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Pildorita de la Felicidad

LA DUDA RAZONABLE

POR: Rodrigo Solís

Durante décadas, erré en mi forma de abordar a quienes piensan diferente a mí.
Como se sabe, alguien que piensa diferente a uno, es una persona en extremo desagradable. Ejemplo: un católico. Cuando veía en él un resquicio de adoctrinamiento y de condena (algo que les fascina hacer), lo bombardeaba con pruebas irrefutables de que su doctrina, lejos de predicar el amor, promueve el odio, el genocidio, la pedofilia y la incongruencia.
¿Qué obtuve a cambio? El más absoluto rencor, además de fracasar en mi objetivo: hacerle pensar y creer en lo que yo creo.
¿Quién me había creído que era, para pensar que poseo la verdad absoluta? Un día, un primo al que respeto, me dijo que pecaba de soberbia. ¿Qué hice al respecto? Primero, fingí aplomo; segundo, reprimí el deseo febril de golpearlo en el rostro; tercero, me ofendí para toda la vida. Hasta que pensé: si alguien tan brillante como él es capaz de concluir que alguien como yo es soberbio, algo de verdad tienen que tener sus palabras.
El camino es simple: en vez de emprender la ardua tarea de colonizar la mente del “enemigo”, es más práctico sembrarle la duda razonable. Ejemplo: si eres ateo, en vez de sacar a relucir las inagotables incongruencias de los libros sagrados de los creyentes, lo mejor es callar y escuchar; de lo contrario, caeríamos en el mismo error que ellos: desestimar todo en lo que no se cree. En cambio, si aspiramos a conocer la verdad absoluta, hay que estar dispuestos a subirse al ring como lo hacía Nicolino Locche, y evitar la tentación de arrojar golpes, salvo cuando sea en extremo necesario. Dejar que sea el contrincante quien lance todos los argumentos posibles. Poniéndole el rostro en frente, sin
guardia. En espera de que ocurra el milagro: una idea en forma de jab que nos sacuda la cabeza y abra los ojos (en vez de cerrarlos) y nos mande a la lona y nos cuenten hasta diez para sacarnos de nuestro error. A la fecha, un montón de católicos, mormones, protestantes, testigos de Jehová y otros creyentes han desfilado por la puerta de mi casa, blandiendo verdades absolutas, y al irse, se van cargando con muchas dudas razonables.
Donald Trump ha asumido el día de hoy el control del país más poderoso del mundo. Un hombre cuyas ideas han sido comparadas con las de Adolfo Hitler. No en balde la gente se ha lanzado a las calles a demostrar su repudio, y, a nivel global, los cibernautas lo han dejado patente en redes sociales. ¿Hará esto alguna diferencia al momento en que Trump tenga que tomar una decisión que irrite a las mayorías? Por supuesto que no. Con más enjundia remará a contracorriente.
Es condición humana defender lo indefendible. Luego entonces, la esperanza recaerá en quienes dejen de gritar y lo dejen hablar.
—Voy a levantar un muro.
—Excelente idea, ¿cómo lo vamos a pagar?
—Nuestros vecinos lo harán.
—Magnífico, ¿quién limpiará ahora nuestras casas?
—Nosotros mismos, los americanos.
—Brillante, generaremos muchísimos empleos. ¿Qué dirán ahora los americanos al saber que tendrán que levantar su propia mierda?
—Regularemos la entrada de nuestros vecinos al país.
—Genial, ¿qué cantidad de vecinos dejaremos entrar?
—Los que sean necesarios.
Nadie es tan tonto para aceptar que está en un error colosal. Y Trump no será esa honrosa excepción, así que en vez de temblar, afrontemos la oportunidad de empezar a valernos por nosotros mismos. Al fin y al cabo, como diría un ateo antes de morir, si descubro que estoy equivocado, habré ganado de todos modos.

Pildorita de la Felicidad

LA PUERTA QUE NO QUEREMOS ABRIR

POR: Rodrigo Solís

Pocos comulgarán conmigo, pero creo, y lo creo de verdad, que la masacre de Orlando y las manifestaciones en contra de los homosexuales tienen su epicentro no en el odio, tampoco en el miedo, sino en el mismo sitio desde donde los gays exigen el derecho a casarse y adoptar niños.
En pantalla aparece un puñado de señoras, pancartas en mano, gritando a los carros que cruzan la avenida que ellas están en contra del matrimonio y al derecho de adopción de las parejas homosexuales. Son tan pocas, que de no ser por la televisora local, las hubiéramos confundido con otro grupo de gordas a la espera del camión.
Debatir si las señoras están equivocadas o les asiste la razón es desperdiciar el tiempo. En su cabeza, los homosexuales son degenerados a los que les hierve la sangre, y cuya única misión en la vida es invitar a los niños a sus casas para violarlos y convertirlos en depravados como ellos. Si este no es su argumento para protestar, entonces su protesta no tiene sentido. Pensémoslo un poco. Hoy como siempre, al ser humano sólo pueden motivarlo un par de cosas para salir de casa a pegar de gritos cual energúmenos bajo los rayos del sol: haberse convencido a sí mismas de que creen con fervor en una causa, o el aburrimiento.
Nos inclinamos por la primera porque nos da vergüenza aceptar la segunda. Queda mejor ante los ojos de la sociedad quien desconecta el cerebro y repite las palabras de alguien más; o, ¿acaso creen que de verdad a las señoras les asusta ver a dos hombres besándose en la calle o agarrados de la mano en un parque? ¿Creen que les preocupa el daño psicológico que pueda recibir un niño que no sea de su sangre? ¿Creen que les importa dejar un mundo mejor cuando ellas ya no estén? Por supuesto que no. Les importa poco o nada el mañana. Lo único que les consterna es el presente. El hoy. Su día a día aburridísimo. Sus hijos las ignoran. Sus esposos también. Las telenovelas ya las vieron todas. Netflix no lo entienden. La rutina las está matando y se resisten a morir. Por eso se juntan con otras señoras aburridas a rezar y a protestar por lo que sea. Ese es su pasatiempo.
Mientras tanto, en una disco gay de Orlando, Omar Siddique Mateen orquesta un multihomicidio. La primera reacción de los medios es acusarlo de terrorista debido a su ascendencia afgana, antes de preguntar si tenía un PlayStation en casa. Si creen que soy un monstruo por decir que la masacre se detonó por el aburrimiento, qué me dicen de los titulares en la prensa respetable (les ahorro el googleo): “Asesino de Orlando sería gay y fue contagiado de SIDA”, “Presunto amante del asesino de Orlando dice que fue una venganza”, “Video confirma que asesino de Orlando tenía aventura con un hombre”. La hipótesis detrás de estos encabezados es tan abominable como las ráfagas de plomo que ocasionaron las decenas de muertes. O tan estúpidos como los titulares que aparecieron en la prensa local: “Dicen no a matrimonios gay en las calles”, “Manifestantes alzan la voz en contra del matrimonio gay”, “Forman frente en contra del matrimonio homosexual”, cuando el encabezado debió ser unánime y verídico: “Diez señoras aburridas corren riesgo de insolarse”.
Es tiempo de abrir la puerta del clóset y decir las cosas como son: los homosexuales que quieren casarse y adoptar niños son personas profundamente aburridas. Igual de aburridas que los heterosexuales que se casan y tienen hijos o los adoptan. La gente se casa porque está cansada de aburrirse en soledad. Del mismo modo en que por un accidente, calentura o porque nuestra pareja ya no nos llena, decidimos procrear para eludir el aburrimiento y creer que nuestra vida tiene sentido.

Pildorita de la Felicidad

TRADICIONES

POR: Rodrigo Solís

De todas las tradiciones que practicamos en la ciudad, de lejos, diciembre es la época más funesta, o cuando menos, la más desconcertante.
—Qué amargado eres —me dicen mis coterráneos—. Son nuestras tradiciones.
Así como ciertos crímenes (por más aberrantes que sean) prescriben con el transcurrir del tiempo, las actividades sinsentido que logran replicarse año tras año, obtienen salvoconducto para ejercerse con plena libertad, bajo el amparo y aplauso de la borregada. Naturalmente, estoy en contra de todas ellas, incluso de las que van de salida para desencanto de los tradicionalistas.
—En mis tiempos se veía a más niños cantando La rama en el vecindario —dicen.
En sus tiempos (y en éstos), es igual de molesto atender semidesnudo a la puerta para toparte con un grupo de infantes armados con ramas de monte y una figurilla de la virgen de Guadalupe, cantando desentonados: <<Me paro en la puerta, me quito el sombrero, porque en esta casa, vive un caballero…>>.
La estampa, aunque bellísima a los ojos de los románticos, no es más que lambisconeo; ni afuera hay nadie con sombrero, ni adentro hay un caballero, si acaso, se trata de una añeja batalla entre mendigos y tacaños.
Otro fenómeno que nos deja en evidencia es el que viene a consecuencia del clima. A pesar de que el invierno sólo existe en nuestra imaginación, el yucateco se empeña en convertirse en baño turco al emular en su modo de vestir a los modelos retratados en campañas publicitarias de urbes nevadas (Nueva York y Londres).
Otra tara digna de mención viene en el decorado, tanto de exteriores como interiores. Véase glorietas y avenidas principales, auténticas recreaciones de paisajes escandinavos, plagados de duendes, caramelos gigantes y muñecos de nieve, que soportan estoicos (gracias a su consistencia de fibra de vidrio) los cuarenta grados centígrados, y a la sombra, pinos mutilados de las montañas rocallosas sudan la gota gorda amordazados con cables y luces epilépticas en nuestras salas de estar, donde en realidad no está nadie, a menos que se padezca de las facultades mentales o se quiera sufrir un golpe de calor.
Finalmente, la tradición más cruenta, y no me refiero a la practicada por quienes salen a correr descalzos decenas de kilómetros y a reventar la pirotecnia más ruidosa so pretexto de ser escuchados por su deidad predilecta, es la cena navideña.
Los participantes, todos consanguíneos, como requisito han de fingir amnesia a los escabrosos sucesos recopilados durante todo el año, o quizá una vida, para reunirse alrededor de una mesa (ataviados con las sofocantes prendas antes mencionadas) a fingir que son la excepción a la regla del señor Oscar Wilde, es decir, una colección de gente fastidiosa que no tiene ni la más remota idea de cómo debe vivir ni cuándo debe morirse.