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Pildorita de la Felicidad

CHULO

POR: Rodrigo Solís 

Sobre el malecón, moviendo el culo, caminaban a paso lento un par de mujeres, una rubia y una morena.
—¿Qué haces? —dijo Pony— ¿Estás loco?
Lo ignoré, acababa de firmar, ni más ni menos, que mi primer (y último) contrato para publicar en un periódico de cierto prestigio. Era inevitable sentirme un hombre con suerte, poderoso. El mundo se había puesto de cabeza, alguien estaba dispuesto a desembolsar dinero para que yo hiciera lo que más me gustaba hacer: escribir.
Sin apagar el motor, detuve el Volcho y saludé a las chicas. Les pregunté si querían un aventón. Desconfiadas, se acercaron y nos escrutaron con la mirada, intentando descifrar si éramos asesinos seriales o sólo un par de pobres diablos a bordo de un coche destartalado.
—Estamos aquí en el hotel de enfrente —dijo la rubia—. Sólo estamos paseando, gracias.
—Si quieren les podemos dar un paseo por la ciudad —dije, guiado por la estela del éxito.
—Les prometemos que no las vamos a descuartizar —dijo Pony.
La rubia abrió los ojos, <<ni loca me subo con estos destripadores>> leímos en su mirada diáfana, mientras, la morena se acercó a la ventanilla y me dijo:
—Tú vas al gimnasio.
Me alegré de que la morena me hubiera reconocido del gimnasio y no de mis asiduas visitas al Diamante de July, congal al que era arrastrado sistemáticamente cada fin de semana por mis amigos calenturientos. Le dije que sí, que iba al mismo gimnasio que ellas. La rubia borró la mirada de desconfianza.
—Ah, sí, es verdad —dijo—. Eres el único caballero que nos da las buenas tardes sin mirarnos las tetas.
La rubia se llama Déborah y la morena Esmeralda. Déborah nos dijo a calzón quitado que Campeche era un pueblo aburridísimo, que lo más divertido que le había pasado por la cabeza era suicidarse. Pony, campechano hasta la médula, se ofendió en silencio y sugirió que compráramos un six-pack. Esmeralda dijo que no podían tomar, entraban a trabajar en menos de dos horas.
—La agencia nos prohíbe llegar pedas —dijo con cara de fastidio.
—En ese caso —dijo Pony— reconsideren la posibilidad del suicidio.
—Qué chingados —dijo Déborah, mirando a un gordo vestido de deportista que arrastraba los pies sobre el malecón—, vamos por las chelas.
Abordo del Volcho, Déborah y Esmeralda nos confesaron que eran bailarinas exóticas y no strippers. Antes de que pudiera fingir mi mejor cara de sorpresa, Pony intervino diciendo que ambas bailaban muy bonito.
—Gracias, mi amor —dijo Esmeralda— ¿Así que ya nos fueron a ver actuar?
Pony respondió que sí. Decidió que era el momento idóneo de explayarse. Dio lujo de detalles. Dijo que eran las famosísimas Golden del DF y que toda la ciudad ya las había ido a ver, un éxito el show. Déborah y Esmeralda parecieron divertidas por su franqueza, así que me voltearon a ver y pusieron a prueba mi sinceridad, preguntándome a qué me dedicaba.
—Soy escritor —dije.
—Con razón —dijo Déborah, mirando de reojo la tapicería rota de los asientos.
Esmeralda, por su parte, quedó fascinada con mi oficio y me preguntó de qué escribía. Me puse nervioso y dije una serie de disparates sin pies ni cabeza (tal como era en realidad la novela que estaba escribiendo). Aburrida del trabalenguas, Déborah apuntó que su novio era un actor famoso. Pony se interesó en conocer el nombre. Déborah dijo que igual y no lo conocíamos porque teníamos caras de intelectuales y los intelectuales que se daban a respetar no veían telenovelas. <<Para nada>>, dijo Pony, y la sacó de su error declarándose no un intelectual sino una vieja chismosa de lavadero y de corazón, y rogó por conocer la identidad del novio. Déborah dijo el nombre y para sorpresa de todos (sobre todo para Déborah), Pony recitó al derecho y al revés la biografía del actor “famoso”, que en realidad no era más que el ex integrante de un grupo musical de poca monta desaparecido a finales de los años noventas.
—No sabía que ahora actuaba —dijo Pony.
—Sí, y actúa súper bien —dijo la novia orgullosa, inflamando (aún más) el pecho—. Va a salir en la telenovela de las nueve.
Veinte minutos nos tomó recorrer de punta a punta la ciudad. En agradecimiento por ser unos excelentes guías de turistas, Déborah y Esmeralda nos invitaron a cenar al restaurante del hotel donde se hospedaban. <<Ni se te ocurra, imbécil>>, leí en los ojos de Pony.
—Encantados —dije.
Pony se quedó sentado en el asiento del copiloto, dijo que nos alcanzaba en un rato, que tenía que hacer una llamada urgente. Déborah le dijo que no se tardara, que lo esperábamos adentro porque se moría de hambre.
En la entrada del restaurante Lafitte’s, un gordo disfrazado de pirata saludó con ojos de bucanero libidinoso a mis nuevas amigas. Déborah y Esmeralda saludaron de beso en la mejilla al pirata. Era evidente que siendo huéspedes ya se conocían.
—Buenas noches —saludé.
—Lo siento, usted no puede pasar —me cortó el paso.
El cancerbero de la falsa pata de palo me dijo que estaba prohibido entrar al restaurante con camiseta sin mangas. Me defendí diciendo que había un calor de los mil demonios. Que vivíamos frente al mar. Que Campeche era un puerto.
—Lo siento, señor —dijo el pirata—. Son las reglas del hotel.
Déborah y Esmeralda intercedieron por mí. Con voz cariñosa le juguetearon la barba al bucanero mientras le suplicaron <<Porfis, porfis>> me dejara pasar. El pirata se dejó mimar un rato y luego me dijo que podía entrar, sólo con una condición.
—Tienes que usar esto —dijo, quitándole un saco de terciopelo color púrpura al maniquí de un pirata postrado en la puerta.
Me negué. <<Porfis, porfis>>, me rogaron las bailarinas mientras me enfundaban en el escandaloso atuendo. El saco me quedaba grande. Las mangas eran enormes. El cuello también. Picaba horrores.
—No puedo usar esto —dije, ante el rostro de satisfacción del pirata.
Déborah y Esmeralda me chulearon. Dijeron que me veía divino y se colgaron cada una de mis brazos.
—Por aquí, mi amor —dijo Esmeralda.
—¡Allá hay una mesa libre! —dijo Déborah, emocionada y muerta de hambre, sin desprenderse de mi brazo en jarra.
El silencio se instaló en el restaurante. En asombrosa coordinación, a todos los comensales del sexo masculino se les abrió el apetito, pues ocultaron los rostros detrás de los menús. Reconocí a un par de cacatúas amigas de mamá que no dudaron en enfatizar su escándalo y cuchichear con sus vecinas de mesa. Y para coronar la velada, la mamá de Pony (en compañía de sus amigas del catecismo) me miró con la boca abierta al ver cómo me aproximaba a la mesa de junto, flanqueado de dos bailarinas exóticas. <<Prostitutas>>, fue el calificativo que usaron cuando ordenamos las entradas y nos vimos rodeados de sillas vacías.

Pildorita de la Felicidad

POR: Rodrigo Solís

Más que un deporte, el fútbol es la radiografía de los usos y costumbres de las naciones que lo practican. En México, el futbolista, al igual que el oficinista promedio, pasa tres cuartas partes de la jornada laboral mirando al vacío, operando en piloto automático, a un ritmo hipnótico, semilento, como si el árbitro fuese a amonestarlo en caso de rebasar cierto límite de velocidad cuando tiene la pelota en los pies, por eso, se deshace de ella lo más rápido posible, siempre de manera horizontal, nunca frontal, salvo durante los últimos cinco minutos, cuando corren enloquecidos para intentar remontar el marcador.
Otra característica del futbolista nacional es su naturaleza propensa al drama, ya que las cadenas televisivas que transmiten los juegos, además de ser dueñas de un puñado de equipos y de decenas de jugadores, son famosas por sus producciones melodramáticas. No es de extrañar entonces que cada vez que un jugador es rozado por un adversario, salga catapultado por los aires, para luego gesticular, retorcerse y gritar en el césped, cubriéndose el rostro con ambas manos como Victoria Ruffo o alguna otra “actriz” de las que lloran bonito.
Las comparaciones son odiosas (y en general innecesarias), pero resultan insalvables cada que llega la final de la Champions League. Y ni siquiera la final, eso es lo más triste. Tomemos al azar cualquier juego de este campeonato. Imposible no quedar con la boca abierta al mirar la periferia. Es como si un OVNI nos abduciera. Los estadios, lejos de parecer ruinas prehispánicas de concreto, son naves espaciales.
Los espectadores son tratados como seres humanos, las butacas tienen la función de amoldar sus posaderas en vez de romperle el espinazo. El terreno de juego puede observarse en alta definición, sin obstáculos visuales, entiéndase rejas con alambres de púas para contener los instintos primitivos de descamisados prestos a saltar al campo, caguama en mano para reventarla en la cabeza de algún jugador.
La organización es otro punto a resaltar. Apenas levante el trofeo alguno de los finalistas, se dará el banderazo de salida para la Eurocopa, torneo de naciones que se juega cada cuatro años. No así en Latinoamérica, cuyo torneo continental de clubes se ve interrumpido súbitamente en semifinales gracias a la Copa América, evento que se sacaron de la manga los directivos para embolsarse millones de dólares conmemorar el centenario del evento, cuya última edición se realizó apenas un año atrás.
Para no ir más lejos y seguir alimentando la envidia, la diferencia puede resumirse desde el título de la competición más representativa de cada continente. Del otro lado del charco desbordan síntesis y elegancia.
—¿Nombre?
—Champions
—¿Apellido?
—League.
Aquí, en cambio, somos amantes de complicarlo todo desde el mismísimo momento en que nacemos y vamos al registro civil.
—¿Nombre?
—Copa.
—¿No quiere un segundo nombre o un apodo que resalte masculinidad?
—Pues mire, señor notario, de hoy hasta que cumpla los diez años le vamos a apodar Toyota, en la adolescencia le diremos Santander, y ya más grandecito le llamaremos Bridgestone.
—¿Por algún motivo en especial?
—Es que somos pobres.
—¿Apellido paterno?
—Libertadores.
—¿Y el materno?
—De América… para que no se le olvide que fuimos colonizados.

Pildorita de la Felicidad

FRONTERAS

POR: Rodrigo Solís 

De niño me emocionaba mirar el globo terráqueo. Antes de usarlo como balón de fútbol, me sorprendía encontrar países bautizados en honor a mis amigos (Isla Mauricio) o a la comida que preparaba mamá cuando le daba flojera cocinar (Islas Sándwich). Los nombres compuestos también inundaban mi curiosidad, haciéndome imaginar los rostros píos de sus conquistadores: Antigua y Barbuda, San Vicente y las Granadinas, San Cristóbal y Nieves.
Un momento esclarecedor fue descubrir que las islas también podían ser Repúblicas y caber más de una dentro de la misma extensión de tierra: República Dominicana / Haití. Pero lo más sorprendente, sin duda, eran los países replicados: Alemania Oriental / Alemania Occidental, Irlanda del Norte / República de Irlanda, Corea del Norte / Corea del Sur. ¡Más claro ni el agua! Los adultos gustaban de levantar muros y trazar fronteras con sus hermanos cuando estos pensaban diferente.
Este acto de emancipación o independencia, en vez de condenarlo, comencé a practicarlo yo mismo llegada la mayoría de edad. Lo recomiendo ampliamente, en especial a quienes creen ser la encarnación de las Naciones Unidas y van por la vida presumiendo el millar de amistades.
—Oye, pero es tu hermano, deberían hacer las paces —dicen, según ellos, muy diplomáticos.
No entraré en detalles (por mucho que me guste incomodar) en torno a la relación sostenida con el hombre expulsado de la vagina de mi madre. Diré acaso que llevamos años sin dirigirnos la palabra; tantos, que he perdido la cuenta.
—Pero es tu hermano… —insisten los paladines del diálogo— Qué más pudo hacer para que no quieras verlo…
Es inevitable que sospechen la existencia de un evento inconfesable o truculento para justificar esta ruptura. Sin embargo, la respuesta es simple, está bajo la dermis. Es decir, se cree que la compatibilidad de ADN es una fuerza-cósmica-superior-encargada-de-mantener-unidas-a-las-personas-sin-importar-que-no-tengan-en-absoluto-temas-afines-de-conversación-durante-la-sobremesa.
Dirán que exagero, pero si quitamos de la ecuación esa “fuerza-cósmica-superior-etcétera”, vemos con muy buenos ojos el alzar paredes y cercas para escondernos y/o protegernos de nuestros vecinos. No hay remedio, somos independentistas por naturaleza. Primero nacemos queriendo huir de casa. Luego legislamos el divorcio. Después construimos estaciones espaciales para alienarnos del resto de la humanidad. Finalmente inventamos el Infierno para escapar del “amaos los unos a los otros”.

Pildorita de la Felicidad

LA CAUSA DE TODOS SUS MALES

POR: Rodrigo Solís 

Sin sospecharlo, mamá condenó su futuro (y el mío, de paso) desde mucho tiempo antes de que yo naciera. El suceso es el pistoletazo de salida de mi novela Mala Racha, y lo relato tal cual fue, aunque pueda pensarse que está cargado de licencias poéticas o bajo el amparo del género literario, ejercitando los recursos que le son característicos para robar la atención del lector.
La escena se resume así: mamá adolescente, a escondidas de su madre, lee a altas horas de la madrugada un libro protagonizado por un sanguinario caballero, del cual, huelga decir, está perdidamente enamorada. En su fuero interno decide que su hijo llevará el nombre del héroe literario.
Esto lo supe cuando le pregunté por qué mi hermano y todos mis primos tenían dos nombres de pila como los personajes de las telenovelas, excepto yo. No le di mayor importancia ni le busqué significado a su respuesta en ese momento, sino hasta varios años más tarde, cuando de manera subrepticia y sin saber bien el por qué garabateaba a ritmo de metralleta poemas, ensayos e historias en los márgenes de mis libretas de la escuela.
Me tomó una licenciatura entera en administración de empresas (y tres años y medio empleado en un corporativo) aceptar el defecto de fábrica que traía en mi carga genética.
—¿Escritor? —dijo mamá, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no derrumbarse—. Mejor quédate en tu trabajo, ya verás que con los años le agarras el gusto.
Por supuesto, dijo más cosas cada que me veía delante de la computadora, desempleado, que entrelineas eran un evidente: <<piensa en tu madre, en lo que van a decir sus amigas cuando te vean zarrapastroso y hambreado en la calle>>.
Sus miedos estéticos, aunque bien fundamentados, no llegaron a tanto por más que me esforcé en vestir como franelero de supermercado para encajar en el que creía yo era el círculo intelectual de provincia.
La siguiente escena, que también está en mi novela (palabra que de ahora en adelante debería empezar a entrecomillar), ocurrió al instante que corté el cordón umbilical que me unía a mamá al mudarme a otra ciudad.
—Estoy muy bien —era mi respuesta a sus llamadas diarias.
La voz de mamá sonaba del otro lado de la línea como una licuadora que batía con vértigo un puñado de sentimientos: un poco de reproche, una pizca de alegría y una cantidad obscena de angustia.
—Óyeme, ¿por qué nunca contestas cuando te llamo? —era la siguiente pregunta del interrogatorio, y en mi mente se desplegaba una lista interminable de motivos que, de mencionar cualquiera de ellos, la harían romper en llanto.
—¿A qué hora me llamaste? —era mi excusa de cajón—. Es la primera vez que suena mi celular.
Para que la mentira tomara tintes convincentes, le echaba la culpa a Campeche, calificándolo de pueblo bicicletero, donde ni siquiera la compañía telefónica que puso a Carlos Slim en el top 5 de los hombres más ricos del planeta, lograba penetrar con una señal decente.
—¿Me puedes decir qué fue lo que escribiste esta vez? —me decía.
Al llegar a este punto, tenía dos opciones: podía, al igual que otra decena de ocasiones, cortar la llamada y atribuirlo a extrañas interferencias provocadas por las murallas que cercaban la ciudad, argumento poco verosímil para mamá, mujer infatigable, que procedía a llamar y llamar hasta que le contestara de nuevo, o en su defecto, llamar al teléfono fijo de mis padrinos para descubrir como siempre (aunque fingía demencia) que la cobertura telefónica en Campeche era perfecta y que en realidad era yo, su amado hijo favorito, el que no quería hablar con ella, lo que me orillaba a tomar la segunda opción: comportarme como un hombre y responder de frente a la pregunta, o salirme por la tangente preguntando cómo iba Bicho en sus clases de modelaje.
—Guapísima, tu hermanita bajó tres kilos, tía Machuca quiere llevársela a Televisa —decía mamá orgullosa, como si ella misma hubiera bajado los tres kilos y estuviera próxima a aparecer en alguna telenovela—. Pero no te hablé para contarte cosas de tu hermanita.
—¿Ah, no?
—Por supuesto que no.
La licuadora que habita en mamá subía de velocidad, provocando que su tono de voz sonara con tal brusquedad que lograba helarme la sangre. En una ráfaga de palabras, me explicaba, compungida y con lujo de detalles, que por mi culpa estaba al borde de sufrir un colapso nervioso.
—No sé de qué me hablas —me hacía al desentendido.
—Sabes perfectamente de qué te hablo.
Mamá subía otro cambio de velocidad y se explayaba extendiendo consonantes y vocales que apenas le daban tiempo para respirar: lo que alcancé a comprender al vuelo era que en alguno de los desayunos de la Cruz Roja, una dama voluntaria (con seguridad oriunda de Campeche) la increpó acompañada de una comparsa de llamativos aspavientos y de un rostro aviar sulfurado por la indignación al leer un escrito mío.
—No tengo idea de qué escrito me hablas —me hacía al desmemoriado y recurría a mi vía de escape favorita—: tengo que colgar, estoy muy ocupado escribiendo mi novela.
—¿Y se puede saber de qué trata tu dichosa novela? —era la pregunta final del interrogatorio—. Te fuiste de casa hace años y sigo sin leer una coma de ella.
Al final terminé por publicar mi “novela”, y ésta se agotó. Tampoco es que fuera un tiraje que me hubiera hecho salir del anonimato o ingresar al círculo de intelectuales de la capital, pero sí me dio para comer y para pagar la renta durante dos meses cuando me corrieron de un trabajo de oficina. Este milagro lo atribuyo a uno de los dos ejes que mueven la trama del libro: mi mamá. Motivo que me lleva a plantearme dos interrogantes: Primera: tras cuatro largos años de espera, ¿volverán a interesarse ojos extraños en la historia (corregida y aumentada) de un hijo que en pos de su sueño poco le importa matar de un disgusto a su madre? Segunda: ¿Será que mamá podría dormir de corrido por las noches si en vez de bautizarme con el nombre de un caballero genocida lo hubiera hecho con el de un galán de telenovela?

Pildorita de la Felicidad

EL NOMBRE DE UN CABALLERO

POR: Rodrigo Solís 

Todo comenzó años antes de que yo naciera, cuando mamá aún era una adolescente en estado puro y virginal.
—¡Por el amor de Dios, hijita, mañana tienes clases, deja ya ese libro! —le decía mi abuela antes de apagar la luz de su habitación todas las noches.
Mi abuela, que era pequeñita como un pitufo pero no por ello incapaz de intimidar al más serio y malencarado de los banqueros (digamos un nombre al azar: mi abuelo), la primera vez que descubrió a mamá leyendo subrepticiamente en la madrugada, crispó sus católicas manos y sus católicos ojos, y con las buenas maneras de una dama que iba a misa todas las mañanas, atravesó el umbral de la habitación y, mirando con severidad a su hija, le pidió por favor le entregara el libro que leía con tal fervor.
—Toma —mamá bajó la mirada con bochorno, escociéndole las mejillas.
Sin decir palabra alguna, mi abuela tomó entre sus manos el libro, giró sobre sus talones y apagó la luz del cuarto. Antes de desaparecer entre la penumbra, dijo:
—Buenas noches, hijita. Que sueñes con los angelitos.
A mi abuela le tomó siete días con sus siete respectivas noches leer de cabo a rabo el libro confiscado que le robaba el sueño a su hija. A su juicio, nada prohibido había en él, sino todo lo contrario, veía con muy buenos ojos que su hija leyera la historia de un caballero que en nombre de Dios iba a masacrar a los infieles de tierras lejanas y peligrosas.
—Ten —dijo mi abuela—. Por favor, procura leerlo durante el día. Las noches fueron creadas por Dios nuestro Señor para descansar.
—Gracias —mamá abrazó el libro, llevándoselo por instinto sobre los pechos; luego cruzó los dedos de la mano derecha—. Prometo dormir mis ocho horas.
Por su puesto, una doncella que se da a respetar y sueña a ser rescatada por un caballero tiene la obligación de leer durante las madrugadas, con los grillos copulando bajo un mar de estrellas, la historia épica de Rodrigo Díaz de Vivar, alias, El Mío Cid.

* * *
De los tres hijos que tuvo mamá y papá, fui el único aceptado por unanimidad.
Mi hermano mayor fue una decepción absoluta para mamá.
—Es horrendo —dijo.
Mi abuela la mandó a callar con una mirada reprobatoria. Le dijo que toda criatura de Dios es hermosa. Al escuchar esto, con su primogénito en brazos, mamá se echó a llorar.
—No se preocupe señora, el comportamiento de su hija es perfectamente normal —dijo el doctor a mi abuela, aunque sus ojos desmentían por completo sus palabras, al tiempo (o mejor dicho, justo a tiempo) que rescataba al bebé de los brazos de la madre que estuvo a punto de dejarlo caer al suelo por tantos gimoteos y sollozos—. Se llama depresión post-parto.
Mi abuela ignoró el comentario del doctor. Exigió que le entregara a su nieto. El doctor obedeció en el acto y salió de prisa de la habitación.
—Eres hermoso, muy hermoso —mi abuela le dio un beso en la frente al bebé.
—Criatura, es una criatura —balbuceó mamá con los ojos anegados en lágrimas; al parecer no debió hojear durante tantos meses catálogos de ropitas y cunas donde aparecían bebés escandinavos de blondas cabelleras y ojos azules como zafiros.
Medio día después del parto, papá hizo su entrada triunfal en el hospital, acompañado de botella y media de Bacardí en las venas.
—¿Cómo está el bebé? —preguntó.
—Horrible —sollozó mamá.
—Un ángel —intervino mi abuela.
A la mañana siguiente, cuando le permitieron ver y sostener entre sus brazos a su primogénito, papá suspiró aliviado. No era El Bebé de Rosemary, como se imaginó horas atrás, cuando mamá no sé cansó de repetirle una y otra vez entre quejidos y lloriqueos que había parido a una criatura horrorosa.
—Eres un nene fuerte y guapo —dijo papá lleno de orgullo, mirando a su primogénito a los ojos.
Aquello, en honor a la verdad, fue una verdad a medias, pues sólo el primero de los dos calificativos se cumplió a cabalidad con el transcurso de los años.
—Dile a tu mamá que eres fuerte y guapo —papá levantó al bebé sobre su cabeza—. ¿Verdad que sí, Rodriguito?
Sin atreverse a mirar la enternecedora escena entre padre e hijo, tendida en la cama, mamá cerró los ojos y antes de caer dormida le dejó algo muy claro a su esposo:
—Ese niño no se llama Rodrigo.

* * *
El nacimiento de Bicho, mi hermana menor, fue otra desgracia, aunque esta vez no fue mamá quien dio la nota.
Estaban a punto de cumplirse ocho años desde que mamá había dado a luz por segunda y (en teoría) última vez, cuando constantes mareos y dolores de estómago le hicieron temer lo peor.
A finales de los años ochentas papá era un hombre de éxito de mediana edad. Estaba inscrito en el club más exclusivo de la ciudad y jugaba tenis por lo menos dos veces por semana junto a otros jóvenes exitosos de mediana edad. Por primera vez podía decir que era un hombre realizado. Tenía dos saludables y hermosos (al menos uno de ellos) hijos varones, el mayor a un semestre de ingresar a la secundaria y el menor a mitad de camino de la primaria. Un par de hombrecitos bien encaminados.
Era la fiesta de fin de año en el Club Campestre. Por cuarta vez en menos de una hora, mamá se había excusado de la mesa para ir al baño.
—Me cayeron fatal los bocadillos —susurró a sus amigas.
Minutos más tarde vomitó bilis.
En el baño contiguo, alguien sufría de verdad los estragos de unos bocadillos contaminados.
—¡Jesús santísimo! —exclamó la vecina de baño sintiendo como si su abdomen fuera un gigantesco envase de catsup oprimido por un comensal hambriento en un puesto de hamburguesas—. ¡Oh, por Dios! —volvió a exclamar la vecina cuando la feroz diarrea abandonó su cuerpo a propulsión a chorro.
Mamá, abrazada del bacín, tuvo una nueva arcada pero esta vez no vomitó. Sólo emitió un gemido gutural tipo Godzilla.
—Creo que los bocadillos están pasados —dijo la vecina de baño.
Mamá se echó a llorar como una niña.
—¿Monina, eres tú? —la vecina reconoció a mamá.
Mamá (Monina para sus amigas y para el resto de los mortales) siguió llorando y de no ser porque la vecina irrumpió en el baño a consolarla, con seguridad se hubiera ahogado en sus propias lágrimas.
Dos Valiums y media caja de Kleenex después, mamá confesó estar embarazada. La vecina de baño, al regresar a su mesa, le comentó a su vecina de asiento que Monina estaba embarazada. A su vez, la vecina de asiento le comentó a su marido que Monina estaba embarazada. Y así hasta que apenas pasada la media noche, uno de los tantos hombres exitosos de mediana edad, pedísimo, abrazó a papá, también pedísimo, y lo felicitó por anotar por tercera vez.
Papá no llegó a casa en una semana.

* * *
A diferencia del primer parto de mamá, en el segundo, papá estuvo en la sala de espera del hospital. Era lunes. Todos esperaban lo peor cuando la enfermera le entregó a mamá a su segundo hijo.
Mamá lloró a moco tendido. Pese a pronóstico, fueron lágrimas de alegría.
Sé que es imposible tener grabado en la mente el primer recuerdo que se tiene al nacer, pero hay noches en las que recuerdo unos ojos almendrados, llenos de luz, y una melodiosa voz que me pregunta:
—¿Cómo está mi valiente caballero?