones de niños en el mundo que padecen desnutrición aguda grave y cerca de cuarenta millones de personas carecen de acceso a agua potable. Estos son los tristes datos, que refrendan nuestra pasividad y falta de coraje.
Algunos partidos políticos hambrientos de votos juegan a la confusión, llegando a normalizar algo tan deleznable como el odio. Lo que menos le interesa es la ciudadanía. Estimo, por tanto, que la política ha de ser más poética, o sea más de servicio desinteresado, y así podremos encauzar otro orden existencial más justo. Por desgracia, estamos cosechando un futuro lleno de incertidumbres que nos afecta a todos, debido a las guerras, la variabilidad económica, el cambio climático y las desigualdades crecientes. De ahí, la necesidad de una ética responsable que nos encamine hacia otros horizontes más auténticos, lo que nos exige de otros cultivos más reeducadores, o si quieren rehabilitadores, destinados a hacernos pensar críticamente para poder discernir lo que más nos conviene, dentro de un universal camino de maduración en valores.
Confiemos que siendo la generación de jóvenes más numerosa que se haya visto en nuestra propia historia, y aunque buena parte viva en países muy frágiles y afectados por conflictos, y otros estén desempleados, sepamos renacer sin postergar a nadie, estrechando lazos aunque sólo sea para ayudarnos a sobrellevar las cargas. En efecto, los jóvenes siempre están dispuestos al cambio y esto es bueno para construir la unidad, no la uniformidad, sino la reafirmación conjunta como especie pensante globalizada, que ha de comprenderse bajo el techo de la diversidad.
Ante esta realidad, es el momento de jugar limpio, de comprometerse y rechazar cualquier signo de fanatismo vertido hacia sociedades cada día más multiétnicas, multirreligiosas y multiculturales, que lo que hacen es enriquecernos para iluminar y renovar el mundo. Escuchémonos todos. Promovamos diálogos verdaderos. Analicemos situaciones. A veces nos sorprende quien menos pensamos. No sólo hay que indignarse hace falta también implicarse e involucrarse. Mientras las naciones más ricas del mundo debaten sobre política migratoria, Uganda se ha convertido en uno de los países del mundo que más refugiados acoge. A Uganda llegan, cada día, quinientas personas, huyendo de la hostilidad y la persecución en países vecinos. Ellos sí que nos dan una lección de fronteras abiertas.
Sin duda, es tiempo de obligarnos. En ocasiones, somos demasiado autocomplacientes. Reconsideremos nuestro modo de actuar desde una ética más racional, algo previo para poder renacer de estas cenizas que entre todos hemos desparramado por el planeta. Desde luego, hay que atreverse a encontrar los nuevos puntos de coincidencia entre humanos, los nuevos símbolos que nos entusiasmen, y a partir de aquí, el acompañamiento será más llevadero, más necesario, si en verdad nuestro compromiso por el bienestar de nuestros semejantes es tan real como serio.

Algo más que Palabras

HACER RECUENTO DE LO VIVIDO

POR: Víctor Corcoba Herrero/ Escritor Español 

corcoba@telefonica.net

En lo vivido está nuestro horizonte, que no es otro que lo labrado bajo los imperios de la mente, a través de ese camino interno que cada cual hemos de realizar por nosotros mismos. En consecuencia, seamos francos, que únicamente en un ambiente de sinceridad es posible la unión. Realmente, para desgracia de todos, lo que encontramos es un mundo dividido e hipócrita, fracturado como jamás, donde cada día es más difícil hallar sosiego, pues en lugar de vivir en sociedades inclusivas, justas y solidarias, lo que domina es la exclusión, la injusticia y el egoísmo, atmósferas que aparte de atrofiarnos, también nos impide salir de esta inseguridad que nos acorrala y poder soñar con un mundo más armónico. Por eso, mi admiración hacia esas mujeres colombianas que tejen el futuro haciendo memoria a través de su alma. El grupo se denomina el Costurero de la Memoria por referirse «al largo camino que han tenido que recorrer las víctimas de la violencia sociopolítica a lo largo y ancho del territorio nacional y del territorio existencial». Marina tejió el primer objetivo: la erradicación de la pobreza. “Siendo desplazada viví en carne propia la pobreza junto a muchas familias que también lo perdieron todo por culpa de la guerra. El acuerdo de paz fue un gran paso. El fin de la pobreza será la meta mayor”, manifiesta entre vivencias y recuerdos. Desde luego, son estas propuestas creativas las que nos acercan, las que nos ayudan a tender puentes y a levantar esperanzas.

Es público y notorio que en toda adversidad nos salva el anhelo que pongamos en nuestro andar, por muy inesperados que sean los hechos. En este sentido, veo muy oportuno el tema elegido por el Foro Económico Mundial de este año, una apuesta que involucra a los principales dirigentes políticos, empresariales y otros líderes de la sociedad para dar forma a las agendas globales, regionales y de la industria, alrededor de “crear un futuro compartido en un mundo fracturado”. Sin duda, esto nos exige hacer un recuento de lo vivido a nivel tanto de comunidad y de uno mismo, como de la gobernanza global. A mi juicio, es esencial salvaguardar a la persona humana de todo tipo de mercaderías y esclavitudes, dignificándola, mediante valores que se centren en la ciudadanía. Precisamente lo recalcó, en parte, el rey de España, Felipe VI, en dicho Foro, a propósito de la situación catalana: “La lección que hay que aprender de esta crisis, una lección no solo para España, sino para las democracias en general, es la necesidad de preservar el respeto a la ley como uno de los pilares de la democracia y el respeto al pluralismo político y el principio básico de la soberanía nacional que, de hecho, pertenece a todos los ciudadanos”. En efecto, todos nos merecemos ese acatamiento a las normas, máxime si es norma de normas como la Constitución, aunque no fuera más que para protegerme de mi mismo.

Resguardado de la selva no habré vivido en vano. Los del Foro Económico Mundial piensan que reuniendo a personas de todos los ámbitos de la vida, con influencia e impulso, al menos podemos dar una nueva dirección al destino de nuestro mundo. La intención es buena, buenísima. Desde luego que sí, puesto que es a través del diálogo y del conocimiento de esta diversidad, como podemos avanzar humanamente. No olvidemos que el mundo de las finanzas y negocios tiene un inmenso potencial para producir un cambio sustancial en todas las personas, mediante la oferta de trabajos decentes, con salarios dignos, pieza clave para la realización de sociedades hermanadas, en las que se interesen los unos por los otros, promoviendo la justicia social, acorde con una distribución equitativa de los beneficios. Algo sumamente necesario en estos tiempos en los que el informe de referencia de la Organización Internacional del Trabajo muestra que si bien la tasa de desempleo mundial se está estabilizando, el desempleo y los déficits de trabajo decente se mantendrán a niveles persistentemente altos en muchas regiones del planeta. Cuestión que ha de hacernos repensar sobre las generaciones futuras, poniéndonos en acción, sobre todo en cooperar responsablemente hacia un orbe más auténtico.

Con el tiempo, yo mismo he descubierto que nuestras propias raíces morales están podridas, y que necesitan regenerarse con las llaves del corazón, para poder hacer familia, que es lo que realmente nos pone en el movimiento sensato. Ya está bien de deshacer hogares. Arréglense, pues, los Estados para ser una estirpe de autoridad, competencia y buen ejemplo. Y también, recompóngase la especie humana, despojándose de esta cultura de lo circunstancial, lo que paraliza el proceso constante de crecimiento y unidad por el que todos debemos luchar.

Algo más que Palabras

EL RESPETO COMO EXIGENCIA ARMÓNICA 

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

corcoba@telefonica.net

Necesitamos avivar el lenguaje de la consideración y del respeto. Tenemos la obligación de
hacerlo, de despojarnos de toda amargura para tomar otros modales más armónicos, que son los que verdaderamente nos acrecientan el diálogo, a fin de poder convivir en esa diversidad globalizada. Desde luego, no es fácil vivir en grupo sino aceptamos esa pluralidad de culturas, de sentimientos o lenguajes, y al hacerlo hemos de tener además una idea clara, que respetándonos frenaremos todas las maldades que este mundo aglutina, máxime cuando los líderes de algunos países han perdido la sensatez y gobiernan
a su antojo. Dicho lo cual, convendría tomar lección de nuestro pasado, al menos para asegurarnos el porvenir como especie pensante.

Deberíamos, a renglón seguido, hacer examen de conciencia cada cual consigo mismo, también esas personas acaudaladas, que además de tener acceso a todas las desgravaciones, se les suele perdonar todo. Pienso, en consecuencia, que ha llegado el momento de ser más ecuánimes. No podemos seguir el camino irresponsable del desacato hacia una vida según el caudal atesorado, puesto que todas son exclusivas, imprescindibles e importantes.

Pensemos que todos nos merecemos el mismo tributo, el de la estima. Por eso, causa verdadera tristeza que los jóvenes hoy en día sean unos déspotas, contradiciendo a sus
progenitores desconsideradamente, faltando al respeto a sus educadores, dilapidando todo lo que hallan en el camino.

Somos una generación que desprecia, descarta o ignora, todo aquello que no sirve o produce, como pueden ser nuestros propios abuelos. Olvidamos que son una riqueza de vivencias, y por ende, de sabiduría. Ojalá aprendamos a rectificar de nuestros errores, porque hasta el mismo impulso democrático no es nada, sino se basa en la deferencia del individuo como ser racional. Hoy sabemos que, en las economías avanzadas, las personas viven más, sobre todo si tienen más estudios o más recursos.

Por consiguiente, una redistribución del gasto en educación o salud de los sectores acaudalados a los sectores pobres, aumentaría la esperanza de vida en el mundo, lo que conllevaría aparte de un afecto hacia nuestros análogos, sería también un gran paso para empezar a construir otro mundo con menos desigualdades y más habitable.

Entre los ciudadanos, como entre las naciones, la mente tolerante ha de ser el abecedario a utilizar permanentemente. Si en verdad queremos un planeta unido hacen falta alianzas auténticas, solidarias y responsables, implementadas por el Estado de Derecho. No hay otra opción. Ya está bien de tanta desconsideración hacia la vida humana.

En este sentido, nos injerta cierta esperanza, saber que entre las muchas áreas de trabajo
de Naciones Unidas están: el fortalecimiento de estrategias antiterroristas, la coalición con la Unión Africana, la desnuclearización de la península coreana, el pacto mundial de migración, la situación en países de Medio Oriente, reforzar las operaciones de mantenimiento de la paz y superar la contradicción entre el respeto a los derechos
humanos y la soberanía nacional. Causa verdadero pavor, realmente, la escalada de hostilidades que sufre buena parte del mundo con un impacto devastador. Respetémonos y, al menos, consideremos el derecho internacional. Hay que detener la violencia como sea y permitir que las organizaciones humanitarias puedan ayudar a las personas necesitadas.

Por eso, por tantas vidas truncadas, pido a todo el mundo sometimiento y trabajar por la justicia, esa que defiende toda existencia sin condicionantes, esa que abraza la verdad sin fisuras e ilustra el intelecto, suavizando actitudes y promoviendo concordias, que la vida se hizo para vivirla y disfrutarla, no para malgastarla o destruirla. Dejemos de ser nuestro peor enemigo. En otro tiempo, ya el obrero tenía más necesida  de respeto que de pan, como expresó el filósofo y economista alemán Karl Marx (1818-1883). Hoy continuamos,
en el mismo despropósito del tajo: la ausencia de salarios dignos es la mayor injusticia que padecemos para que pueda realizarse todo ser humano. Lo mismo sucede con la máxima de vive y deja vivir, fundamento de cualquier otro derecho, incluidos los de la libertad.
Confiemos, pues, en regresar a ese equilibrio natural, por el que el cuerpo y el espíritu coexisten en buena armonía, para experimentar la respetabilidad hacia toda criatura, empezando por nosotros mismos.

Algo más que Palabras

UNA LLAMADA A LA SENSATEZ

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

corcoba@telefonica.net

Los tiempos no son fáciles para ningún país del mundo. Con urgencia tenemos que sanar las diferencias y conciliar diálogos sinceros, cuando menos para generar atmósferas más armónicas, comprensivas y tolerantes. No tiene sentido volver a cometer los errores del pasado. Las guerras no las gana nadie. Ni los vencedores que suelen humillar al rival derrotado imponiendo sus furias, ni tampoco los vencidos suelen quedarse en reposo tras una confrontación bélica. Es la sensatez la que nos hace comprender la esencia de lo que somos, la que nos serena y nos hace más humanos, la que nos obliga a entendernos y a promover, no la ley del temor, sino el espíritu de la compasión. En consecuencia, hemos de aprender a perdonarnos y a reconocernos miembros de una familia, en la que no es posible la exclusión. Quizás tengamos que madurar, organizarnos la existencia de otro modo, dignificarnos y realzarnos como linaje auténtico, lo que exige despojarnos de toda falsedad. Igual que nadie puede ser moderado con el estómago vacío, tampoco es de recibo dejarnos engañar a nosotros mismos, con un cúmulo de estrategias corruptas, lo que nos obliga a despertar, al menos para que cese de propagarse tanta injusticia, tanta desigualdad social, tanta inhumanidad en definitiva. De ahí, lo importante que es hacer una llamada a la reflexión, una autocrítica cada cual consigo mismo, para ese cambio de perspectiva, menos tensa y más pacífica.
No olvidemos que la mayor agitación social tiene que nacer del desprendimiento, no del interés, de la sabiduría que da un soplo respetuoso y considerado con toda savia humana. Nadie puede dominar sobre nadie. Hay que instaurar otras maneras de vivir, menos salvajes, más sociables y civilizadas. Ya conocemos la ideología de los fuertes y poderosos sobre los más pobres y débiles. Hemos de romper con estas contrariedades, cumpliendo y haciendo cumplir, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pasemos de las bellas palabras a los hechos. La realidad se torna cruel, sin apenas nosotros inmutarnos. Ante esta bochornosa situación, es menester que los representantes políticos y líderes de todos los gobiernos, cultiven la honestidad y fomenten los acuerdos inclusivos, despojándose de lenguajes mezquinos para poder amparar, resguardar y dar aliento, a la multitud de desvalidos que nosotros mismos hemos generado. No pueden estar liderando ningún país, aquellos que fomentan el odio entre ciudadanos. Hoy más que nunca se requieren personas constructivas, ejemplarizantes, gentes sinceras y sencillas, dispuestas a darlo todo por los últimos entre los últimos. Realmente, esa falta de compromiso con la verdad, es lo que está avivando unos escenarios ensangrentados, que nos vienen llevando a la locura. Sin embargo, todos hablamos de ese deseo de paz, de vivir y dejar vivir, de fomentar el amor, pero continuamos más armados que nunca, con las espadas en alto y sin clemencia alguna. Recapacitemos. Hoy hay algo tan necesario como el aire para respirar y es el sosiego para no confundirse de camino. En el fondo son las relaciones con las personas lo que da quietud a nuestro interior, la generosidad con nuestros análogos. Sin duda, es la entrega hacia el bien colectivo lo que realmente genera sentido a nuestra existencia.
Desde luego, la sensatez es la única vía de negociación que puede detener este volcán de conflictos que nos arruina por todas partes. Si ya sabemos que las batallas son todas inútiles, que no traen nada bueno para nadie, ¿por qué no las desterramos del planeta? De una vez por todas, demos cerrojazo a la continua producción de armas cada vez más mortales e internacionalicemos el lenguaje de la confianza mutua, como premisa, para poder continuar viviendo. No existe un signo más deshumanizador que sospechar irreflexivamente de todo y de todos. Despojémonos de esa neurótica torpeza de no confiar en nadie, de pensar que es imposible reconstruir corazones, de creer que todo está perdido, ¡pues no!, es preciso estar dispuesto al encuentro para que todo se aminore, también la tirantez, para llegar finalmente a una coexistencia de latidos. Porque al fin, hemos de reconocer, que por encima de nuestra indignación hay que seguir caminando, construyendo puentes de vida, uniéndonos en nuestra propia mundialización, por otra parte cada vez más interdependientes unos de otros. No está bien que el hombre se flagele así mismo, actúe como un lobo para sí. Las justas exigencias innatas de la moral, que todos llevamos dentro, nos exigen un esfuerzo colectivo y responsable, ya no sólo de salvarnos como especie, también de cooperar y colaborar en esa unidad que cuanto más enraizada esté en la bondad, mayor será el regocijo. Ojalá encontremos ese horizonte, porque sí como decía Platón, “buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro”, seguro que nosotros también hallaremos esa tranquilidad buscada a pesar de las penurias cotidianas.