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Pildorita de la Felicidad

LA CAUSA DE TODOS SUS MALES

POR: Rodrigo Solís

Sin sospecharlo, mamá condenó su futuro (y el mío, de paso) desde mucho tiempo antes de que yo naciera. El suceso es el pistoletazo de salida de mi novela Mala Racha, y lo relato tal cual fue, aunque pueda pensarse que está cargado de licencias poéticas o bajo el amparo del género literario, ejercitando los recursos que le son característicos para robar la atención del lector.
La escena se resume así: mamá adolescente, a escondidas de su madre, lee a altas horas de la madrugada un libro protagonizado por un sanguinario caballero, del cual, huelga decir, está perdidamente enamorada. En su fuero interno decide que su hijo llevará el nombre del héroe literario.
Esto lo supe cuando le pregunté por qué mi hermano y todos mis primos tenían dos nombres de pila como los personajes de las telenovelas, excepto yo. No le di mayor importancia ni le busqué significado a su respuesta en ese momento, sino hasta varios años más tarde, cuando de manera subrepticia y sin saber bien el por qué garabateaba a ritmo de metralleta poemas, ensayos e historias en los márgenes de mis libretas de la escuela.
Me tomó una licenciatura entera en administración de empresas (y tres años y medio empleado en un corporativo) aceptar el defecto de fábrica que traía en mi carga genética.
—¿Escritor? —dijo mamá, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no derrumbarse—. Mejor quédate en tu trabajo, ya verás que con los años le agarras el gusto.
Por supuesto, dijo más cosas cada que me veía delante de la computadora, desempleado, que entrelineas eran un evidente: <<piensa en tu madre, en lo que van a decir sus amigas cuando te vean zarrapastroso y hambreado en la calle>>.
Sus miedos estéticos, aunque bien fundamentados, no llegaron a tanto por más que me esforcé en vestir como franelero de supermercado para encajar en el que creía yo era el círculo intelectual de provincia.
La siguiente escena, que también está en mi novela (palabra que de ahora en adelante debería empezar a entrecomillar), ocurrió al instante que corté el cordón umbilical que me unía a mamá al mudarme a otra ciudad.
—Estoy muy bien —era mi respuesta a sus llamadas diarias.
La voz de mamá sonaba del otro lado de la línea como una licuadora que batía con vértigo un puñado de sentimientos: un poco de reproche, una pizca de alegría y una cantidad obscena de angustia.
—Óyeme, ¿por qué nunca contestas cuando te llamo? —era la siguiente pregunta del interrogatorio, y en mi mente se desplegaba una lista interminable de motivos que, de mencionar cualquiera de ellos, la harían romper en llanto.
—¿A qué hora me llamaste? —era mi excusa de cajón—. Es la primera vez que suena mi celular.
Para que la mentira tomara tintes convincentes, le echaba la culpa a Campeche, calificándolo de pueblo bicicletero, donde ni siquiera la compañía telefónica que puso a Carlos Slim en el top 5 de los hombres más ricos del planeta, lograba penetrar con una señal decente.
—¿Me puedes decir qué fue lo que escribiste esta vez? —me decía.
Al llegar a este punto, tenía dos opciones: podía, al igual que otra decena de ocasiones, cortar la llamada y atribuirlo a extrañas interferencias provocadas por las murallas que cercaban la ciudad, argumento poco verosímil para mamá, mujer infatigable, que procedía a llamar y llamar hasta que le contestara de nuevo, o en su defecto, llamar al teléfono fijo de mis padrinos para descubrir como siempre (aunque fingía demencia) que la cobertura telefónica en Campeche era perfecta y que en realidad era yo, su amado hijo favorito, el que no quería hablar con ella, lo que me orillaba a tomar la segunda opción: comportarme como un hombre y responder de frente a la pregunta, o salirme por la tangente preguntando cómo iba Bicho en sus clases de modelaje.
—Guapísima, tu hermanita bajó tres kilos, tía Machuca quiere llevársela a Televisa —decía mamá orgullosa, como si ella misma hubiera bajado los tres kilos y estuviera próxima a aparecer en alguna telenovela—. Pero no te hablé para contarte cosas de tu hermanita.
—¿Ah, no?
—Por supuesto que no.
La licuadora que habita en mamá subía de velocidad, provocando que su tono de voz sonara con tal brusquedad que lograba helarme la sangre. En una ráfaga de palabras, me explicaba, compungida y con lujo de detalles, que por mi culpa estaba al borde de sufrir un colapso nervioso.
—No sé de qué me hablas —me hacía al desentendido.
—Sabes perfectamente de qué te hablo.
Mamá subía otro cambio de velocidad y se explayaba extendiendo consonantes y vocales que apenas le daban tiempo para respirar: lo que alcancé a comprender al vuelo era que en alguno de los desayunos de la Cruz Roja, una dama voluntaria (con seguridad oriunda de Campeche) la increpó acompañada de una comparsa de llamativos aspavientos y de un rostro aviar sulfurado por la indignación al leer un escrito mío.
—No tengo idea de qué escrito me hablas —me hacía al desmemoriado y recurría a mi vía de escape favorita—: tengo que colgar, estoy muy ocupado escribiendo mi novela.
—¿Y se puede saber de qué trata tu dichosa novela? —era la pregunta final del interrogatorio—. Te fuiste de casa hace años y sigo sin leer una coma de ella.
Al final terminé por publicar mi “novela”, y ésta se agotó. Tampoco es que fuera un tiraje que me hubiera hecho salir del anonimato o ingresar al círculo de intelectuales de la capital, pero sí me dio para comer y para pagar la renta durante dos meses cuando me corrieron de un trabajo de oficina. Este milagro lo atribuyo a uno de los dos ejes que mueven la trama del libro: mi mamá. Motivo que me lleva a plantearme dos interrogantes: Primera: tras cuatro largos años de espera, ¿volverán a interesarse ojos extraños en la historia (corregida y aumentada) de un hijo que en pos de su sueño poco le importa matar de un disgusto a su madre? Segunda: ¿Será que mamá podría dormir de corrido por las noches si en vez de bautizarme con el nombre de un caballero genocida lo hubiera hecho con el de un galán de telenovela?

Pildorita de la Felicidad

LA MODA Y SUS INFINITOS PROBLEMAS

POR: Rodrigo Solís 

La semana pasada, minutos antes de partir a la inauguración de un lujoso restaurante en el centro de la ciudad, Fiera me hizo una pregunta que a ningún hombre se le debe hacer.
—¿Cómo me veo?
Omitiendo el detalle que delante mío tenía a una mujer enfundada, ni más ni menos, que en la botarga de Abelardo Montoya, la duda razonable es la siguiente: ¿en qué momento del matrimonio uno se convierte en asesor de moda?
No sería falsa modestia si les aseguro que están en presencia de uno de los cinco críticos menos calificados para emitir juicio en el ámbito donde el sentido común no tiene cabida. En materia de moda, concluyo categóricamente que después de los griegos (que tenían la bonita costumbre de salir a la calle envueltos en sábanas) todo ha ido en decadencia.
Cuando era joven (y soltero) podía permitirme vestir camisetas agujereadas, casi transparentes de tanto uso, indumentaria que causaba gran controversia y espanto entre conocidos y guardias de seguridad que me prohibían el paso al confundirme con un mendigo. ¡Quién se iba a figurar en ese entonces que era yo un visionario! En la actualidad, las casas de moda llenan sus arcas vendiendo ropa rota de fábrica.
Regresando al incómodo momento de dictar veredicto, o sea, decir la verdad o soltar la mentira piadosa (que en ambos casos se presupuesta un desenlace funesto), opté salir por la tangente: recomendar la fotografía de cuerpo entero y someterla a votación en redes sociales o en alguno de los muchos grupos de WhatsApp a los que pertenece mi esposa.

—¿Cómo me ves, tú? —insistió.
—Te ves muy bien —mentí, frente al callejón sin salida.
—No seas mentiroso —me descubrió.
—La verdad… —dije la verdad— pareces un pájaro gigante. Y ese es el menor de los problemas. Quisiera ver cómo le haces para comer sin remojar las plumas de las mangas en los platos de los vecinos.
La cena se canceló. O mejor dicho, Fiera se fue al restaurante sin mí. Dijo no sentirse <<cómoda>> en compañía de alguien que la estuviera juzgando con la mirada toda la noche.

Pildorita de la Felicidad

TURISMO SEDENTARIO

POR: Rodrigo Solís 

Un amigo regresa de sus vacaciones trasatlánticas. Lejos de verle cargado de energía, con la sonrisa de oreja a oreja como evidenciaba en las decenas de imágenes que compartió en redes sociales durante el viaje, su semblante es sombrío y su voz fúnebre.

—Nunca me sentí tan solo en mi vida —confiesa.

Pasada la primera semana fuera de casa, las fuerzas le abandonaron. Se vio sentado en la banca de un parque, mochila a cuestas, hambriento, muerto de frío y sin entender ni una sola palabra de lo que hablaban los transeúntes de una ciudad cuyo nombre ni siquiera era capaz de pronunciar.
¿En qué momento la raza humana empezó a sentir tanta vergüenza de su sedentarismo? Supongo fue al descubrir que éramos capaces de detener con nuestras propias manos el aparente colapso de la torre de Pisa y hacerlo del dominio público en “divertidas” fotografías. De ahí en adelante, no hubo marcha atrás. Facebook dio el banderazo de salida a la competencia de selfies en los lugares más exóticos como telón de fondo.
Mis vacaciones, en cambio, consisten en la simpleza de colocar el cuerpo en posición horizontal sobre la cama y cumplir a rajatabla el itinerario de visitar calles devastadas por el huracán Katrina, suburbios marginales donde corre la droga, pueblitos fantasmagóricos, puentes que unen países gélidos y cualquier otro sitio que sirva de escenario a una gran historia.
Este comportamiento (aburridísimo para muchos) difiere a los hábitos cosmopolitas dentro del seno familiar, que desde que tengo uso de conciencia, no se cansa de hacer escarnio de una tía que al cumplir los 15 años, sus padres quisieron regalarle un viaje a Francia.
—Gracias, prefiero un baño de tanque en Sacalá —fue la respuesta llena de honestidad de la festejada.
Lo intenté, lo juro, nunca pude unirme a las risotadas en las sobremesas y tachar de tercermundista a la pariente que veía más grandeza en zambullirse en aguas verdosas a la majestuosidad de los Campos Elíseos.
La sociedad está dividida en dos grupos: los que somos como mi tía (sedentarios) y los que no (nómadas). Los del segundo grupo suelen tachar de faltos de mundo a los primeros, pues para ellos tener “mundo” es recorrerlo literalmente de punta a punta. Tal cual lo hizo en sus días Alejandro Magno, el gran conquistador, hasta que conoció a Diógenes, hombre que vivía en un barril como el Chavo del 8, y no pudo más que envidiarlo, pues descubrió que la felicidad radica en nuestras propias fronteras, es decir, de la piel hacia adentro.

Pildorita de la Felicidad

TÁCTICA FIJA

POR: Rodrigo Solís

El pueblo ignorante de su propia historia está condenado a repetirla, excepto México, o al menos, si se habla estrictamente de fútbol. El mexicano promedio, o sea, el versado en decir disparates e ilusionarse con imposibles cada cuatro años, es consciente hasta su última fibra del rol que le toca interpretar en una Copa del Mundo, el cual es, y aquí inserto una analogía para ser inclusivo con el lector que no sepa ni jota de este deporte, el del borracho de la fiesta.
Como se sabe y espera, en una celebración, además del festejado, el galán, los mirones y los del montón, debe y tiene que haber un borracho, que en un principio no está ebrio y pasa por colado, pero desde que pone un pie, lo dirige hacia la barra con la firme intención de vencer sus taras mentales y miedos sociales. Entonces, promediando la mitad de la noche, todo se tuerce. De mustio pasa a parlanchín, de hombre de etiqueta a estrafalario, y de estatua humana a trompo bailarín. El cambio es gradual, casi imperceptible y se divide en cuatro etapas: uno, siente libertad de hacer chistes políticamente incorrectos; dos, se desfaja y pone la corbata en la cabeza; tres, espanta al DJ para poner cumbias y música de banda; cuatro, piropea a la mujer del anfitrión (mirándole las tetas) y lo echan de la fiesta con lujo de violencia.
—Si ya saben cómo me pongo… —dice el borracho en su defensa— para qué me invitan.
La estrategia del mexicano es infalible y ha ido perfeccionándola de manera sistemática cada ciclo mundialista. Desde que tengo conciencia adulta, venimos pobretéandonos, apelando a traumas que se remontan a tiempos de la conquista, genéticas e incluso místicas. <<Ya estuvo que perdimos, imposible pasar sobre romanos, vikingos y duendes>>, declaramos hace 24 años y el mundo nos creyó.
Y nos sigue creyendo hasta la fecha, y para muestra, un botón. Antier, apenas concluido el sorteo para el Mundial del próximo verano (todos dan por descontado a alemanes invencibles y a coreanos un cheque al portador), abordaron al entrenador sueco para conocer la opinión que le merece el rival con el que, en teoría, se jugará a todo o nada el pase a la siguiente ronda.
—No sé nada de la Selección mexicana —fue su respuesta sincera, y, por demás alentadora para todo un pueblo, que se sabe al derecho y al revés su propia historia y estará encantado de repetirla

Pildorita de la Felicidad

DOS HISTORIAS VERGONZOSAS

POR: Rodrigo Solís 

Durante toda mi vida escolar, las clases de educación física consistieron en asistir una vez por semana al colegio en uniforme blanco (los hombres en short, las mujeres en falda). Eran clases simples. El profesor salía al patio a primera hora de la mañana, nos alineaba y nos decía que hiciéramos estiramientos y flexiones durante diez minutos. El resto de la hora consistía en jugar partidos de fútbol en las canchas de basquetbol. Las mujeres se sentaban en la sombra a platicar y fingir que observaban a los hombres.
La Secretaría de Educación Pública, siempre preocupada por el acondicionamiento físico de la niñez y juventud, además de imponer estas clases, obligaba a los colegios a que todos sus alumnos tuviesen una actividad deportiva extraescolar al menos una tarde a la semana. En mi escuela podías elegir entre dos disciplinas: fútbol o basquetbol (esta última integrada por los estudiantes nacidos con nula coordinación motriz, es decir, todos los rechazados de la selección de fútbol).
Una tarde, en mitad de un entrenamiento, ocurrió algo extraordinario. El entrenador de fútbol nos alineó en posición de firmes como a un pelotón de fusilamiento, nos observó uno a uno de arriba abajo, y fue diciendo nuestros apellidos acompañado de posiciones que en nuestra vida habíamos escuchado. Asumimos eran tácticas revolucionarias como las que usó la Holanda de Johan Cruyff en el Mundial del ´74.
—Salazar —dijo el entrenador—, cien metros planos.
—Huerta —siguió el entrenador—, cuatrocientos con vallas.
—Moguel —continuó—, salto triple.
A la mañana siguiente, en el estadio Salvador Alvarado, descubrimos la cancha de fútbol desierta, no así la pista de atletismo, donde un montón de jóvenes de escuelas públicas y privadas (los primeros podían diferenciarse de los segundos porque iban descalzos) abrían los ojos y la boca como peces fuera del agua, igual de consternados que nosotros.
—Solís —me dijo el entrenador—, cuando escuches el disparo, arrancas a correr, si te rebasan, que es lo más probable que ocurra, imagina que nos atacan de contragolpe, tu misión es alcanzarlos.
Escuché las instrucciones y me ofendí en silencio. Primero por eso de <<si te rebasan, que es lo más probable>> y segundo, porque no era tan estúpido para no captar las sencillas reglas de los 800 metros planos. No así López, compañero de carrera y sádico mediocampista de la selección de fútbol, a quien tuvieron que explicarle varias veces que estaban prohibidas las barridas, las cargas, los pisotones y los jalones de camisa.
El primer corredor en llegar a la meta representaría al Estado en las Olimpíadas nacionales. Al no tener oportunidad alguna ante los competidores sin zapatos, acostumbrados a correr distancias kilométricas en sus pueblos, López y yo fraguamos un plan. Me sacrificaría por la gloria de mi compañero, quien estaba en mejor forma física, por más que fuera un borracho consumado.
El disparo retumbó en el estadio. El graderío explotó en gritos y porras. El plan consistía en correr como alma que llevaba el diablo hasta que mis pulmones estallaran. Al ver mi fuga, los otros corredores se desconcertarían y forzarían el paso hasta quedar sin aliento en los últimos 100 metros de la competencia. Ese sería el momento que aprovecharía López para cerrar como una bala.
—¡No lo puedo creer! —me gritó el entrenador con los ojos fuera de sus cuencas— ¡Vas a ganar!
Lo dijo tan fuerte y con tal convicción, que me lo creí. La gente enardecía en vítores desde las tribunas. Iba primero. Cada paso que daba impulsaba el siguiente con más velocidad. Metro tras metro. Lejos de reventarme, los pulmones crecían y crecían y me empujaban hacia adelante. La primera curva la tomé con la elegancia de una gacela. La segunda, con la virulencia de un fórmula uno. Nadie apareció a mis costados. Era el líder en solitario. Me pude ver no en las carreras nacionales sino en las Olimpíadas de Atlanta, pulverizando el récord mundial. Ganando la medalla de oro. Bajando del avión y teniendo un recibimiento de héroe patrio por parte del Presidente de la República y de su corte de achichincles.
—¡Corre! —me gritó el entrenador— ¡Corre, maldita sea!
La escena es difícil de describir. Imaginen la mítica escena de Neil Armstrong alunizando, sólo que en vez de verlo rebotar en cámara lenta sobre el polvo lunar, pongan bajo sus pies una pista de atletismo a veinte metros de la meta.
—Solís —me dijo López cuando logré finalizar la carrera—, gracias por no dejarme quedar último.
Cada ciclo olímpico rememoro la historia a manera de encontrar una explicación plausible a los fracasos de los atletas mexicanos, e invariablemente un amigo (no revelaré su identidad, por respeto a su autoestima) siempre dice:
—Eso no es nada, tengo una historia más penosa.
Ocurrió cuatro años después. Semanas antes de las Olimpíadas de Sydney 2000. Se celebraban las Universiadas en Mérida, ni más ni menos. Para evitar el ridículo de no presentar participante en los 10 mil metros, su escuela lo envió a competir porque era de los pocos estudiantes que estaban becados.
—Voy a ganar —le dijo a su entrenador de fútbol y al comité deportivo (quienes pusieron los ojos en blanco y se guardaron sus comentarios) antes de tomar su lugar en la pista donde enfrentaría a sus rivales.
Mi amigo se tomó la molestia de gastar todos sus ahorros en zapatillas, uniforme de lycra y lentes de atleta olímpico, y le dio un último toque de coquetería a su apariencia embadurnando su cabello con medio bote de gel y peinándolo hacia atrás. En la línea de salida los competidores lo miraron asombrados, estaba claro quién era el corredor a vencer.
Se dio el pistoletazo y el público rugió en el graderío. Cinco minutos después iba tan rezagado que sus rivales ya le habían dado no una, sino varias vueltas.
—Pensé en fingir una lesión —dice mi amigo.
Justo cuando estaba por tomarse el muslo y rodar por el suelo con la gracia que sólo poseen los futbolistas, el público empezó a corear su apellido y a aplaudir una y otra vez con intervalos regulares. Lo que ocurrió fue lo siguiente. Para evitar el escarnio de las otras universidades, el comité deportivo corrió el rumor entre los espectadores que el estudiante padecía parálisis cerebral, argumento abrazado como verdad inapelable al observar en la pista los movimientos dignos de un retrasado mental.
—Eso no fue lo más humillante —dice mi amigo.
Al llegar a la meta hora y media después, la prensa lo esperaba para entrevistarlo y tomarle fotografías. Intentó hablar pero el cansancio le impidió articular palabra alguna antes de caer desmayado. Conmovidos, público y deportistas lo alzaron en hombros y le dieron una vuelta olímpica, coreando el famoso <<sí se puede>>.