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El Periquillo Sarniento, un pícaro del lenguaje

POR: Higinio Esparza Ramírez

José Joaquín Fernández de Lizardi enriquece nuestra lectura con su obra de tono picaresco “El Periquillo Sarniento” publicada a principios del siglo XIX, y cita palabrejas que van más allá del habla común y corriente. Pazguato y zaragate, por ejemplo. Y le sigue, refiriéndose a las damas de rompe y rasga de la época, con la pisabonito, la cucaracha y la quebrantahuesos.

Se regodea igualmente con los extraños vocablos maturangas y fulleros junto con el leperaje, el prima y el tunatismo. La lectura es un deleite y sólo con ella podemos descifrar lo que dice en determinadas citas. Por ejemplo, arrastrar un muerto, oídos que tales orejas, petrimetre y repostadas. Una lectura, repito, propia del vocablo presidencial mañanero, enredado y poco entendible. Los miedecillos y la verguencería, son epítetos nada desdeñables. Irse a profundis con los apostemas… azotando las calles, hacer la mañana, cuzqueando, y entrar por la punta con mucha socarra, son ternuras que tampoco se pueden perder.

Del mismo modo resulta extravagante y divertido su aporte de provincialismos que podrían sonar mal para los bebés de la ciudad alimentados con biberón, no conocen la teta madre e ignoran el papel de las nodrizas. Chichigua, nos dice, equivale al ama de leche, a la nodriza, pues y se deriva de chichitl “en la acepción de bofes, porque también significa saliva”. Enseguida de esa definición, viene lo más chispeante de las derivaciones del vocablo; chichini, el que mama; chichinipul, mamón; chichinalaapilol, tetona o mujer de grandes tetas; chichinialayoatl, suero; chichinalayotl, leche; y chichinali, teta.

Fernández de Lizardi, “El Pensador Mexicano”, fue el primer escritor de novelas en América Latina y su obra “El Periquillo Sarniento” (alias de Pedro Sarmiento, el nombre del protagonista), nos habla de un aventurero, jugador y holgazán provocador de conflictos que se las ingenia para conseguir sin dinero casa, comida y ropa, además de viajes al extranjero; un engañador que cautiva a sus anfitriones, un chino filipino entre ellos; Sarmiento es un campesino, un enfermero, un sirviente que abandona su pueblo; sufre pero es un glotón y enamorado. La leyenda es rica en diálogos graciosos y giros inconfundibles del habla mexicana. Poco a poco nos lleva a un mar de dichos, dicharachos y sobrenombres que, o nos confunden, o nos remiten irremediablemente al glosario de la obra literaria donde se enlistan y describen las voces mexicanas empleadas por Fernández de Lizardi, los vulgarismos y provincionalismos, tanto populares como las que ya están en desuso, un vocabulario popular, el que se habla en las calles y en las reuniones de barrio chilango. “El Periquillo” se transforma a la vez

en un bachiller del arte, un Conde de la Riviera, un togado y religioso, un mendigo o el pillo que se vuelve una cócora de los juegos, escribe Fernández de Lizardi.

“El Periquillo…” nos lleva a otra realidad autóctona, la de principios del siglo XX apegada a nuestras costumbres y tradiciones. El autor emplea latinajos, apócopes y disparates. En la narrativa también campean la muerte, las desgracias y las pedreas que ponen en fuga al personaje cada vez que fallan sus artilugios de curandero, de pillo, de juez, o de soldado. Un andariego que se gana afectos y reprimendas en su azarosa existencia y quien al final del camino, hereda a sus hijos sus cuadernos ilustrativos de una existencia disipada pero divertida. “Vive bien con todos”, parece decirnos Pedro Sarmiento.

Van algunas palabras de muestra de su amplio repertorio: Acocote, guaje o calabazo; ahuizote, animal de mal agüero; arrastrar un muerto, lugares de juego o garitos; burlote, última partida del dinero que se juega; chichi chichigua, ama de leche, nodriza; chinguirito, aguardiente de caña; chupa, chaqueta con faldones abajo de la cintura; jonuco, covacha húmeda y oscura; manilargo, el que da golpes sin ningún sentido; meco, indio bárbaro y salvaje; mondar la picha, robarle la cobija a un jugador; norabuena, noramala; pandorga, diablura estudiantil; tejamanil, tejados de madera; tlemole, guiso hecho con chile colorado molido; oídos que tales orejas; expresión deformada de “oídos que tales oyen”; tencuas, labios desbordados; zaragate, pillo, lépero… El prefacio nos dice que Lizardi usa en sus novelas “frases muy felices y algunas poéticas”: “La vieja madre me dio un zarpazo tal que me hizo ver el sol en plena noche”; “No les interesa que los desdore con tal que lo platee”…

Galletas Marías, obleas de las grandes aventuras con el legendario “Ratón” Macías

POR: Higinio Esparza Ramírez

Entramos de sopetón a la oficina del director, don Antonio de Juambelz y le soltamos: -Jefe, jefe, necesitamos su permiso para viajar a la ciudad de México: el sábado en la noche pelearán en la arena México El Ratón Macías y Ernesto Parra y el domingo en el estadio de Ciudad Universitaria, se enfrentará la Selección de México contra la de Costa Rica, en un partido de fútbol de un torneo continental. Es una oportunidad de oro que no vamos a desperdiciar si usted nos apoya.

Con el rostro semi velado por la lámpara encubierta que iluminaba el escritorio y el montón de papeles y periódicos nacionales que revisaba a diario, don Antonio guardó silencio, sorprendido por la inusual demanda. Se repuso y preguntó: –¿Cómo está eso? ¿Se quieren ir los dos el mismo día? ¿Y en la redacción quién se hará cargo de sus tareas? -No se preocupe, los compañeros aceptaron cubrir nuestras ausencias sólo por tres días. No necesitamos más para cumplir con ese deseo que ya no nos deja dormir ni trabajar a gusto.

Amante de los deportes –jugó fútbol soccer con el equipo España, golf en el Centro Campestre Lagunero y en alguna ocasión box, tenis y basquetbol- Don Antonio impulsaba las diversas manifestaciones recreativas y de competencia a través de una sección especializada. Al Jefe no le agradó la idea, pero se ablandó en unos cuantos minutos y autorizó el permiso -Solo hay un problema, le aclaramos: -No tenemos dinero, préstenos 500 pesos a cada uno. Se los reintegramos con descuentos semanales de nuestros sueldos.

El director dio un brinco en la silla, el puro se incendió entre sus dedos, la lámpara pestañeó y el estupor enfrió el ambiente. -No, no, eso no es posible, no presto dinero ni cumplo caprichos, expresó molesto con el rostro en brasas. Guardamos silencio e inclinamos la cabeza con las manos entrelazadas sobre el estómago en una actitud plañidera que a final de cuentas lo conmovió. De un cajón sacó una chequera y con una pluma Sheaffer llenó y firmó dos documentos por 500 pesos cada uno.

El puro retornó de sus cenizas y la lámpara recuperó voltaje; atrapamos los cheques a vuelo y salimos raudos de la oficina. Antes de ganar la puerta, don Antonio advirtió con perentorio grito: ¡Si no regresan en tres días, quedarán despedidos! No contestamos porque el agradecimiento enturbiaba ojos y voz.

Compramos los boletos y el viernes muy tempranito viajamos a México (el camión paró brevemente en Ciudad Lerdo y como me hallaba recién casado, gasté 25 centavos en una tarjeta de los enamorados, la deposité en un buzón cercano y se la envié a mi flamante esposa, ante el enojo de Rodrigo; tardíamente comprendí que no llevábamos dinero para gastarlo en nimiedades y como se leerá más adelante, esos centavos nos hicieron muchísima falta en México); llegamos al DF el sábado, justo a tiempo para adquirir los boletos de entrada a la Arena México, escenario de la histórica pelea de despedida de los encordados, del ídolo mexicano, Raúl “Ratón” Macías. Ante las taquillas había largas colas y de repente se nos acercó un revendedor encubierto en las sombras y nos ofreció dos boletos, con un recargo de miedo, desequilibrante del exiguo presupuesto que apretábamos en los bolsillos. -!Síganme! ordenó y nos llevó a una vecindad cercana. Se nos acalambraron las piernas, pero le echamos valor al asunto y trepamos por una desvencijada escalera al segundo piso; en una puerta vieja de un viejo cuartucho, una viejita le entregó los boletos, nos pidió el dinero y desapareció. En la Arena México nos esperaban más colas de aficionados y el acabose (para dos humildes provincianos) fue la entrada al enorme recinto pletórico de gente chilanga, con las luces iluminando el cuadrilátero y dos pugilistas cubriendo la primera pelea del programa. Nos quedamos con la boca abierta y ojos de plato. En el séptimo “round” El “Ratón” sacó del encordado a Ernesto Parra con un potente golpe a la quijada y las luces de la arena estallaron de júbilo. Rodrigo y un servidor, nos abrazamos, satisfechos de haber cumplido a satisfacción con esta odisea y también gritamos a todo pulmón. El domingo, más desenvueltos y con un toque cosmopolita, nos trasladamos al estadio de la Ciudad Deportiva para disfrutar el triunfo de México sobre Costa Rica por dos goles a cero, anotados por Héctor Hernández. No habíamos probado alimento por falta de dinero y de pronto del cielo comenzaron a caer migajas de pan, carne, lechuga y jalapeños. !Un milagro! Pensamos. Pero no fue tal. Resulta que un chilango sentado un asiento más arriba, a cada mordisco que le daba a una torta gigante de dos pisos y un metro de largo, nos salpicaba de sobras, y las comimos sin ningún rubor para calmar el hambre que nos atosigaba panza y alma en esa mañana futbolera.

En la terminal de los autobuses, ya de regreso de México y con veinte centavos aún disponibles, compramos un paquete de galletas María, las llevamos al paladar como si fueran obleas y las conservamos en la boca de México hasta Torreón. Gracias a las milagrosas galletas, la inanición nos hizo los mandados. Sin embargo…

A la llegada del autobús a la terminal de Torreón, impulsados por el apetito fallido, cada uno corrió a su casa y devoró lo que había en la cocina. Encontré un caldo de tres días (el caldo, no la res) y acabé con tuétanos, cocido y elote. Duré día y noche con diarrea; a Rodrigo le fue mejor: halló puros frijoles de la olla

pero no se puso malo porque estaban recién cocidos. A tantos años de distancia, ya no me da vergüenza revelar un hecho un tanto penoso pero esencial y necesario. Mientras arrancaba el autobús de vuelta a nuestra ciudad, hurgamos en unos botes de basura en los patios de un restaurante, buscando residuos de comida, y nos fue bien: Rodrigo saboreó un salmón ahumado con aceitunas y ostiones y yo un chile en nogada… con un tenedor.

A don Antonio no le fallamos: el lunes nos reportamos puntuales a la Sala de Redacción, Rodrigo a la sección de cables y un servidor a la máquina Remington para pasar en limpio mensajes, telegramas, corresponsalías y contestar, con buenos modos, el teléfono. Sus mecanógrafos, los más veloces del rumbo, habían retornado sanos y salvos, cubiertos de laureles y de gloria.

Lerdo, con sus aromas y sabores encierra historia con personajes emblemáticos y su arquitectura

POR: Higinio Esparza Ramírez

Conchita Olázabal Sierra fundó en su casa de Ciudad Lerdo una escuela de manualidades y artesanías con más de treinta alumnos, a quienes incorporó a tareas productivas relacionadas con la preparación de vinos, la elaboración de dulces regionales y flores de migajón de pan; las técnicas de pirograbado, esmerilado de vidrio, filigranas de costura y clases de guitarra. La repostería con sus pasteles de chocolate y vainilla, complementaron una enseñanza metódica y exigente.

A la muerte de su señor padre don Rafael Olázabal, -”Rafaelito”- Conchita cerró la escuela y acondicionó la vivienda para abrir el restaurante que lleva su nombre, uno de los más prestigiosos de la comarca en el renglón de comida casera y de convivencia familiar.

Icono lerdense la llama el licenciado Ramón María Nava González en su memoriosa y memorable historia “Lerdo de mis recuerdos”, una crónica de la que él mismo fue protagonista -y lo sigue siendo- como académico, activista político y líder social; escritor y rector del ISYTAC (hoy Universidad Lasalle Campus Laguna), un recopilador de anécdotas que nos regresa en el tiempo “hacia épocas en las que vivimos y crecimos al amparo de su caserío, sus huertas, plazas, capillas, y parroquias”… Lerdo, pues. Con su venia licenciado Nava, agrego yo: -… sus viveros y sus higueras a las que nos llevaba de niños mi señora madre para pizcar a brazo pelón los higos de savia ardiente.

Del mismo modo me permito incorporar a su historia de lerdenses destacados, las hazañas laborales y empresariales (cobra de quinientos a mil pesos por jornada) del maestro ebanista Francisco Fernández Rodríguez, un artista de la garlopa, la lija y la pistola de aire y quien en sus tiempos libres se dedica a fabricar bicicletas de madera de uso utilitario y ornamental y cuadros plásticos repujados también en madera, dos de los cuales me vendió a precios innombrables: una copia de los caminantes nómadas del pintor y escultor mexicano David Alfaro Siqueiros y la torre morisca con un reloj que configuran la estampa de un Lerdo provinciano y mágico, con una acequia -una gran acequia- que regaba vida y prosperidad.

Retomando las memorias del licenciado Nava, Lerdo fue cuna de pilotos (Capitán Francisco Sarabia), de juristas, sicólogos, intelectuales, luchadores sociales, sacerdotes, deportistas, promotores de box (Rodolfo “Chivo” Díaz), músicos, clasificadores de algodón, fotógrafos y funerarios, neveros (Chepo,

custodio innato del legado ancestral de la nieve de garrafa), chocheros y cerveceros, promotores del teatro y la cultura, filántropos y filántropas, banqueros, cantantes (Néstor Mesta Cháirez, el Gitano de México), historiadores, comerciantes (Salsipuedes, célebre sobrenombre de la tienda abierta en Torreón por el lerdense Elías Zarzar), tribunos de la talla del licenciado Juan de Dios Castro Lozano, charros, maestros violinistas y chelistas, un líder social (David García Muñoz) quien siempre luchó por la creación de la ciudad de la Laguna, Cenobio Ruiz Martínez, apodado “La Saeta”, campeón sempiterno de la vuelta ciclista a la Laguna, Eustaquio Tacho Fernández, el bronco de broncos al mando de la Policía Federal de Caminos, militares (coronel Jesús Díaz Couder) y el profesor matamorense José Santos Valdés quien fue atraído y adoptó como suyos los aires lerdenses, son, entre otros, personajes de la Ciudad Jardín. La comunidad lerdense del mismo modo inspiró al poeta potosino Manuel José Othón, (radicó temporalmente en Lerdo), a componer un poema que habla de la aridez lagunera -Una estepa del Nazas su título- “…rueda el río monótono en la cuenca/ sin un cantil ni un rompiente/ y a ras del horizonte/ el sol poniente, cual la boca de un horno reverbera… son algunos de los versos del bucólico trabajo de quien llegó a enamorarse de estas tierras laguneras. “Idilio Salvaje” es una de las grandes obras de su extenso repertorio lírico.

En la hacienda de San Fernando -hoy transformada en restaurante de “sírvase usted mismo” con cocimientos a base de carbón y leña, tuvo Lerdo su origen, comunidad fundadora de la Comarca Lagunera y junto con la Casa Nava, representan los principales bienes de sus habitantes Otro más, también emblemático, lo fue el desaparecido tranvía eléctrico, con sus asientos giratorios de madera, sus troles y su ruta de Torreón a Lerdo y de Lerdo a Torreón pasando dos veces por Gómez Palacio, luego de cruzar por el recio puente del bien recordado Nazas.(El río no ha muerto, aclaro, sólo que ya no lleva agua como antes. Del puente, por el contrario, sólo quedan las columnas de piedra que lo sostenían)

Por la hacienda pasaron don Miguel Hidalgo, Padre de la Patria, y don Benito Juárez, el Benemérito de las Américas, De este último, el nuevo dueño de la finca, Carlos Aguilera, conserva intacto el despacho usado por el prócer oaxaqueño, incluyendo los muebles de la época. Lerdo es asimismo poseedor de la simbólica parroquia del Sagrado Corazón, la primera de ese rango construida en la región y depositaria de un artístico monumento de mármol esculpido en Italia, conocido como el Ángel del Amor, llamado así porque si lo invocamos, luego luego nos encuentra novio o novia y de paso recupera los amores perdidos. Fue dedicado a doña Enriqueta Crabtree de Gámez, tronco de prominentes familias de Lerdo -los Franco Crabtree, los Franco López, los Franco Ugarte entre otras, y su plaza de toros donde debutó como novillero el malogrado

Valente Arellano Salum. La Casa Nava, una reliquia arquitectónica del siglo XVIII, de la misma manera fue punto de reunión de figuras destacadas tales como el mismo capitán Francisco Sarabia, en amena charla con doña María Teresa González Díaz de León, madre del licenciado Nava González e hija de don Longinos González Ruiz, quien adquirió la finca que ha sido propiedad de la familia desde hace 104 años; Herminio Hernández y Guillermo Martínez, artífices de un quinteto de cuerdas que tocó en la residencia; y hospedería temporal del primer cardenal que hubo en México, el arzobispo de Guadalajara José Garibi Rivera, así como del general Rodrigo Quevedo, comandante de la VII región militar y del general Pablo Quiroga Escamilla, revolucionario que murió en Lerdo y cuyo hijo Pablo se casó con Cuquita Franco Crabtree.

(Gracias licenciado Ramón María Nava González, por compartir sus memorias, y a ti, Gaby Nava Femat, mi correctora de cabecera, gracias por tu asesoría)

En el mar la vida es más amable (recuerdo de Veracruz)

POR: Higinio Esparza Ramírez

En el mar el barco no arranca hasta que el pasajero se encuentre bien seguro en la plataforma o en sus camarotes, luego de trepar por una empinada escalera de tablones y pasamanos de cuerdas de ixtle pulidas y enceradas, con marinos arriba, abajo y a los lados para que el viajero llegado de tierra firme no resbale y pierda el equilibrio.

(En tierra, los choferes de las rutas urbanas e inter urbanas arrancan apenas el pasajero pisa el primer escalón del estribo y no esperan a que ocupe el asiento más próximo; se regodean si tropieza o se va de bruces al piso de lámina al no poder sujetarse de los pasamanos verticales u horizontales debido al arrancón inesperado).

En el mar, marinos, marinas, maestres, cabos, tenientes, oficiales, etcétera, se acicalan previamente en sus camarotes para aparecer radiantes ante sus huéspedes y no los defrauden con una presentación indeseable.

(En tierra, los chafiretes de Transportes del Nazas se acicalan en presencia de los pasajeros, a quienes parecen ignorar en su reducido mundo de pedales, botones y volante. Cogen un espejito redondo y unas tijeritas y se sacan a tirones las canas de los agujeros de la nariz, de los oídos y la cabeza con una mirada arrobadora en el espejo retrovisor. Y como cualquier respetable fémina se alisan el pelo a dos manos).

En el mar, hombres y mujeres visten impecablemente, uniformes, calzado y gorra, ya no se diga el aseo personal. Son pulcros por convicción y obligación.

(En tierra, los hombres del volante visten –algunos desde luego y quizá la mayoría- ropa sucia, arrugada y de varios días; una barba desaliñada y manos aceitosas indican que no se han bañado. Esperar que por decoro, presencia e identidad utilicen uniformes sería como pedirle plátanos al manzano).

En el mar, los sistemas de navegación se manejan discretamente; no hay llamadas telefónicas celulares por parte de los tripulantes cuando se hallan cubriendo sus respectivas labores a pesar de que duran seis meses en alta mar, alejados de los suyos y por lo tanto ávidos de comunicación.

(En tierra, los conductores de los autobuses interurbanos y urbanos que navegan a brincos, ruidos y bamboleos y a bocina abierta que lastima el oído de los

viajeros, desde que salen de una ciudad y llegan a la otra y en casi todo el trayecto, llevan el celular pegado a la oreja o bien manejan con los auriculares puestos, lo que significa que no van entregados en un 100% a sus tareas).

En el mar y si no hay tormenta de por medio, los navíos de pasajeros y de la Marina Armada de México, se deslizan suavemente con el capitán agarrado a dos manos del timón para no perder el rumbo y prevenir los accidentes, especialmente las colisiones con las masas de hielo flotantes o contra los trasatlánticos que van y vienen de un puerto a otro. Música ruidosa que rompe los tímpanos, ni pensarlo.

(En tierra los manejadores de los rojos, verdes, azules, blancos y amarillos corren como demonios por calles y bulevares, rebasan al otro sin disminuir la velocidad o frenan de repente. Los viajeros que de por si van rezando para que no les pase nada, son desplazados violentamente de los asientos y los que van de pie parecen acróbatas colgados de los tubos del techo. Los interurbanos cruzan la Acuña de sur a norte a 80 kilómetros por hora, eluden los vehículos que van adelante y llegan raudos el bulevar Independencia, donde la luz roja del semáforo los detiene en seco. Los pasajeros saltan de sus asientos y cambian las oraciones por maldiciones, inaudibles pero entendibles).

En el mar los buques no hacen agua.

(En tierra los autobuses hacen tierra. El polvo se filtra por las ventanillas sin vidrios y las láminas desvencijadas de la carrocería)

En el mar, la tripulación sonríe con gesto fresco.

(En tierra los navegantes del asfalto van enojados con un rostro a la Riquelme, agrio y hostil. No saludan y muy pocos responden a las “gracias” de las damas comedidas que aprecian su trabajo).

En el mar, los servicios sanitarios de los camarotes brillan de limpieza y huelen a perfume.

(En tierra, urinarios y excusados de una terminal autobusera ubicada por la Acuña, entre la Presidente Carranza y avenida Juárez, huelen a las aguas residuales que escapan de los drenajes citadinos).

En el mar, ni semáforos ni patrulleros ni peatones que se atraviesen al paso de los buques.

(En tierra sucede todo lo contrario, con el agravante de que los segundos son “mordelones”)

En el mar hay música de piano en los buques de recreo.

(En tierra, claxonazos, rechinidos, música estridente y las palabrotas que intercambian los conductores cuando sus autobuses quedan al parejo, acompañan a los esforzados y forzados usuarios de los camiones que cubren las decenas de rutas que operan en Torreón y los que se desplazan de Gómez Palacio a Torreón y de Torreón a Lerdo).

Nota del escritor. Estas banalidades no caben en un texto serio, pero el ocio y el confinamiento aconsejan buscar la diversión donde se halle.

A mí también me encantan mis nietos… pero de lejos

POR: Higinio Esparza Ramírez

Escondí mi caja de herramientas debajo del lavadero, en el cuarto de servicios ubicado en la planta alta de mi modesta casa, avisado de que pronto llegarían los nietos. Efectivamente, irrumpieron poco después por enésima ocasión en mi vida pacífica, azotando la puerta y abriendo a puntapiés las puertas de vidrio que llevan al jardín. Se treparon a la azotea por una escalera de caracol y se pusieron a jugar futbol. Sus pataleos y corretizas cimbraron mi cabeza y comenzaron a desprender el caliche que une las tejas del techo, un movimiento casi telúrico. Las imágenes de la pared se movieron y cayeron al suelo los frasquitos de gotas oftalmológicas que se hallaban en el buró de la recámara. El Titánic se enderezó, su imagen desde luego.

De pronto cesó el ruido y respiré a profundidad, aparentemente aliviado porque la tranquilidad había retornado a mi espacio hogareño. Pero no fue así: se pusieron a jugar futbol en el jardín y a golpear con el balón de cuero crudo los pórticos habilitados por los intrusos como porterías en un extremo, y por el otro utilizando macetas con plantas floridas, las cuales se doblaron al primer balonazo.

Refunfuñé otra vez pero los de adentro -los adultos que comían chiles en nogada preparados por mi esposa- no me hicieron caso. Salté de mi silla cuando los arrebatados nietos se metieron con mis tortugas, interrumpiendo su hibernación, Entonces me enojé de a de veras, con iguales resultados: sordera y desdén con el consiguiente reproche de mi parte: -con un carajo, ¿A qué hora se van?..

Pero no se fueron. De pronto uno de los nietos subió y bajó del techo con un serrucho para podar árboles y comenzó a serruchar la

casa, comenzando con los pilares que sostienen la cornisa del jardín. Lo descubrí a tiempo, pues del otro modo, yo y mis tortugas ya estaríamos muertos por el derrumbe premeditado y alevoso.

Y no miento. Una mondadura en una de las columnas demuestra cómo las manos infantiles son capaces de derribar una finca, luego de abollar el techo y romper los cristales del zaguán. -Yo te pago, no te apures aguadito (abuelito), dijo la madre, mi nieta, pero se hizo la zonza y los de casa cubrimos el gasto. Afortunadamente aquellos diablos crecieron y se fueron cada quien por su lado. Pero los renuevos amenazan…

Un periodista publicó que le encanta estar cerca de sus nietos y jugar con ellos. No me explico esa motivación, pues en mi caso no existe y menos cuando uno de esos nietos (los míos) tira a la taza del excusado mis molares de repuesto de oro puro que costaron dos mil quinientos pesos. Los busqué por todos lados,

menos en el drenaje y tuve que reponerlos con un costo adicional de quinientos pesos.

Me llamo Higinio, pero esos mismos nietos me dicen Eginio o aguadito y más reniego cuando me apuntan con sus ametralladoras de juguete, y lo hacen a fuego cruzado.

Fuera de casa también hay nietos sorprendentes: El que dice “los testículos” de Jehová en lugar de Los Testigos de Jehová o el que le dispara telarañas al abuelo Juan Manuel simulando que es el “hombre araña” y sí, lo deja enredado y feliz por la imaginación y talento del pequeñuelo. Menos mal que no fingió ser Superman, pues se lo hubiera llevado volando por los cielos hasta llegar al planeta Kripton, vecino de Plutón.

Mi nietecito Daniel esculcó mis ropas y encontró una fotografía con mi efigie y la de una joven compañera de trabajo y se la mostró a la abuela.

-¿Quién es? preguntó el pequeño apuntando con el dedo a la mujer de la foto.

-Es una piruja, acusó la señora pero el infante no la entendió y me despertó sólo para preguntarme: ¿Es una peduja?

Estos recuerdos no encierran ni protestas ni reproches, pues el actuar infantil sazonó mi vida y lo mejor, aún despiertan sonrisas las ocurrencias de quienes entraban a la cocina y acababan en un dos por tres con las empanaditas de ate de membrillo, mermelada de fresa y mermelada de higo preparadas por mi afanosa mujer. Del mismo modo alegraron mi vida, cuando chiquititos, mis dos primeros nietos: uno era fonomímico y mandaba mensajes con las manos, el otro bailaba “Pollitos con papas”. Pero Andrea, tercera generación ya los desbancó: -Dame un circulito, le pide a la madre y frunzo el ceño. -Un taco con limón y sal, quiso decir, explica la abuela.

Llega a mi rescate de abuelo irreverente, el libro de Armando Fuentes Aguirre “De abuelitas, abuelitos y otros Ángeles Benditos”, y no hay remedio: su lectura me

fascina y da pie para orientar y complementar mi sentir acerca de los benditos nietos y bisnietos, estos últimos también con merodeo travieso por mi casa, pero no saben que ya vendí el serrucho. Con el permiso de Catón, de quien estoy seguro me perdonará el uso de su nombre y de su trabajo literario, pues su obra trasciende y fascina; alivia penas y nos llena de ilusiones. Por lo tanto, y con su permiso, transcribo un fragmento de uno de sus textos, pleno de ternura y de certezas:

…Criaturita que llegas con tus mañanas a mis tardes: eres para tu abuelo promesa de esperanza y don de fe. Cuando conmigo estés, sentiré que Dios está conmigo. Muy cerca de Él estamos los dos. Tú, porque acabas de salir de sus manos. Yo, porque me acerco más a sus brazos. En los míos te dormiste ayer. En los suyos mañana dormiré. (Armando Fuentes Aguirre)