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Reflexiones Amorosas

EL SIMIENTE, ES LA PALABRA DE DIOS

POR: Antonio Fernández

“Y lo caído en la buena tierra, son aquellos que oyeron el corazón recto y bien dispuesto y guardan consigo la palabra y dan fruto en la perseverancia” (Lc. 8, 15)

Cristo Nuestro Señor enseña por medio de parábolas, tiene una razón el cambio de forma de enseñanza basada en la fuerza de su palabra; “Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni comprenden” De las parábolas se sirvió con frecuencia para despertar y atraer la atención en sus oyentes sobre la doctrina que predica, la muchedumbre que le sigue no encuentra respuesta a su predicación que por lo general está adaptada a la actividad y costumbre de la región donde se encontraba, siendo real en la gente la necesidad espiritual y que su comportamiento ofende a Dios, llegaban a la conclusión de corregir su conducta de no ser así no tendrán participación de las promesas que el Señor les da a conocer, no expuso puntos de su doctrina con claridad porque no entenderían lo tomarían a la ligera, perdiendo interés, por ello quiere se atienda la profecía de Isaías 765 años a de C; “Oiréis pero no comprenderéis, veréis y no conoceréis. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, y sus oídos oyen mal, y cierran los ojos de miedo que vean con sus ojos, y oigan con sus oídos, y comprendan con su corazón, se conviertan y Yo los sane”. La profecía muestra a la cerrazón del pueblo que Jesús vendrá a salvar del pecado, ya en ese tiempo se negaba escuchar la palabra de Dios, no nos alarmemos de ellos, alarmémonos de la humanidad que está en este siglo, la profecía de Isaías se extiende a la humanidad de hoy, su sentencia la vemos en los millones de personas que habitan el planeta; ¿Que ha pasado que ya no son cimiente a recibir la palabra de Dios? Así, como fue ayer hoy no se escucha, de escucharse es sin interés, no hay deseo de querer comprender su palabra menos guardarla en el corazón, menos ser guía de vida en este mundo, dado que el Señor conoce el sentir al interior de las almas de su enseñanza conoce la falta de interés y no hay cabida en su interior a reconocer su divinidad, esto ve y más en cada persona que dice seguirle, por ello prefirió la enseñanza por parábolas, así la gente escucharía y al volver a su lugar de origen iría repasando en la mente o en comentarios lo que no entendían llegando por sí solos a entender el contenido que de momento no encontraron razón, en ese mascullar la parábola al comprenderla tomarla como norma de vida así debió ser en algunos, pero como es la conducta humana en nuestro siglo XXI, todos continuaron igual. Con este conocimiento vamos a la parábola del sembrador; “Como se juntase una gran multitud, y además los que venían a Él de todas las ciudades, dijo en parábola; “El sembrador salió a sembrar su simiente. Y al sembrar, una semilla cayó a lo largo del camino; y fue pisada y la comieron las aves del cielo; Otra cayó en la piedra y, nacida, se secó por no tener humedad”; Otra cayó en medio de los abrojos, y los abrojos, que nacieron juntamente con ella, la sofocaron”. Y otra cayó en buena tierra, y brotando dio fruto centuplicado. Diciendo esto clamó: ¡Quien tiene oídos para oír, oiga!”. Tenemos A la vista cuatro señalamientos y al final una sentencia. Muchos dirán: “Eso no es conmigo, haya los que dicen querer salvarse”, Lamentable actitud pensar así, error grave querer desmarcarse de una verdad que ningún ser humano puede hacerlo o querer decir “¡Yo no!” En ello estamos todos. En la parábola del sembrador Cristo Nuestro Señor da oportunidad a profundizar en ella en especial al incrédulo, al pecador, al impío, descreído como al escéptico y cuanta clase de corrientes de pensamiento como de personas negadoras de la divinidad del Señor dan conocer su actitud con relación a su palabra que como Dios en forma de semilla desea depositar en su corazón.

El sembrador es el Señor, la semilla su doctrina, al predicarla se rechaza lanzándola fuera del camino de la vida por el ser humano: “¡Que otro la escuche si le interesa!”, ¡No la quiero! Entonces vendrán los ángeles del demonio y se posesionaran de esa alma; la segunda, la palabra del Señor va directa al corazón a que se inflame de amor por amarle y servirle, pero su corazón es una piedra endurecida por la inmoralidad, vicio, drogadicción, depravación y todo envilecimiento, la palabra del Señor busca ahondar en esa dureza, pero la obstinación hace persista en la necedad; La tercera, cae en el abrojo una mala hierba engañosa, se presenta en principio la semilla al salir por sobre la superficie

asemejándose en aquellos que al oír la palabra del Señor hacen propósitos de enmienda, de oración y hacer obras buenas, en fin múltiples propósitos que se desvanecen, atraídos por los disfrutes y tentaciones que ofrece el mundo, se prefiere seguirlo dejando para un después que nunca llegará los propósito que lo animaron, fue un arranque de caballo de carrera y parar de mula; pocos son los que la reciben y se disponen conservarla para alimentarse de ella cada día de la vida y sea el Señor punto central de buenas obras según la disposición que por ellas se realiza, atrayendo la palabra del Señor; “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”. Está parte es para quienes por su fe y confianza en Dios quieran ser de los elegidos es ganarse esa selección.

Y como en esos pocos están sus discípulos acercándose al Señor le dieron a conocer el deseo de que les explicará la parábola, enseñanza que escucharon, obvio que les emociono quedando guardada en su interior para el m omento en que a la venida del Espíritu Santo será recordado este misterio del Señor, comprendido y dispuesto a la evangelización a ellos confiada del mundo. Imaginemos el cuadro esplendoroso donde el Divino Maestro reunido con sus discípulos se dispone paciente a explicar la enseñanza doctrinal que recibirán de su Maestro; “Sus discípulos le preguntaron lo que significaba está parábola;” Les dijo: A vosotros ha sido dado a conocer los misterios del reino de Dios; en cuanto a los demás (se les habla) por parábolas para que, mirando, no vean; y oyendo no entiendan”. El Señor instruye, de ello San Gregorio explica;” Él Señor se dignó exponer lo que decía, para que aprendamos nosotros a buscar el sentido de lo que por sí mismo no quiso explicar” Por ello comprendemos será irremplazable todo comentario legítimo que se haga a la palabra de Dios y dijo el Señor a sus discípulos; “La Parábola es esta: La simiente es la palabra de Dios”. Revelada por Él la comunica a todos los seres humanos la palabra confiada por Dios Padre a su amado hijo y Él a sus Apóstoles y de ahí a sus sucesores. Comparemos su palabra a una semilla que es el Evangelio, convertido en la fuerza de Dios para salvación de las almas, reza San Pablo; “Porque en Él se revela la justicia que es de Dios, mediante fe para fe, según esta escrito: El justo vivirá por la fe”.

“Los de junto al camino, son los que han oído; más luego viene el diablo, y saca afuera del corazón la palabra para que no crean y se salven”. Con relación a su doctrina, mandamiento y evangelio que vienen de su palabra, ante el primer obstáculo todo impulso eufórico de “Yo cambiare” “Me confesare” “Hare mis oraciones” y más viene al suelo cuando el demonio presenta la tentación sugestiva la siguió y se perdió. “La de la sobre la piedra, son aquellos que al oír la palabra la reciben con gusto, pero carecen de raíz; creen por un tiempo, y a la hora de la prueba, apostatan”. Esos llegan a practicar el bien, este bien no da raíces profundas en el corazón, cuando viene la tribulación, persecución y el escándalo se cohíben huyen del buen propósito prefieren estar apartados de Dios.

“Lo caído entre los abrojos, son los que oyen, más siguiendo su camino son sofocados por los afanes de la riqueza y los placeres de la vida, y no llegan a madurar” Ese hizo actos, pero la debilidad le distrajeron en las cosas de la vida y todo propósito fue estéril al distraerse en cosas de ningún valor.

“Y lo caído en la buena tierra, son aquellos que oyeron el corazón recto y bien dispuesto y guardan consigo la palabra y dan fruto en la perseverancia”. ¿Cómo habremos de hacer para que nuestro corazón sea buena tierra? Que siempre esté dispuesta con amor a recibir la semilla de su palabra; a esforzarse luchando por ser una tierra fértil humedecida por la gracia de Dios, labrada y abonada con el cuidado perseverante, vigilar que no venga el diablo a robar de la semilla el fruto, hacer de lado la cizaña de la vanidad, codicia y malas concupiscencias, mantener a raya a los enemigos interiores del cuerpo resistiéndose de ellos, evitar el endurecimiento del corazón no caer en los excesivos cuidados. Conservar el alma en condiciones de que la semilla sembrada en ella fructifique en obras como reza el Padre Nuestro; “Danos el pan de cada día” Por lo que se habrá de retener que la cimiente es la palabra de Dios, y quien así se empeñe en ello dirá el Señor; “Venid a mi bendito de mi Padre”.

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