Tiempo de Correr

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POR: Hugo Ramírez Iracheta 

DESPERTÉ abruptamente. Sin transición, de un sueño intranquilo pasé a la vigilia total. Allí, en forma permanente, me atosiga un temor indefinido.

Una desazón mayor experimentada desde días atrás persistía y el ambiente pareció lúgubre, sin esperanza. Sentí la imperiosa necesidad de correr, huir, ¿de qué o por qué? Lo ignoraba. Ese era mi ánimo cada cumpleaños.
Se afirma a los cincuenta años se comienza a vivir plenamente. Nunca he aceptado tal premisa. En lo que mí concierne la fecha representa mayor edad. Quizás, inconscientemente, rechazo la vejez. Me atemoriza la ominosa mujer vestida de negro quien, en sus esqueléticas manos, porta la guadaña segadora de vidas. Conocía su destino. Nuestra ineludible cita determinada en el mismo instante en que fui concebido.
Toda mi vida acepté no existía lugar vedado al cual el ser oscuro no pudiese llegar. Nadie, ni los forjadores de grandes imperios, los hombres más acaudalados o los políticos con mayor poder, han escapado de ella. El manto de la soledad me cubrió por entero. Y apareció la melancolía por una época no recordada, pero siempre presente y cuyo recuerdo permanecía sin evocarlo en su totalidad.
La tristeza creció rápidamente, como la mala hierba. También la soledad, la cual muchos pensamos será percibida antes de morir, sin importar el número de personas en nuestro derredor. Acepté acongojado el ineluctable fin de la existencia y pretendí apartar esa emoción. Cada cumpleaños sucedía lo mismo. Era peor ahora al haber llegado a medio siglo de existencia.
El agua tibia de la regadera reanimó mi cuerpo, pero no el ánimo. Al rasurarme, examiné las arrugas de mi imagen en el espejo. ¿Había aumentado su número? ¿Eran más profundas? Deseché el pensamiento de hacer cualquier suposición. Hubo un destello de contento al mirar el reflejo de mis ojos. Poseían la brillantez del cínico a quien sólo le importa el placer.
Ese había sido el motivo de mi divorcio diez años atrás.
Cambié el agua tibia por fría. La variación de la temperatura me hizo consciente de estar canturreando la primera estrofa de la canción “A mimanera”: El final, se acerca ya / Lo esperaré, serenamente / Ya ves, que yo he sido así / Te lo diré, sinceramente / Viví, la inmensidad / Sin conocer, jamás fronteras / Jugué, sin descansar, y a mi manera>>. La repetía una y otra vez, como un mantra.
Desnudo, fui a la cocina y preparé un café negro. Mientras lo tomaba decidí ir al restaurante Posada del Río. Quedaba cerca de mi domicilio, en la colonia Las Rosas. Vestí un traje ligero color gris claro, camisa guinda, corbata del mismo color, un poco oscura, y zapatos color café.

LUIS, el mesero, me atendió como si yo fuese millonario. No lo era, pero él entendía mi concepto del dinero. Bien empleado se consigue casi todo lo que se anhela. Una pensión de poco más de 30 mil pesos mensuales era suficiente en la búsqueda del placer.
El pianista notó mi presencia e hizo un leve movimiento de cabeza. Cantó “A mi manera”, “Yolanda” e interpretó “Yo te amo, yo tampoco”. Conocía mis gustos musicales. Siempre era recompensado.
La atención recibida y mi vestimenta atrajeron la atención de algunas damas. Una agradable mujer, en sus cuarentas, me miró. Sonrió traviesamente. Buscaba la aventura de su vida. Coqueta pero mojigata.
Así lo susurraban su cursi mirada y estudiados movimientos para mostrar un poco de carne de los muslos. A ese tipo de mujeres la novedad sexual les parece sucia. Tal vez no han gozado un orgasmo en sus vidas. Enseñarles es pérdida de tiempo cuando sólo se desea un encuentro casual.
De pronto, estaba admirando a una mujer esbelta, de cabello castaño.
Igual en hermosura a cualquiera diosa del Olimpo. Parecía tener poco más de 22 años, pero su forma de conducirse me dijeron tendría casi treinta. Además de belleza, poseía una languidez que escondía, estaba seguro, una exuberante lujuria. Estaba en compañía de una mujer madura. Hablaban de negocios, deduje.
Escribí un mensaje. Lo envié con Luis a la mujer que me impresionó. La invitaba a comer o cenar y le pedía el número de su teléfono móvil.
La dama recibió la nota. Volvió la vista hacia mí. Yo tenía tres dedos en mi palma. El índice y medio, separados, entre el hombro y el corazón. Se sorprendió levemente. Su esbozó una semisonrisa y leyó el escrito. Luego escribió en el reverso del mensaje.
Con letra cursiva había anotado el número de un teléfono celular. “Há- blame a las 13:10 horas”, indicaba.
A LAS tres de la tarde la esperaba fuera del Edificio Monterrey, donde era socia de un bufete de abogados. Así habíamos convenido telefónicamente.
-Valeria Alcocer-, se presentó formalmente al estar frente a ella.
-Gustavo Mendiola-, dije admirado de su distinguido porte.
Fuimos a comer a un restaurante bar, cerca de la calzada Colón. Ella disfrutó una sopa de almejas y filete de pescado. Yo comí un filete miñón con champiñones. Ambos nos deleitamos con duraznos en almíbar. Admiré sus movimientos. Poseían tal finura, sin afectaciones, que realzaban su innata elegancia.
Bebiendo wiski, escudriñándonos mutuamente, preguntó si necesitaba sus servicios.
-No. Sólo quería conocerte-. Su cara pareció reflejar decepción.
-Eres la mujer más bella que he conocido. Eres excepcional. Puedo robar frases de poemas de Neruda, pero estoy seguro reconocerías el plagio.
-Muy galante, pero soy abogada. Dicen que soy excelente en mi profesión.
Así que mis horarios son altos. Tendré que cobrarte como si fuese una consulta profesional.
-Está bien. Será dinero bien gastado.
-Estoy bromeando-, dijo y soltó una leve carcajada ronca.
Me sorprendió lo fácil que era charlar con ella.
-¿Por qué hiciste esa señal con tus dedos en la mañana?-, inquirió.
-Es una pregunta trivial para alguien que debe tener un IQ alto-.
-¿Sabes qué significa?-, sonrió, como si me hubiese atrapado en una
mentira.
-Es un reconocimiento a la belleza-, repuse escuetamente. Mentí. En verdad era el modo de reconocerse de un grupo social, entre cuyos fines figuraba la búsqueda del placer.
Abandonamos el restaurante minutos antes de las seis de la tarde. Dos horas maravillosas. La llevé a donde estacionaba su automóvil. Al despedirnos, le pregunté si podría hacer ese día perfecto para mí. Le propuse bailar esa noche. Me dio la dirección de un bar bohemio y me citó a las diez de la noche.
BAILABA con suavidad y soltura. Algunos parroquianos envidiaron mi suerte.
Su envidia habría sido mayor si hubiesen presenciado el ondular de su cuerpo en el lecho y escuchado sus gemidos y sibilante respiración.
Abandoné su cama casi a las cuatro de la madrugada. Al vestirme le pregunté:
-¿Nos veremos de nuevo?
-¿Sabes que voy a investigarte para saber lo más posible sobre ti?
-Es lógico. Encontrarás verdades y mentiras. Espero seas indulgente-, contesté. Ella sonrió y dijo:
-Estoy 90 por ciento segura que volveremos a vernos. Mañana, perdón, hoy sábado no trabajo. Lo dedicaré a conocer tu vida. ¿Me hablas el lunes?
-Estaba seguro de que ibas a contestar algo parecido.
-No seas presumido. Tal vez descubra algo desagradable. De ser así, no contestaré tu llamada. ¿De acuerdo?
-Gracias-, fue mi respuesta.
LLEGUÉ a casa. Realicé el ritual nocturno antes de dormir. Me acosté sobre el lado izquierdo. Oí mi corazón. Cada latido era un paso de la muerte hacia mí. Me pregunté: ¿al despertar, volvería a experimentar la necesidad de correr?
Ya no importaba. El tiempo pasado con Valeria me dio una nueva visión de vivir. Tardaría un tiempo en perder el miedo a la muerte, pero tenía un consuelo: la conciencia de la efímera existencia de la pasión y el amor.
Acaban en meses, uno o dos años. Sin embargo, lo importante era que la pasión produce satisfacción, alegría. Esas emociones se traducen en felicidad.
Lo trascendente era alcanzarla. Si se lograba por medio del placer, qué bien.
La somnolencia llegó. Sin ser consciente de ello, mis rodillas subieron y curvé la espalda. Estaba en posición fetal, muy parecida a la de los atletas en la línea de salida, listos para correr.

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