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Nueva versión de ¿Quién se llevó mi queso?

Autor: Higinio Esparza Ramírez

Irma Targelia anunció, con platillos y cornetas. !Yo llevo un queso panela, en canasta, un kilo como botana para todos!. Llegó a la mesa, abrió el maletín donde guarda la ropa interior y puso la pieza láctea al alcance de todos los comensales griegos, pero no la cortó en lajas, ante la mirada imperturbable de Pericles, Equión y Al Tarif, este último recién llegado de Persia, con gruesos anteojos y cachucha de turista veneciano. Gaby Aspasia, la de las piernas turgentes, ignoró el incidente y se puso a pelear con una bolsa que se resistía a soltar las piezas de pollo doradas al carbón destinadas a su señor padre, Solón, el de la mente abierta, inteligente y serena.

Hepzibai y Cleo, los anfitriones, esperaban, también, las rebanadas de queso como botana, desdeñando las semillas, churritos y papas enchiladas llevadas por Al Tarif, preceptor del arte y la cultura que se cuidaba, del mismo modo, de omitir los alimentos con leche de vaca pesada e hiriente, enemiga de la flora estomacal. No toma leche, para acabar pronto.

Zenón y Janipa, su mujer, al fondo, no perdían detalle de las maniobras culinarias que esperaban con ansia. Copas de vino tinto calmaron sus angustias y se fueron sobre los chicharrones arriscados hechos chatarra que alguien de los presentes aprontó, también, como botana, la que se toma con vino, jamón, aceitunas, papas con chile y queso. Pepinos, esos sí, transformados en rebanadas por un cuchillo que iba de mano en mano, amenazante y filoso, acudieron en auxilio del panela fantasma, rociados de chile piquín, rojo y ardoroso.

Hepzibai, calvo y de cúpula rosada, los imitó copa y chicharroncitos en mano, de estos últimos una y otra vez hasta que Cleo, su mujer, hecha de coraje y sangre, inteligente, con emociones y opiniones, le ordenó: !ya no comas antojitos, evita los reflujos, los vómitos y los ardores de panza. HZB abrió las dos manos, dejó caer los chicharroncitos y alimentó a los de abajo, los perritos que siempre que llega al ágora, le hacen caravanas, frotan sus narices con sus piernas, y lo abrazan.

Kurda Sarah, desde su rincón cercano al baño, se refocila con lo que ve, tienta y gusta y espera, paciente, a que alguien le ponga a su alcance, pepinos, cacachuates y semillas, pero Al Tarif y su mujer, Narcisa, no sueltan prenda y

acaparan los chuchulucos plagados de azúcar, sodio y grasa, propios para chipiles desentados.

La algarabía resultante del reencuentro entre los compañeros de trabajo, involuntariamente dejó en el olvido el anunciando queso panela, que en cuestión de minutos comenzó a desaguarse en suero en la canasta que le servía de guarida. Nadie sabe y nadie supo, hasta ahora, el rumbo que tomó, no dejó huella, se alejó rodando y se sumió en el misterio.

Cadmio llegó presuroso junto con su mujer Semiele y su hija Dejamira, prendió el comal y en tiempo récord preparó una discada de camarón pelado, la vació en una olla de barro fabricada en el Peloponeso y la puso en un extremo de la mesa, custodiada celosamente por Al Tarif y el sujeto de la calva.

A taco y taco, los presentes acabaron con la discada, brindaron con cerveza y vino tinto y a las seis de la tarde, ahítos, exclamaron: “Nos vamos, alegres y contentos, gracias por tu hospitalidad Hepzibai y gracias por tu alberca: nos refrescamos pies y mente”. La alberca, les dijo, “no es mía, es de Cleopatra”.

Se fueron, en efecto, pero alguno de ellos se llevó el queso panela y ahora se hacen los desentendidos. Hepzibai se convirtió en fiscal y con la ayuda de Al Tarif, inició las averiguaciones entre los dilectos amigos, entre los cuales, especuló, está el que se llevó el queso. Ratones no hay y por lo tanto, la gruesa rodaja se oculta en las mochilas de los sospechos. ¿Quién es? Irma Targelia, la de los labios de fresa con crema, se hizo la inocente, lo mismo que Gaby Aspasia, Narcisa y Kurda Sarah. “Lo pusieron de aderezo en la discada de camarón, fue su defensa, ignorando que el camarón no lleva queso panela, sólo colesterol acompañado de rajas de chile morrón, cebolla, tomate y cilantro y las migajas de los que mastican chicharroncitos encima de la olla.

El queso, por lo tanto, se volvió humo, no dejó huella y se tiró a la aventura buscando otras mesas donde los comensales, aprecian su valor alimentario, fermentado en leche cuajada, preferido por los egipcios en sus tardes de luna, de sol y de estrellas. Hepzibai, volvió a soltar una lágrima, hecho un ovillo en el cojín donde reposa sus sueños, porque nuevamente se quedó sin queso… ni pollo.

(Taylor Caldwuell, autora del libro “Gloria y Esplendor” aportó los nombres que aquí se citan, con la idea de que su obra -719 páginas-, sea leída, completa, a nivel regional y sepan los lectores quienes fueron Fidias, Anaxágoras, Hecate, las Hades y Pericles, el gran amor de Aspasia, la de los senos lechosos: -Ah, amado mío, querido mío, mi amor y mi dios. Espérame. No me olvides. Le decía Aspasia cada vez que aquel picoteaba trozos de queso panela en la Acrópolis).

Me casé con mi nodriza

POR: Higinio Esparza Ramírez

Fui de cuna humilde, donde los biberones escurriendo leche de vaca brillaban por su ausencia y cuando se me hizo un vicio chupar trapos o pedazos de hule espuma como si fueran tetas, mi madre habló con una joven vecina que vivía a dos puertas de la casa, pidiéndole por favor que me amamantara mientras ella se recuperaba de los corajes que le agriaban la leche y optaba por suspender la alimentación a falta de grasas, proteínas, lactosa, vitaminas, sales minerales y una homogeneidad que liberaba al crío de los odiosos malestares gástricos.

Alquiló una nodriza, una robusta mujer que gustosa asumió las funciones de madre sustituta de uno de los enclenques niños -yo fui el afortunado- y muy temprano en la mañana del siguiente día, llegó a la casa y de inmediato comenzó a amamantarme. Entonces un paraíso se abrió a mis ojos: tenía pecas en las sonrosadas mejillas y pecas en el pecho, exhuberante a más no poder; pelo que la caía en cascada y una sonrisa picaresca que de momento me intrigó pero sin poder llegar a conclusiones pues apenas tenía tres meses de nacido.

A mañana, tarde y noche me tuvo entre sus brazos, alimentándome con sus dos prodigios pectorales mientras cantaba “a la rorro niño, duérmaseme ya…”, una tonada que producía en mi un efecto contrario, pues más me aferraba al sinuoso manantial generador de vida, de sueños e ilusiones.

Antes de que la nodriza entrara a mi vida, a mi madre ya la tenía harta y optaba por esconderse debajo de la mesa o metiéndose al ropero, pero no conseguía evadirme porque ya se me había aguzado el olfato y en gateo era un experto, pues iba de un rincón al otro explorando el terreno.

Ni el lodo con hormigas hueras untado en los pezones, conseguía ahuyentarme; por el contrario, las masticaba -a las hormigas- con las encías porque dientes todavía no había. La estratagema materna siempre fracasó en esos menesteres y optó por las hormigas negras de Miguel Auza, Zacatecas, con iguales resultados.

Por esa causa y las muchas más derivadas de la necesidad de atender a los niños mayores y al padre al que también había que alimentar tres veces al día pero en la mesa de la cocina, una situación que le quitaba fuerza, paz y sosiego, se decidió por la nodriza especialmente para mi, pues era el más exigente en cuestiones alimentarias maternas, y lloraba a gritos demandando atención hasta que de plano decidió mantenerme alejado recurriendo a la leche de otro hogar.

Llegaba mi nodriza con un vestido floreado, de falda ancha y escote pronunciado; comenzaba su labor con arrumacos, pellizquitos en los cachetes y caricias con el dedo meñique en el labio inferior, un preámbulo que abría mis ansias de par en par y me entregaba con fervor al coloquio bienaventurado.

Disfruté por años en aquel mar de blancura lechosa hasta que comenzaron a salirme las muelas del juicio y entonces me adentré de lleno a la realidad. Ya no hubo caricias inocentes, mi nodriza dejó de serlo y recuperó su figura de mujer soltera, joven, suave y glamorosa que reclamaba derechos, respeto y un trato conyugal con cobertura de mantenimiento para toda la vida.

Lo bruto nunca se me quitó al grado de preguntarme: ¿Qué es lo que quiere? hasta que la chispa se me prendió y descubrí que me había enamorado de ella. Eso sucedió cuando amenazó con salirse de mi vida y buscar otros rumbos más redituables.

El amor del mismo modo había llegado a ella desde que me conoció de niño; maduró con el tiempo y surgió boyante con el trato diario y de acercamiento sin rubores ni pecado, pero tampoco se decidía a manifestarlo abiertamente pues me consideraba suyo y nunca pensó que yo buscaría otros pechos o más bien, ése fue el temor que comenzó a crecer en su corazón.

El enamoramiento igualmente la tenía atrapada y a quince años de iniciada nuestra relación de nodriza-niño, nos explayamos con ese sentimiento y decidimos legalizar nuestra feliz unión por todas las vías, legales, religiosas y de vecindario. No queríamos dar lugar a críticas que alteraran nuestra nueva vida que por fin había entrado a remansos de quietud y paz espiritual. Esto último lo digo porque ya crecidito, también la acosaba con mi perverso reclamo infantil hasta que le puso fin con un enérgico !Ya basta!

Entonces nos decidimos a contraer matrimonio y tuvimos hijos, pero ya no hubo nodrizas. Ahora, de

adulto, ya no me gusta la leche, ni Lala ni Bell, cuando mucho tomo café descafeínado con crema deslactosada, sin hormigas. (Texto basado en hechos reales)

La fuerza del hambre y el valor de las sampetrinas

POR: Higinio Esparza Ramírez

“Un viaje de 1000 kilómetros comienza con un primer paso”. (Máxima China)

En mayo de 1963, los acosos, amenazas, humillaciones y rechazos del sector oficial, de particulares y líderes explotadores, no doblegaron a las 202 mujeres campesinas de San Pedro de las Colonias que emprendieron a pie una marcha kilométrica hacia la residencia oficial de Los Pinos, en la capital de la República, con el fin de entregarle al presidente Adolfo López Mateos, en sus propias manos, un documento con una serie de demandas orientadas a paliar la miseria que castigaba inmisericorde a aquella zona rural coahuilense, donde niños hambrientos y con sed bebían-para seguir subsistiendo- la sangre de los animales sacrificados en el rastro municipal, o “pepenaban” comida en los mezquitales y nopaleras de los ejidos.

“Caravana del Hambre” fue llamada aquella épica marcha, cuya historia documentada preservó la maestra Gabriela Gutiérrez Medellín, hija de una de las marchistas -Juana María Medellín de Gutiérrez- las dos, asistentes y asesoras de las sufridas caminantes vencedoras del desierto y que consiguieron -finalmente- una entrevista de un grupo de sus representantes con el presidente de la República en su propio despacho y de la cual surgieron acuerdos en ese nivel para resolver los problemas planteados: la miseria en el campo y la falta de trabajo para los campesinos, entre otros .

La singular caravana sólo llegó completa, hasta Saltillo, donde por teléfono se hicieron los arreglos para que el Presidente atendiera personalmente a las comisionadas, encabezadas por Juanita Medellín de Gutiérrez. Las llevaron a México por avión.

En nueve días la caravana había recorrido a pie 246 kilómetros “bajo la lluvia, un ardiente sol, hambres y enfermedades”, escribieron los reporteros. “Habían logrado ya su propósito Y obtenido más de lo que pedían, según versiones de la época”.

Una odisea sin paralelo en los anales de la Comarca Lagunera, con resonancia nacional e internacional, descrita pormenorizadamente en el libro intitulado “202 sampetrinas hicieron retemblar en su centro la tierra misma”, un ensayo histórico de la maestra Gutiérrez Medellín, con el apoyo de su hija Paloma Peña Gutiérrez, quien se encargó de ordenar y secuenciar documentos, publicaciones periodísticas, anécdotas y comentarios recopilados por la autora de sus días en los meses subsecuentes de la original protesta mujeril.

El libro, editado en agosto de 2015, contiene las crónicas de los reporteros que cubrieron día y noche el extenuante recorrido, con copias de fotografías de impactante dramatismo como un intento de autoinmolación de una madre con su hija de apenas cinco años de edad que no habían probado alimento durante seis días.

El sufrimiento y las miles de penalidades que las mujeres encontraron en el camino inicial de más de 240 kilómetros que cubrieron a pie machando a través del inclemente desierto, soportando con heroicidad resolanas y tolvaneras, “un viento frío y polvoso” que soplaba todas las noches y el hambre y la sed que las castigaba sin piedad.

Jesús Sánchez Hermosillo, reportero de la revista “Impacto”: “Sombreros de paja, pañoletas remendadas, canas, cabelleras flotantes, rostros ajados por el viento, ojos enlodados por el llanto y la tierra, cuerpos encorvados, axilas sudorosas, senos flácidos, piernas aterradas, huaraches, pies hinchados, callosos, heridos, sangrantes… cientos de mujeres caminan por la carretera, ancianas, jóvenes embarazadas, enfermas… ni el cansancio ni el quemante sol del desierto, ni las tolvaneras, ni las lluvias ni las granizadas, ni siquiera las autoridades municipales ni estatales han podido detenerlas. Sólo un hombre puede dar fin a este inenarrarable sacrificio: el presidente de la República”

Sánchez Hermosillo relató, conmovido: …fui llamado por un grupo de campesinos que querían que viera algo que no podría olvidar. Sentado sobre la banqueta un hombre, un espectro de hombre, veía agonizar en sus brazos a una niña de unos cuatro años, sí, muriéndose de hambre, el hombre también tenía hambre, pero sólo se ocupaba en llorar. ¿Qué podía decirle a aquel hombre? Nada.

Denunciarían al presidente, los abusos y corruptelas de los funcionarios y empleados de los bancos agrario y rural y de los líderes cenesitas coludidos con los explotadores y el poder oficial, además de la falta de agua para riego que no se les daba a los campesinos desde un año atrás. Aparte, demandaron la suspensión inmediata de los vales de la Conasupo manejados como en los tiempos de las “tiendas de raya”.

“Nuestros hijos necesitan alimento, la falta de trabajo hace que estemos en completa pobreza, por eso vamos a México, dijeron una y otra vez a los funcionarios estatales, municipales y federales, incluyendo a los militares que insistieron, mediante amenazas, represiones y encarcelamientos, en disolver el movimiento femenil “para no molestar a los señores gobernantes”. “A nuestros hombres los dejamos en casa, cuidando a los niños. No quisimos que ellos formaran la caravana porque fácilmente los hubieran convencido de que regresaran y esperaran una respuesta que nunca llegaría. Ya estamos hartas de las promesas que nunca se cumplen”, sentenciaron.

Entre las penurias superadas con dolor y sacrificio en el camino por parte de las 202 sampetrinas y más de 40 que se solidarizaron destacaron: edad avanzada, mala alimentación -frijoles, chile y tortillas fueron su comida básica al partir; ingesta de agua gruesa, salitrosa y maloliente, aguaceros y lluvias, vientos y tolvaneras que arrastraban a las más delgadas, males agravados por el esfuerzo, piernas paralizadas, padecimientos bronquiales originados por el mal tiempo, los mosquitos y la amenaza de víboras ocultas en la maleza.

Rosa Margarita Moreno Gómez de Flores, la autora del prólogo, señala: “Esta obra es un merecido reconocimiento a todas esas mujeres que participaron en aquella marcha que por justicia de Dios, fue fructífera y loable y sin duda alguna, está llamada a ser un referente imprescindible para observar y ser parte de los fenómenos económicos, políticos y sociales de nuestro país, tan terriblemente dañado”.

¿Y cómo cesó la represión militar?: con el Himno Nacional Mexicano cantado a coro por las audaces e inteligentes mujeres de San Pedro de las Colonias. Los militares, de arraigado patriotismo, asumieron la posición de firmes y regresaron a su posición original el rifle amenazador: asido verticalmente con la mano derecha y recargado en el hombro, sin apuntar a nadie, solo al cielo.

De mi parte, una reflexión china: -Un viaje de 1000 kilómetros, comienza con un primer paso. Un primer paso dado por las valientes sampetrinas que encontraron eco y respuesta a sus demandas en la inexpugnable residencia oficial de Los Pinos, no todas. Sin ellas, los beneficios no hubieran sido logrados. destacando: la construcción de la carretera San Pedro-Cuatrociénegas, la pavimentación de la mayor parte de las calles de San Pedro, empleando en ambas manos de obra campesina; la construcción de una clínica de servicio gratuito y dos escuelas federales; atención presidencial a las carencias y falta de mercado nacional de los candelilleros; modificaciones al sistema de vales de la Conasupo, incrementando la existencia de los artículos de primera necesidad.

Entre parques y jardines, chilaquiles y chicharrón…

POR: Higinio Esparza Ramírez

-Ve a ver qué quiere el viejito. Le ordenó el supervisor de Parques y Jardines al ayudante que riega y barre el parquecito dedicado a los precursores de la Revolución Mexicana ubicado en Madrid y Montecarlo de la colonia El Campestre de Gómez Palacio, un paseo público que en los años 90 fue severamente dañado por la “helada negra” que calcinó la floresta lagunera, acabando con aproximadamente un 90 por ciento de los árboles, incluyendo los que le daban vista y calor al jardincillo de referencia.

Se refería a mí y me sentí infundadamente agraviado, pero recapacité más tarde y esta fue mi conclusión: En la edad senil, la sensibilidad está a flor de piel y los viejos trastocamos conceptos y aptitudes, sintiéndonos solos y relegados, y supuestamente, individuos que han perdido el respeto de los demás, olvidando que ya no somos sujetos de apapachos y del tiempo que el resto de la familia emplea para mantener vigente la sobrevivencia propia y ajena. El epíteto “viejito” al que me refiero en el primer párrafo, fue dicho por interpósitas personas sin intenciones de ofender; por el contrario, se trató de una expresión de afecto y de respeto, lo cual agradezco y a la vez me disculpo por una desviada interpretación que hice del caso.

Sin embargo, confieso que el calificativo que no tuvo nada de injurioso, sino todo lo contrario, me sirve para desempolvar recuerdos de mi reciente vejez, reflejo de una vida activa que me permitió dejar huella en el azaroso camino que nos ofrece la vida, a veces sembrado de espinas y en otras abierto a la esperanza y al esfuerzo que nos lleva a mejores rumbos, diluyendo los sinsabores del pasado.

A partir del desastre causado por el fenómeno climatológico mencionado anteriormente, me hice cargo de la reposición de los árboles quemados y con el apoyo del ingeniero Taboada, un vecino que tiene su casa frente al parque -la mía se encuentra a media cuadra de distancia, a dos puertas de la nevería Chepo- llevé a cabo una reforestación general que incluyó la colocación de plantas de ornato, como lo es el árbol llamado “Ramos de novia” por su floración muy parecida a los ramilletes que lucen las novias en su matrimonio y que arrojan por la espalda como invocación de un pronto divorcio, otras plantas de gran colorido, un obelisco recién hurtado a tirones por un intruso de largas zancas, con dos hermosas flores color amarillo; tabachines que producen flores rojas con pistilo amarillo, clavel de la India, agaves y bugambilias, plantas expuestas al robo por parte de individuos e individuas delincuenciales amparados en la falta de

vigilancia en esta zona residencial donde habito desde los tiempos del alcalde Jesús Ibarra Rayas, en el 172 de la calle Budapest, para ser precisos.

Además de la reposición de los ejemplares devastados y la floresta dañada en los años 90, planté a lo largo de la larga, larga cuadra de los terrenos que ocupó la embotelladora Coca Cola, por la calle Madrid, árboles llamados “Lágrimas de San Pedro” y mimbres, ejemplares forestales que han logrado sobrevivir sin riego ni cuidados debido a la negligencia de los dueños y la nula vigilancia oficial para evitar desgastes de la vegetación y los basureros. Hago notar que ese tramo de la Madrid, desde Budapest hasta la altura del costado sur del centro comercial Alsuper, está convertido en un muladar donde aparecen pañales usados para adultos, pañales usados para niños, pañales usados para niñas, cucharitas de plástico, calcetines deshilachados, botellas vacías de bebidas embriagantes, tapabocas usados, envases de vidrio y de plástico, cajas de cartón podridas, botellitas de probióticos, colillas de cigarros y bolsas de plástico de contenido opáceo y más y más desechos que nadie recoge. Si los particulares no lo hacen, está visto que el municipio menos.

Sin afanes exhibicionistas y con el único deseo de colaborar con la comunidad en la creación y cuidado de las áreas forestales, públicas y privadas, podé, dándoles forma, a los más de quince árboles plantados por la empresa comercial mencionada, en el costado sur del edificio, por la calle Madrid, frente al segundo parque de la colonia que también busca sobrevivir luego de ser rescatado por la ambientalista Normita Córdoba, de agradable recuerdo. (Me obsequió un ciruelo y lo planté en la parte central del parque. Lo riego a diario y me responde con blancas florecitas que rivalizan con las de un limonero que la custodia, al borde de la banqueta poniente), acordándose el que suscribe, que en sus años mozos, plantó en el ejido San Carlos, más de treinta nogales y alberga en los terrenos dos tortugas de las Galápagos que se alimentan del pasto que crece en los tendidos, donde en épocas remotas la hice de cultivador de duraznos, melones, fresas y tomates. En casa., además, soy custodio de cuatro tortugas, tres chiquitas y una grandecita llamada “América”, a las que alimento a diario con lechuga y a veces nopales. Odian el pollo, el pescado y el atún, los camarones y el repollo. En una de las ramas de un limonero colgamos mi esposa y un servidor, un bebedero para colibríes, avecitas de zumbante vuelo que nos alegran la vida a mañana y tarde, secundadas por los chenchos que ofrecen a diario, en estos días, desde lo alto de una palmera que igualmente planté de chiquita en la banqueta de mi hogar, conciertos de trinos operísticos que serían la envidia del tenor lírico ligero veracruzano Javier Camarena, una estrella del bel canto con fabulosas presentaciones en Viena, Moscú, Madrid y en el teatro Isauro Martínez, de Torreón. Por lo tanto, creo que a los 84 años de edad que dice mi esposa que he cumplido, la vejez aún no me ha atiriciado de todo, y en consecuencia y con

derecho, ya no habrá más caprichos en mi dieta restaurantera, verbi gracia los chilaquiles colorados que no pican pero cómo irritan los condenados. Los tacos a la veracruzana, el huevo revuelto con jamón a la cazuela, el huevo con nopalitos eunucos, los guisos de chicharrón prensado previamente masticados por la cocinera, blanditos, pues, son más recomendables. Este es un consejo para los viejecitos y las viejecitas que han llegado a la edad dorada, “dorada”, porque todo se nos olvida. ¿Voy bien o ya me salí del tema? En fin: doy fe de mi agradecimiento eterno a Rosa María, mi apoyo y mi sostén, físico y anímico y partícipe entusiasta en esta convivencia con la flora y la fauna que nos alegran la vista y le dan ritmo al corazón. Chencho y colobrí se unen al jolgorio y en el parque, el clavel florea de puro gusto. En el jardín casero, un cactus aplaude.

Duermo, luego existo…

POR: Higinio Esparza Ramírez

-¿Vas al baño? Si… a ver si puedo. No es fácil; debajo del pantalón de estrecha salida de emergencia llevo enredados dos calzones térmicos. La vulnerabilidad senil así lo exige. Cosa curiosa: apunto al retrete pero el esmirriado surtidor sale desviado y moja el zapato. Suspiro. El héroe de dos mil batallas se zafa, se repliega y vuelve a su escondrijo a seguir dormitando. Ya ni lo veo. En mi juventud no me lo quitaba de encima…

Estoy pisando el cordón del tenis y jalo y jalo profiriendo maldiciones porque no se suelta. Un chispazo en el cerebro me aconseja levantar el pie; la agujeta se libera y la trenzo con su compañera que espera impaciente del otro lado.

Descubro que tengo puestos los dos tenis, pero no el pantalón. Me descalzo nuevamente, de rodillas extiendo y separo las perneras para facilitar el montaje. Me levanto, trato de meter las dos zancas una primero y luego la otra, pero esta última no entra, se atora y se apretuja con su par; Atolondrado me doy cuenta que la estoy introduciendo en el mismo tubo.

Asoman a mis ojos lágrimas de impotencia. –Cálmate, no te aflijas, disfruta la vida y comienza otra vez, me recomienda el rostro frustrado que refleja el espejo del tocador que tengo enfrente. Se le olvida que noche a noche batallo para desanudar los cordones del calzado y excarcelar a mis dos viejos pies que ya no aguantan las caminatas de antaño.

Sigo sentado en la cama y dos o tres minutos después me levanto y pacientemente me pongo el pantalón y enseguida calcetones y tenis deportivos. ¿Para caminar, para correr? Nooo, para sentarme en una mecedora y entregarme a la lectura, una práctica que recomiendan los especialistas para resucitar el cerebro.

Retomo los “Veintiún Cuentos” de Graham Greene, comenzando con el intitulado “La Película”: -Los demás se divierten –dijo la señora Carter .-Bueno, repuso su esposo, nosotros hemos visto… -El Buda reclinado, el Buda esmeralda, los mercados flotantes- dijo la señora Carter –Y luego cenamos y nos vamos a dormir. Si no estuvieras conmigo –dijo la señora Carter- encontrarías… sabes a qué me refiero, algún sitio de esos…

Pero el libro cae otra vez y no termino de leerlo. La misma situación padece la Biblia, con sus episodios de violencia, sangre e incestos:

…por orden del rey fueron traídos los hombres que habían acusado (de infiel) a Daniel y junto con sus mujeres y sus hijos fueron echados al foso de los leones; aun no habían llegado al fondo cuando ya los leones se habían lanzado sobre ellos y los habrían despedazado.

-Nuestro padre ya está viejo y no hay hombres que se casen con nosotras. Así que vamos a emborracharlo y acostarnos con él para tener hijos suyos… las dos hijas de Lot quedaron embarazadas por parte de su padre y a los hijos les llamaron Moab y Ben Ami (Génesis 19,20)

– El pueblo de Samaria llevará su castigo por haberse rebelado contra su Dios. Morirán a filo de espada, sus niños serán estrellados contra el suelo y las mujeres embarazadas serán abiertas en canal. (Oseas 13,14)

-Herodes se llenó de ira y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, que vivían en Belén y sus alrededores…(San Mateo 1.2

–…!Ése hombre (un comandante romano) no debe vivir! !Bórralo de este mundo! Y como seguían gritando (los judíos) y sacudiendo sus ropas y tirando polvo al aire, el comandante ordenó que metieran a Pablo en el cuartel y mandó que lo azotaran, para que confesara por qué la gente gritaba en contra suya… el comandante, al darse cuenta de que era un ciudadano romano, tuvo miedo por haberlo encadenado…(Los hechos 21,22)

–El padre y el hijo se acuestan con la misma mujer… (Amos 1,2)

–”Pero Joram, una vez que se aseguró en el trono de su padre, pasó a cuchillo a todos sus hermanos, y también a algunos jefes de Israel… (Crónicas 21,22)

(“Dios habla hoy”, título de la Biblia que me obsequió Carmelita Tostado con esta dedicatoria: “Con el anhelo de que el Sr. Higinio Esparza y su familia encuentren en la Sagrada Biblia la paz del espíritu, el gozo que la Palabra brinda… y que vivan más intensamente con Jesús Señor Nuestro que es luz, camino, verdad y vida. Afectuosamente. María del Carmen Tostado. Junio 1992)