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Algo más que palabras

EL GRAN SUEÑO DE LA NOSTALGIA

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

“Imaginar es empezar a hacer realidad el sueño”

De entrada, cualquier ser humano en su sano juicio, sueña cada amanecer por un mundo más justo y solidario, en la que sus moradores posean un trabajo digno y decente, que hagan armoniosas las relaciones entre las culturas y los pueblos. Por desgracia, la realidad está llena de obstáculos, incertidumbres y dificultades de todo tipo, que llegan incluso a oprimirnos, máxime si no actuamos mancomunadamente. Desde luego, nuestra prioridad ha de ser la unidad y la unión entre todos. Precisamente, en la mística de la Navidad, lo que se revive es el reencuentro de un niño, que resultó ser Dios, como uno más entre nosotros, dispuesto a llenarnos de gozo y entusiasmo. Por eso, jamás debemos sentirnos solos, hemos de mantener ese raciocinio cooperante, cuando menos para luchar contra la indecisión e inseguridad que persiste por todo el planeta. No podemos desistir. Precisamente, el adviento es la preparación a ese corazón sensible, que ha de hacerse poesía ante un alma brotando, para glorificarse con el mejor de los objetivos, la entrega a los que se hallen sin luz para hacer el camino de la vida.

En este sueño de anhelos, la disponibilidad de cada cual ha de estar presente siempre, alimentándonos de fortaleza, bajo la comunión de latidos sinceros, que son los que nos hacen más humanos con nuestros análogos. Al calor de la expectativa, hemos de ponernos en camino siempre, ahora para derrotar la pandemia en todos los lugares del globo. De entrada, tenemos que eliminar totalmente las restricciones comerciales a los productos y servicios médicos, incluidas las relativas a las vacunas. Hoy más que nunca, ese espíritu responsable y coparticipe, significa aguante y vida, supervivencia y luz; ante un entorno que palpita y late constantemente. Nuestra personal historia sobre la tierra madurará en la medida que sepamos transitar fusionados, interpretando los sentimientos comunes, poniéndonos bajo la protección del auxilio permanente entre semejantes, con la oratoria del amor efectivo y mediante la levadura inspirada por el soplo conciliador del corazón, vivificada por la alegría mística celestial.

Sin duda, el gran sueño de la nostalgia, en este mundo visible, nos hace volver a reencontrarnos misteriosamente con el niño que fuimos, con ese mundo interior revivido, que radica en continuar con las mimbres de proyección naciente, las del amor, hasta el punto de que nada es posible sin esta realización de lucha por lo auténtico, que es lo que verdaderamente nos trasforma en gentes de bien; claridad que necesitamos para sobrevivir, sobre todo lo demás. Tanto es así, que está bien que demos un impulso sincronizado a la inversión una vez que la pandemia esté mejor controlada, que evitemos la retirada prematura de las políticas de apoyo, pero la cuestión de fondo es hacernos mejores personas, mejores ciudadanos, mejores amantes de la naturaleza. Seguramente, entonces, nuestra propia fragilidad se robustecerá. Lo cruel es el abandono de uno mismo; lo sorprendente, la visión de familia haciendo linaje por siempre. Pensemos que, mientras que nuestro interior tiene deseos de abrazar, la fantasía que llevamos consigo conserva la virtud del anhelo.

Imaginar es empezar a hacer realidad el sueño. Hay que reforzarse de esa estética de llama viva, que nos insta a que los dominadores nos dejen meditar, que es un modo de continuar activo, de planear nuevos horizontes sobre uno mismo, tras someternos a otras atmósferas ausentes de veneno. Desde luego, no es fácil trabajar para sí, lo reconozco, pero tampoco podemos rendirnos a esta destrucción interesada del ambiente humano por parte de ese hálito corrupto, que nos está dejando sin humanidad alguna. Ojalá aprendamos a reprendernos, a ser persona equilibrada, generosa, comprensiva, superada de toda maldad y egoísmo. En consecuencia, más allá de este clima de tensiones y de la falta de iniciativa global entre equivalentes para reactivar otra época, quizás se nos requiera escucharnos más. Será un buen modo de fondear en nosotros otras aspiraciones carentes de mercantilismo y más donantes.

Puede ser buen momento, ahora que la añoranza regresa por la Epifanía, la de imprimirse un nuevo nacer para asumir totalmente las responsabilidades propias inmersas en los derechos humanos, que son una dimensión esencial de convivencia, por su buen obrar y decir, ante la falta de consideración hacia toda vida, la tendencia desenfrenada a la violencia, a la destrucción y a la siembra de crueldades que nos desbordan. Pensemos en esa Inmaculada Concepción, como primer signo y, a la vez, anuncio de tiempo nuevo. O en aquellas palabras realmente inspiradas de San Anselmo: “Dios es el Padre de las cosas creadas;/ y María es la Madre de las cosas recreadas, / Dios es el Padre a quien se debe la constitución del mundo; / y María es la Madre a quien se debe su restauración”. En efecto, de esta concepción inmaculada tomó origen el gran sueño, la obra de la renovación del ser oprimido por la heredad del primer Adán. Que sea Ella, por consiguiente, la estrella de nuestro regreso al verso y la palabra, nuestra mejor esperanza.

Compartiendo diálogos conmigo mismo

POR: Víctor Corcoba Herrero

DONDE VIVE EL AMOR, NADIE MUERE

(El auténtico amor no se conoce por lo que requiere, sino por aquello que reconoce y quiere custodiar)

I.- LA FIESTA QUE NOS TRANSFORMA

El verdadero éxtasis es una fiesta que se forja en el alma,

es una recepción de pulsos y una ceremonia de sueños,

un vivir desviviéndose por vivir para el otro legándose,

pues no hay mayor don que estar juntos y saberse amar,

olvidándose de uno mismo, ¡perpetuándose en el querer!

Tampoco hay mayor luz que un deseo salido de lo hondo,

surgido del verbo y resurgido de la bondad de la verdad,

de un entusiasmo que transfigura nuestra personal figura,

colmada y calmada de serenidad al poder complementarse,

componiendo una vía de confianza, ¡poniendo el corazón!

Rehacerse en el cariño es reponerse cada día y repararse,

es rememorar el mundo de los afectos y celebrar la gloria

de sentirse, tan tierno como eterno, sin recelo a vengarse,

sin miedo a perder la pasión por acariciarse y aguardarse,

en ese camino que nos lleva a Dios, ¡nuestro gran AMOR!

II.- LA FIDELIDAD DE CORAZONES

Uno necesita ser fiel a sí mismo, devoto de sus andares,

practicante de todas las virtudes, ejecutante de lo bueno,

inseparable de esa mirada que sabe verse y reconocerse,

que sabe pedir perdón y perdonarse, renacer en familia,

sentirse uno más de tantos, ¡esto es un hermoso camino!

Nuestra fidelidad no es más que una mística declaración

a la lealtad del Creador, una recreación a su viva creación,

el poema más sublime a la conmemoración de su palabra,

una palabra que se hace aliento y alimento en cada soplo,

porque hallarse es rehacerse, ¡jamás destruir la relación!

Regresar al santuario de la franqueza a diario nos fortalece,

necesitamos depositar nuestra más fervorosa jaculatoria,

para estar en armonía consigo mismo a los pies de la cruz,

y poder anunciar con noble valentía el níveo reino celeste,

asistiendo siempre, sin cesar jamás, ¡esto es fe en JESÚS!

III.- LA FELICIDAD DE CRECER AMANDO

No hay mayor satisfacción que pasar por la tierra, amando;

ni mayor deleite que morar en los movimientos, queriendo;

porque haciendo crecer nuestro interior, lo que se enciende

es una placidez sin reservas, una insigne quietud imborrable,

fortaleciéndonos el ánimo, ¡rejuveneciéndonos el espíritu!

En el gozo de los demás se halla el privativo gozo de uno,

una aspiración que cuánto más se vierte más nos revierte,

pues la superior felicidad se alcanza, dándose y donándose;

nada es tan grandioso como una mano tendida y extendida

a ese viajero que se ahoga, ¡brindándole nuestro aliento!.

Solo hay júbilo donde hay virtud y esfuerzo en la entrega,

donde se aloja la mística receta de un deber de compañía,

donde se instaura esa fuerte capacidad de servicio continuo,

ante la multitud de nudos que nos acorralan por doquier;

¡qué alguien nos desenrede las penas, esto es CARIDAD!

Algo más que Palabras

El DEMOLEDOR COSTE HUMANO DE LA PANDEMIA

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

“Hay que salir de esta visión del mundo siniestra que nos lleva al derrumbe”

Necesitamos reponernos como generación, tomar el espíritu solidario como deber y el ánimo cooperante como obligación ciudadana. Sin duda, el COVID-19 es algo devastador, puesto que detrás de los fríos números de las estadísticas, quedan vidas truncadas, corazones heridos, familias hundidas en nuestras propias miserias humanas. Ciudades y pueblos han de responder a la pandemia atacando la desigualdad e impulsando un inclusivo renacer para todos. Este ha de ser uno de los primeros objetivos, para hacer frente a este demoledor coste humano. Las políticas, por tanto, han de centrarse en que todos los avances sean accesibles y asequibles a todos los moradores; esto también significa que la esperanzadora vacuna sea un bien público mundial. Impulsar en todos los gobiernos la justicia social y promover, a la vez, un trabajo verdaderamente digno para todas las personas, asimismo es algo indispensable. Confiemos en que este dolor, nos haga invertir las cosas, al descubrir que nos necesitamos como especie, que todas las manos y todas las voces, además de las sonrisas y hasta las lagrimas, hemos de compartirlas más allá de las fronteras que nos hemos inventado.

Seguramente, los principios y derechos fundamentales de este mundo laboral puedan jugar un papel fundamental en la reconstrucción de nuevas respuestas efectivas y consensuadas que apoyen este espíritu reconstituyente. Ahora bien, quizás nos haga falta, para salir de esta auténtica ruina, otros relatos más reales y de mayor compromiso con los arrinconados por sistemas injustos. Por eso, es vital una toma de conciencia de todos los actores sociales, también de cada uno de nosotros, para que se produzca verdaderamente ese responsable cambio en nuestro propio estilo de vida, en los modelos de producción y de consumo, en las mismas estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad. Algunas de ellas, por cierto, se encuentran contaminadas de corrupción. Desde luego, el clima de inseguridades hace que se vaya creando un terreno fértil para las mafias, que todo lo embadurnan de vilezas y perversidades. Sea como fuere, hay que salir de esta visión del mundo siniestra que nos lleva al derrumbe. Para bien o para mal, cada cual ha de colocar su personal ladrillo. Confiemos en su sentir cabal.

En realidad, a todos se nos llena la boca de transformaciones, pero lo innegable es que padecemos una fragmentación tan brutal que paraliza ese reforma, que todos invocamos. Naturalmente, creo que nos falta coraje para iniciar nuevos caminos, ampliar horizontes, tejer otros lenguajes más del alma y poder activar ese futuro verdaderamente equitativo, que tanto pregonamos conjuntamente. Ya está bien de que mientras unos privilegiados derrochan, otros se mueran de hambre. Hablamos, hablamos, hablamos…., pero no hacemos casi nada por modificar esta actitud, por reencontrarnos en ese aliento batallador, capaz de forjar un mundo mejor para toda la humanidad. Este ejercicio de sumar voluntades, de entenderse y consensuar posturas es lo que en realidad nos hace avanzar en la acción personal y comunitaria. Pensemos que todos tenemos algo que aportar; téngase en cuenta que nuestra entrega a los demás lo que acrecienta es la supervivencia del “nosotros”, o sea, la continuidad del linaje.

En efecto, la gran lección del COVID-19 debe ayudarnos a despertar de este endiosamiento que nos aísla, pues en realidad no somos nadie para excluir nada, ¡nos necesitamos todos! Hemos de apiñarnos para trabajar juntos, apoyándonos unos a otros, para luchar contra la ideología del odio, la sed de venganza que persiste en muchas existencias y el hambre de justicia que aún perdura en gran parte de la ciudadanía. Por desgracia, aún no tenemos vacuna contra estas maldades, ni contra esa disposición maligna que nos deja sin aire, además de permanecer envueltos en la escalada de la miseria, la desorientación causada por la plaga de la desinformación y la falta de valores, como resultado de la parálisis docente y también económica derivada de la actual epidemia.

Puede que nos sorprenda, no tardando mucho, un efecto dominó de bancarrotas, que sumada a esta deshumanización que venimos cultivando desde hace décadas, nos deja sin nervio para luchar; en un momento difícil, en el que nos enfrentamos al mayor conjunto de desafíos globales, desde el terreno de la salud hasta el de la economía, el clima y nuestra propia subsistencia, libre de violaciones y violencias. Evidentemente, hoy más que nunca, no podemos perder el tiempo en discusiones absurdas. Ha llegado el momento preciso de reconstruir lo derrumbado, de coordinar lo descoordinado, de cooperar en aquellos desatendidos, actuando sin adormecerse, ya que el adecuado camino diario se gana, como la vida misma se posee, sólo dándola, ofreciéndola a los demás como servicio. Al fin y al cabo, no es cuestión de ir tirando, tampoco de continuar el andar sin desgastarse ni gastarse. En consecuencia, es menester salir de este estado de confrontación y pasar a que se haga realidad la universalización de los derechos humanos, utilizando nuestro entusiasmo permanente a través de la cultura del abrazo entre sí. Toca, por ende, laborar para comprenderse.

Algo más que Palabras

RECONSTRUIR EL MUNDO DESDE LA CULTURA DE LA ACOGIDA

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

“Los pedestales hay que saberlos utilizar para servir al bien colectivo, no para servirnos egoístamente”

No podemos caminar bajo el permanente deterioro, hemos venido para reconstruir, no para destruir; y, en este sentido, hay que poner más voluntad en la resolución de los problemas medioambientales, pero también en nuestra propia misión, lo que nos exhorta, como seres pensantes, a un fuerte entendimiento de solidaridad entre todos. Quizás lo importante es que consolidemos nuestras raíces, y a partir de ahí, evolucionemos sin devaluar los derechos humanos, y sin desfigurar la belleza de nuestra casa común. Dejar que se nos muera nuestra propia atmósfera, sin apenas hacer nada por ello, es un mal camino y, como tal, hemos de enmendarlo. Sabemos que esto no es nada fácil. Tenemos que congregar esfuerzos, ayudándonos unos a otros a mirar siempre hacia delante, sabiendo que la savia no es tiempo que se traspasa, que pasa y no vuelve, además es instante que se vive en el reencuentro permanente, en la cercanía vivencial, puesto que todo está enhebrado en el compartir, en el cooperar y en el colaborar con esa innata dimensión humana que nos fraterniza.

Cada día son más las vidas que huyen del terrorismo y la guerra en sus países y llaman a la puerta de nuestro corazón para que cuando menos los acojamos con una sonrisa entre sus ríos de lágrimas. Consecuentemente, en esa reconstrucción del nuevo mundo, es menester promover en justicia los objetivos sociales, con otra visión más estética; de igual manera, el cuidado de nuestro hábitat natural a través de otros modos de producción y de consumo también más éticos; lo que nos requiere una toma de conciencia mucho más responsable con el entornos en los que nos movemos. Luego está la corriente de flujos financieros ilícitos que trasciende todas las fronteras, y no ayuda en absoluto a un desarrollo equitativo, ni contribuye tampoco a la erradicación de la pobreza, a través de la creación de empleo y de capital. Lo cierto es que las naciones más pobres del mundo corren el riesgo de quedarse aún más rezagadas a consecuencia de la crisis económica inducida por COVID-19, que agravará viejas desigualdades y aumentará el hambre, la malnutrición y la vulnerabilidad a las enfermedades. Subsiguientemente, esta restauración mundial nos demanda una vez más ese espíritu solidario universalizado, para que se active como acción expresiva de acogida, que es lo que verdaderamente nos hace avanzar.

Tenemos que dejar de liderar esta inútil contienda contra la naturaleza, necesitamos reconstruirnos como poetas y alzar nuestra voz en la defensa de esta biografía silvestre, que forma parte de la poética red de vida planetaria. Por otra parte, si tenemos presente que todo ser humano por sí mismo no puede hacer nada, y lo puede hacer todo cuando se une a sus semejantes, esto nos exige un esfuerzo común de búsquedas, donde prime la concordia, jamás la especulación de una renta financiera que tiende a ignorar contextos que nos dignifican. Hace falta, pues, una reconstrucción más desinteresada, que active comportamientos cívicos. No es de recibo continuar alimentando vicios autodestructivos, actuando como si nada ocurriera o postergando decisiones que han de ser tomadas de inmediato. Se me ocurre pensar, en tantas poblaciones que necesitan ayuda, ante el aluvión de desastres propiciados por el cambio climático, para poder continuar ofreciendo energía viviente. La emergencia ocurre en cualquier lugar del globo, donde cada día más se manifiestan, con toda su fuerza destructiva, oleajes de venganza que nos dejan sin humanidad, con el abandono de los más frágiles y sin entusiasmo por rectificar. Nos conviene, desde luego, tomar otras actitudes más liberadoras, de construcción en un camino de decadencia y de mutua destrucción entre análogos.

Si en verdad activamos la cultura contemplativa de la acogida, esto nos dará fuerza para explorar universos olvidados, a causa de los hábitos injustos de una parte privilegiada de la humanidad. El poder no es para unos pocos; sin embargo, la capacidad de servicio si se postula en todo momento y para toda circunstancia. Los pedestales hay que saberlos utilizar para servir al bien colectivo, no para servirnos egoístamente. No olvidemos que el bien común presupone la consideración hacia toda existencia, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral. También demanda el bienestar social y el progreso que todos nos merecemos por principio. Por desgracia, en multitud de ocasiones nos vendemos al ímpetu ciego del inconsciente, y utilizamos la violencia y el egoísmo como lenguaje, sin considerar que un mal poder utilizado nos retrotrae a épocas ya vividas, pues lo transcendente es que estas enormes olas de cambios, contribuyan a hermanarnos más, a querernos mejor, a considerarnos decentes. Ojalá superemos esta necedad altanera, y retomemos un estilo de andar, con más entrega y donación entre sí. En cualquier caso, que nuestras luchas y nuestra preocupación por esta morada, en la que todos nos movemos y habitamos, no nos reste el gozo de la espera y la virtud de la esperanza, para poder cambiar de rumbo y transformar nuestra relación con el mundo natural, en un vínculo de auténtico amor.

Compartiendo diálogos conmigo mismo

ESTAMPAS VIVIENTES

(Que el dueño del tiempo, -nuestro Creador-,

nos injerte el don de saber echar una mirada,

con la sabiduría del discernimiento)

I.- EL PENSAMIENTO LIBRE DE NECEDAD

Los francos pensadores siempre mantienen madura la lucidez,

para crearse sus tersos abecedarios y recrearse en el verso,

para crecer bajo la esencia de rehacerse al amor de amar,

que es lo que verdaderamente nos trasciende por dentro

y nos realza por fuera, ¡es como sentir el sol en las venas!

Este entusiasmo, volcado en servir, nos colma y nos calma,

nos encamina hacia el camino del entendimiento solidario;

pues nada somos por sí mismos, sino agrupados en latidos,

agregados a cultivar el nosotros, congregados en donación,

y llamados a vivir cautivos de esa gloria que nos fraterniza.

Dejémonos aflorar por ese latir que no conoce expiración,

que ha de reconocerse libre para no ahogarse en las penas,

pues la dicha de la naturaleza es liberarse de toda desdicha,

darse luz y enmendarse de las sombras que nos esclavizan,

reconquistando lo vivo que es como se conquista la vida.

II.- EL OJO PENETRANTE DEL CORAZÓN

Anuncio del hombre de ojos penetrantes, siempre en guardia,

proclamación de la escucha y aclamación de su buen pensar,

con la ternura de saber mirar y de verse, e ir hacia el futuro:

Cuando está ausente el corazón en nuestro acontecer diario,

todo se hunde en la mentira, nada se cimienta en la verdad.

Somos los dueños de nuestros afanes y desvelos, de sentir

la boca del sabio en nuestras entretelas, de abrigar poemas

nacientes de las dulces caricias de unos labios inmaculados,

de imaginar un armónico recreo en todos los horizontes,

pues no hay mayor festejo que ofrecer nuestro propio valor.

Reaparezca esa visión profunda de nacernos y renacernos,

lo que hoy siente tu interior mañana lo forjará tu mente,

no cerremos puertas ni nos encerremos como las piedras,

abramos las ventanas del sentimiento, quitemos prisiones;

que mientras el espíritu tiene sed, la utopía conserva ansias.

III.- CON LA MEMORIA DEL ABUELO

La memoria de nuestros predecesores nos reconduce al ser,

a ese ser vestido con el tiempo y revestido por la historia,

plagado de vivencias que toman vigor e imprimen aliento,

porque detrás de las andanzas está la energía de las escenas,

las que nos prenden los legados nobles que nos ennoblecen.

Un linaje que no protege sus orígenes se queda sin raíces,

jamás puede echar tronco porque no respeta a los abuelos,

perderá la orientación y también el rumbo de sus ramas,

nunca recobrará los bellos andares que le dieron camino,

un pasaje hacia sí mismo, sin poder desgajarse de sus cepas.

La gratuidad de la vida nos exige gratitud en la transmisión,

asimismo se nos requiere por propia conciencia personal,

acudir a su encuentro sin tictac, tampoco eludir su llamada,

asistir con los oídos dispuestos a la escucha permanente,

puesto que de ese enraizarse brotan flores y salen frutos.