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Algo más que Palabras

RESCATÉMONOS DEL RÍO DE TRISTEZAS

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

corcoba@telefonica.net

Reconozco que me abruma este enfermizo acontecer diario, que nos desborda en tristezas y nos empequeñece nuestra vida interior, cuando en realidad lo que me pide el alma es salir de este universo de resentidos, donde la venganza se sirve en bandeja a diario, y beber del entusiasmo que brota del corazón de lo auténtico. La autenticidad es lo que nos pone alas. Rescatémonos, pues, e instauremos en todo el planetario los aires que nos dignifican. Asumamos la responsabilidad de ser humanos y, por ende, libres por ser lo que somos, pase lo que nos pase. Jamás me cansaré de repetir aquello de que no hay mal que cien años dure. Por tanto, aunque repunte el hambre y aumente el número de personas obesas, las violencias no cesen y las desdichas nos dejen sin aliento, recobremos el espíritu creativo del cambio y pongamos en acción otras formas de hermanarse más elocuentes y verdaderas.
Las tristezas no son buenas para nadie. Es un vicio tremendo que nos usurpa hasta el propio yo. Despojémonos de ellas, e intentemos dejarnos comprender unos a otros, con lenguajes del corazón, que son los verdaderamente ilusionantes. Quien lo probó lo sabe, y penetra en la causa viviente con la misericordia por bandera, sabiendo que hay que pasar por la vida viviendo, y dejando vivir, más allá de la fuerza interpelante de la hipocresía que nos deja sin argumentos existenciales. Realmente nos interesa otra vida más franca, en la línea de un discernimiento poético más profundo, que nos permita huir de los falsos endiosamientos excluyentes. Tenemos que despertar y salir de este mercado triste de intereses que nos trunca hasta nuestro propio camino.
Sonriamos a pesar de los muchos pesares, porque más triste que la amargura, es el dolor de no acertar a descifrar el edénico verso de donarse y perdonarse para poder eximirse de un mercado que nos compra y vende a su antojo. Necesitamos unas finanzas más éticas y humanas. Ya está bien de tanto engranaje cínico. Es absolutamente esencial que los donantes internacionales demuestren su aprecio y apoyo por todo ser humano. La cuestión no es desechar personas, sino como decía el poeta y dramaturgo, Federico García Lorca (1898-1936), tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar, y ciertamente, así es, de ahí la necesidad de una educación más encaminada a pensar críticamente. Sólo, de este modo, podremos hallar un camino de maduración en valores, o lo que es lo mismo, en gozos.
Hoy más que nunca requerimos de entornos que nos insten a disfrutar del paraíso existencial, de la juventud eterna de la esencia, del don de la naturaleza para poder sanar heridas y estrechar lazos que nos auxilien mutuamente. Lo importante siempre es repartir la carga, también la de la tristeza, y al reconocernos en el análogo como una parte más del todo, quizás descubramos que tan importante como el desarrollo social y cultural de una especie, es también la de poder expandir la alegría por doquier, sabiendo que el vínculo que nos ha de unir no es tanto de sangre como de respeto y regocijo mutuo, máxime en una época en la que debemos entusiasmarnos para los oportunidades y desafíos que trae la globalización.
A la luz del rápido cambio tecnológico, pero también demográfico, Europa –en palabras del Vicepresidente Dombrovskis- debe ser innovadora, flexible e inclusiva. Nos alegra, por consiguiente, que el Pilar Europeo de los Derechos Sociales se avive, sobretodo en igualdad de oportunidades y acceso al mercado laboral, condiciones laborales justas y protección e inserción social. Copie el resto del mundo y activemos nuestro afán constructor de un orbe mejor para todos. Sólo unidos, podremos llegar a buen puerto. A propósito, el filósofo y escritor indio Rabindranath Tagore (1861-1941), nos dejó la mejor receta: “Dormía…, dormía y soñaba que la vida no era más que alegría. Me desperté y vi que la vida no era más que servir… y el servir era alegría”. Olvidémonos de las llagas, por un momento. Nos merecemos una ración de júbilo en el planeta.

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DESDE LA DIVERSIDAD A LA UNIÓN

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

Jamás pongamos condiciones para nada. Todo se puede superar por muy catastrófica que sea la situación. La unidad es más grande que el conflicto. Eso siempre. Sólo hace falta poner nobleza en el ánimo, tesón en el buen hacer de las propias actitudes y generosidad en el perdón. Precisamente, aquello que nos ennoblece, radica en nuestra capacidad de sufrir por los demás y en no permitir que los demás sufran por nuestras mezquindades. En cualquier caso, todos los Estados han de tener por objetivo que el pueblo se fraternice y no se desespere, ni camine en el descontento. Aprendan los gobiernos de todo el mundo. Dejen de ser el problema. La naturaleza, por sí misma, nos acompaña. El encanto está en la diversidad de sentirnos libres y responsables, en la confluencia de ese incalculable paraíso silvestre que nos armoniza y nos engrandece la existencia, puesto que nada somos sin esa embellecedora estampa de latidos en busca de otros abecedarios más sublimes, capaces de hacernos tan eternos como tiernos.
Vuelva, pues a nosotros, la ternura, el reposo del caminante, la alegría que brota del encuentro. Ya está bien de agredir y de despreciar a los seres más débiles e indefensos. Olvidamos que nos necesitamos todos, aunque únicamente sea para compartir caminos y darnos compañía. Ojalá aprendamos a vencer la crueldad destructora ó destructiva, que tanto nos asalta en estos instantes de endiosamientos y podredumbres. En general, las poblaciones disminuyen a un ritmo alarmante debido a la desaparición de su hábitat y sus presas, las interacciones con humanos, la caza furtiva y el comercio ilícito. Por ejemplo, la población de tigres ha disminuido un 95 por ciento en los últimos cien años, y la de leones africanos un 40 por ciento en los últimos 20 años, tal y como reconoce una reciente estadística difundida por Naciones Unidas. Esto debiera hacernos reflexionar. Si fundamental es saber quiénes somos y por qué vivimos, hemos de no pecar de ignorancia y valorar también lo que se nos ha donado, primordialmente para participarlo. No malgastemos entonces nuestros pasos en dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante, no revueltos, pero siempre juntos.
Ciertamente, tenemos una necesidad de combatir los delitos contra el medio ambiente y la disminución de especies causada por la actividad humana, pero igualmente hemos de fortalecernos los corazones para no caer en la dejadez. Quizás sea el momento de despertar, de abrir las puertas de uno mismo, de dejarse sorprender por la realidad que nos circunda y de analizar situaciones tan bochornosas, como las vividas por esas mujeres sirias que ahora denuncian haber recibido ayuda humanitaria a cambio de favores sexuales. Realmente estos comportamientos salvajes, tan despreciables como deshumanizadores, nos dejan sin palabras, pero no podemos dejarnos absorber por esta hélice de maldades, debemos aglutinar fuerzas conjuntas y pensar que, entre todos, podemos hacer más por nuestros análogos, cada cual desde su posición. Para empezar, tenemos la mejor estrategia para prevenir esta atmósfera intimidatoria, la del respeto a los derechos humanos. Su protección y promoción ha de ser un deber esencial de toda autoridad que gobierna desde la ética de las responsabilidades.
Posiblemente tengamos que aprender a gobernarnos antes a nosotros mismos. Nadie da lo que no posee. En ocasiones, somos nuestro peor enemigo. Solemos derrotarnos unos a otros. Por esa ausencia educativa de conjunto que impera en el mundo, resulta complicado hasta obtener lo mejor de sí. Nos hace falta reeducarnos, de continuo y persistentemente. A mi juicio, el primer paso radica en humanizarnos desde la pluralidad de cultos y culturas, algo que siempre nos enriquece, haciéndonos más solidarios y menos egoístas. Deberíamos pensar en esto. Por otra parte, me viene a la memoria algo que Mahatma Gandhi (1869-1948) ya se interrogó en su época: “¿Qué otro libro se puede estudiar mejor que el de la humanidad?” Así es, máxime en estos reinados donde nada de lo que ocurre en el planeta nos resulta ajeno. Por si fuera poco, pensemos además en que todos respiramos el mismo aire, y con él, las mismas lágrimas vertidas, con las que luego a continuación nos bañamos.
En efecto, está visto que cuando el poder quebranta horizontes, en lugar de asistir para traspasarlos, al final se corrompe y, después de enviciado el vicio, todo resulta necio, hasta presentar las cosas como si fueran buenas, cuando en realidad son nefastas. Por eso, es importante poner en el centro de nuestras vidas la fuerza del alma, no el poderío del mercado, al menos para poder acoger existencias dejadas en el abandono más cruel. En consecuencia, ha llegado el momento de la comunión de ánimos, todos ellos siempre necesarios e imprescindibles, para acrecentar esa unidad acorde con la vida, desde la docilidad mística de cada cual. De ahí, la precisión de aprender a sobrellevarnos, pero también a sobrecogernos, ante nuestras propias miserias humanas.

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PRESOS EN EL LABERINTO DEL MUNDO

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

corcoba@telefonica.net

Si la desigualdad que impera hoy en el mundo está profundamente relacionada con esa cultura interesada del privilegio, también nos acorrala un fuerte deseo de dominio, por parte de los poderosos, para impedirnos unir voces y poder transformar el mundo, en un espacio más de todos y de nadie en particular. Por tanto, es hora de liberarnos de este egoísmo mundano y de pensar en otro estilo de convivencia más desinteresado, porque al fin de nuestra existencia lo que vale no son las propiedades aglutinadas, sino la ejemplaridad de nuestro camino, y con él, nuestro testimonio y nuestras andanzas. Ojalá aprendamos a sentir y a concertar las palabras con la mente y el corazón. Seguramente, entonces, no dejaríamos que más de dos millones y medio de recién nacidos fenezcan anualmente antes de poder alcanzar su primer mes de vida y, de ellos, un millón fallecerá el mismo día que nacen, especialmente en esos países, a los que aún le falta una asistencia sanitaria asequible, una alimentación apropiada y el consumo de agua potable. Ya está bien de que una buena parte de seres humanos caminen penados por un planeta, mientras un grupo de predilectos dominantes lo derrochan todo y apenas comparten nada.
Realmente me cansa esta cárcel mundana, pues es un laberinto injusto, en medio de tantas atmósferas putrefactas que agreden y desprecian a la persona más vulnerable. Resulta impresionante constatar este cúmulo de maldades que verdaderamente nos roban hasta las lágrimas. Desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a vivir enrejados en nuestro egoísmo altanero de los excesos superfluos, hasta el punto de no acertar a discernirse asimismo, sobre cuál es el verdadero corazón y cuál es la máscara. Deberíamos encontrar ese verdadero itinerario de amor, y aprender a cultivarlo día a día, lejos de la autosuficiencia, el orgullo y la soberbia que nos invade y gobierna por doquier rincón del planetario. Creo que ha llegado el momento de que recapacitemos como especie pensante y veamos la manera de confluir culturas que alienten hacia la autenticidad de todo caminante. De entrada, ahí van a estar los datos que nos van a indicar si los esfuerzos de desarrollo a nivel mundial se dirigen a los pobres y a las comunidades más sensibles y marginadas. Sea como fuere, no podemos pensar en clave apocalíptica, estamos obligados a leer la realidad y a plantarle cara con nuevos replanteamientos de nuestros modelos económico-sociales.
Quizás sea tiempo de pararse y de reflexionar, de correr menos por este laberinto del mundo, ya que la misma velocidad nos confunde y nos atrofia. A propósito, ya en su tiempo el escritor sueco Johann August Strindberg (1849-1912), decía que: “cuando se tienen veinte años, uno cree haber resuelto el enigma del mundo; a los treinta reflexiona sobre él, y a los cuarenta descubre que es insoluble”; y, ciertamente así es, pero no podemos dejar de alimentar la esperanza, y para ello, es primordial que la sensatez nos aliente, al menos para volvernos más compasivos con nuestros análogos. En la actualidad, precisamente, la bioética se entronca como algo decisivo en la disputa entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. No olvidemos que el ser humano crece cuando progresa interiormente. Es desde esa hondonada espiritual como se trabaja por el bien de todos. En este sentido, las diversas religiones pueden hacer mucho bien a la humanidad, siempre y cuando no sean manipuladas, sacándolas de contexto, para favorecer luchas y enfrentamientos. Por ejemplo, el anhelo del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como Padre nuestro. Partiendo de esta concordia es como se fraterniza todo, mediante caminos cooperantes de encuentro y reconciliación.

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TENEMOS QUE SER MÁS COOPERANTES

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español 

corcoba@telefonica.net

El mundo necesita de gobernantes éticos que ofrezcan resultados concretos y tangibles para sus ciudadanos, especialmente para aquellos más vulnerables, con activos esperanzadores y sin recortes en gasto social. Ante esta realidad, y por principio, tenemos que ser más cooperantes unos con otros, sobre todo aquellos países más prósperos y avanzados. La cuestión no es disparar el gasto militar, ¡no!, sino priorizar en las necesidades básicas de todo ser humano, como la salud, el agua y la educación, poniendo todas nuestras fuerzas en ese marcado acento solidario. Por otra parte, hay que poner fin a la cultura del soborno y del privilegio, también a la cultura del derroche, que nos ha hecho insensibles al padecimiento de nuestros análogos. Por tanto, hemos de volver a impulsar ese patrimonio humanístico con los más necesitados y desamparados. Sin ir más lejos, las mujeres continúan estando por debajo de los hombres en todos los indicadores de desarrollo sostenible. Asimismo, los refugiados del país africano reciben solo el 21% de la ayuda que necesitan, lo que no alcanza unos estándares humanitarios aceptables. Y así podríamos continuar, mostrando esos espacios injustos que nos requieren a todos con manos laboriosas y en acción permanente; no para tener más, sino para dar mejor.
No cabe duda de que necesitamos seguir fortaleciendo ese espíritu de colaboración, tan necesario para hermanarnos, en un mundo tan dividido. En consecuencia, si en verdad queremos promover la cultura de lo armónico, la reconciliación y la justicia entre todos, hemos de movilizar los corazones. Dejemos que sean nuestros propios latidos quienes nos hablen e interroguen, y no las armas, lo que nos proporciona cierta decisión para superar la mucha violencia que a diario derramamos por el planeta. Precisamente, la Comisión Europea ha decidido recientemente registrar una Iniciativa Ciudadana Europea titulada: “Tenemos una Europa acogedora, ¡ayudemos!”, que dice: «Los gobiernos luchan por manejar la migración. La mayoría de nosotros queremos ayudar a las personas necesitadas porque nos importan. Millones de personas se han alzado para ayudar. Ahora queremos ser escuchados. ¡Reivindiquemos una Europa acogedora! Hacemos un llamamiento a la Comisión Europea actuar.» Los organizadores piden a la Comisión que «apoye a los grupos locales que ayudan a los refugiados… eviten que los gobiernos castiguen a los voluntarios… defiendan a las víctimas de la explotación, el crimen y los abusos contra los derechos humanos». Sin duda, un buen propósito a ejercitar por todos los continentes. En efecto, es hora de pasar página, haciéndonos anunciadores y constructores de vida, dejando al lado cualquier resentimiento de rabia, violencia o venganza.
Como digo, y vocifero a plena alma, la cooperación es esencial ponerla en el centro de nuestras preocupaciones y de nuestros trabajos, así como los medios concretos susceptibles de asegurar que el buen proyecto se pueda hacer realidad con la ayuda de todos los moradores del planeta. Hoy más que nunca necesitamos buscar los caminos de encuentro; a la vez que es menester reencontrarnos en ese patrimonio común de valores del que vive cada una de las culturas diversas, para poder reflexionar sobre los significativos caminos de un auténtico servicio y donación a los demás, desde una visión responsable, creativa y de pensamiento. Lo fundamental a veces es nuestra buena disposición a las reglas del consenso, cuando menos para llevar a buen término nuestros programas de trabajo. Desde luego, no tiene porque ser difícil cuando el deber de proceder es tenaz con el diálogo y la negociación. En cualquier caso, siempre será bueno pararse y recapacitar, jamás para resignarse, sino para tomar empuje moral. Está visto que el buen momento que está atravesando la economía mundial no es la nueva normalidad, sino una propuesta inclusiva de ese crecimiento para que nos sintamos todos acogidos, sin exclusión alguna, lo que nos exige un cambio en nuestras actitudes, no con palabras sino con hechos, sabiendo que mantenerse unidos es el avance, pues cooperando todos con todos, aparte de injertar sabiduría, ya no solo para el éxito, sino también para uno poder sentirse bien.

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LA ÉTICA DE LOS COMPROMISOS

POR: Víctor Corcoba Herrero/Escritor Español

corcoba@telefonica.net

En este mundo, no sólo cabemos todos con sus diversos rostros y multitud de rastros, también estamos llamados a confluir en un mar de entendimiento, mediante un encuentro sincero de individuo a individuo, que nos lleve con una actitud humilde a saber aprender de los demás. Verdaderamente, nuestra concordia está supeditada a la colectividad de la que somos parte exclusiva, sin obviar el todo necesario e imprescindible del que también formamos porción. Por ello, nadie puede quedar excluido. Las barreras del encierro y la marginalidad no tienen sentido alguno. Todos nos merecemos la oportunidad de poder desarrollarnos como personas, máxime en un momento en el que estamos interconectados a través de las tecnologías.
Ahora lo que hace falta es que esta interconexión, sirva como estímulo creativo para encontrar los caminos adecuados y propicios para humanizarnos, pues aunque estamos en la era del conocimiento y la información, tenemos que decir no a tanta falsedad sembrada, a una economía sin alma, donde lo que impera es el poder del dinero y que seamos productivos en esta sociedad de mercado. Quizás tengamos que aprender a reflexionar. Y con ello, a pasar de los modales en el decir, a la ética de los compromisos; a ser más responsables en la acción y más coherentes en el hacer. Por otra parte, tenemos la oportunidad de ofrecer otras moradas más solidarias, con el retorno a un orden social más equitativo, concienciándonos de que todo ha de estar en favor del ser humano. Aún tenemos cerca de cinco millones de niños en el mundo que padecen desnutrición aguda grave y cerca de cuarenta millones de personas carecen de acceso a agua potable. Estos son los tristes datos, que refrendan nuestra pasividad y falta de coraje.
Algunos partidos políticos hambrientos de votos juegan a la confusión, llegando a normalizar algo tan deleznable como el odio. Lo que menos le interesa es la ciudadanía. Estimo, por tanto, que la política ha de ser más poética, o sea más de servicio desinteresado, y así podremos encauzar otro orden existencial más justo. Por desgracia, estamos cosechando un futuro lleno de incertidumbres que nos afecta a todos, debido a las guerras, la variabilidad económica, el cambio climático y las desigualdades crecientes. De ahí, la necesidad de una ética responsable que nos encamine hacia otros horizontes más auténticos, lo que nos exige de otros cultivos más reeducadores, o si quieren rehabilitadores, destinados a hacernos pensar críticamente para poder discernir lo que más nos conviene, dentro de un universal camino de maduración en valores.
Confiemos que siendo la generación de jóvenes más numerosa que se haya visto en nuestra propia historia, y aunque buena parte viva en países muy frágiles y afectados por conflictos, y otros estén desempleados, sepamos renacer sin postergar a nadie, estrechando lazos aunque sólo sea para ayudarnos a sobrellevar las cargas. En efecto, los jóvenes siempre están dispuestos al cambio y esto es bueno para construir la unidad, no la uniformidad, sino la reafirmación conjunta como especie pensante globalizada, que ha de comprenderse bajo el techo de la diversidad.
Ante esta realidad, es el momento de jugar limpio, de comprometerse y rechazar cualquier signo de fanatismo vertido hacia sociedades cada día más multiétnicas, multirreligiosas y multiculturales, que lo que hacen es enriquecernos para iluminar y renovar el mundo. Escuchémonos todos. Promovamos diálogos verdaderos. Analicemos situaciones. A veces nos sorprende quien menos pensamos. No sólo hay que indignarse hace falta también implicarse e involucrarse. Mientras las naciones más ricas del mundo debaten sobre política migratoria, Uganda se ha convertido en uno de los países del mundo que más refugiados acoge. A Uganda llegan, cada día, quinientas personas, huyendo de la hostilidad y la persecución en países vecinos. Ellos sí que nos dan una lección de fronteras abiertas.
Sin duda, es tiempo de obligarnos. En ocasiones, somos demasiado autocomplacientes. Reconsideremos nuestro modo de actuar desde una ética más racional, algo previo para poder renacer de estas cenizas que entre todos hemos desparramado por el planeta. Desde luego, hay que atreverse a encontrar los nuevos puntos de coincidencia entre humanos, los nuevos símbolos que nos entusiasmen, y a partir de aquí, el acompañamiento será más llevadero, más necesario, si en verdad nuestro compromiso por el bienestar de nuestros semejantes es tan real como serio.