Radiografía de un asesino seductor

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POR: Hugo Ramírez Iracheta

JAMES Bond es el espía de ficción tal vez más famoso del mundo. Diestro en el arte de matar y seducir mujeres bellas, es el ídolo de individuos ansiosos de ser como él: hombres valerosos que salvan al mundo de personajes malvados y conquistan voluptuosas damas. Las mujeres, por su parte, anhelan una cita erótica con el sibarita 007 para convertirse en dueñas de su amor y protección.

Ian Fleming, novelista británico a quien la publicidad lo ubica como miembro del MI6 en la época de la Guerra Fría, creó a James Bond, un agente de ese servicio de inteligencia. Le confirió la ficticia clasificación doble cero, la cual le otorga licencia para suprimir a enemigos del Reino Unido.

Es heredero de algunas características de los detectives Sam Spade y Phillip Marlowe, imaginados por los escritores de “novela negra” gringa Dashiell Hammet y Raymond Chandler: cínicos, sarcásticos y dueños de un provocativo humor negro. También de un gran sentido de lealtad. La de Sam y Phillip era para la honestidad y la verdad. En el caso del inglés, hacia el MI6, más que a la patria.

Spade y Marlowe fueron categorizados por los intelectuales de la época como protagonistas de literatura de evasión. Si bien hubo quienes señalaron que por las descripciones psicológicas y el dominio del lenguaje sus aventuras podrían considerarse literatura “mayor”.

Para los conocedores de novelas de espionaje, el agente 007 no es un espía, sino un psicópata enrolado en un servicio de inteligencia de Gran Bretaña, ataviado con atributos de caballero inglés.

El espionaje en el mundo real es realizado, generalmente, por burócratas, carentes del glamour de Bond. Un retrato fiel de los espías lo hizo un conocedor de las trapacerías que se esconden en la diplomacia, el novelista británico David John Moore Cornwall, mejor conocido por el seudónimo de John Le Carré.

Según Le Carré, su apariencia es por demás ordinaria, tan gris que su presencia pasa inadvertida. Una verdadera excepción fue Kim Philby, aspirante a pertenecer a la aristocracia, a la cual no pudo acceder, pero sí lo hizo al MI6, donde espió para los rusos durante tres décadas. Su nombre fue Harold Adrian Rosell Philby.

Nunca mató a nadie personalmente, pero fue culpable de decenas de muertes al delatar a espías del servicio de inteligencia para “el que trabajaba”. También tuvo

un importante puesto en una sección del Pentágono, que posteriormente se transformó en la CIA. La única lealtad de Kim Philby fue para la KGB.

El mítico Bond tal vez no hubiese alcanzado la popularidad de la cual goza de no ser por un elogio del presidente John Kennedy. Según una anécdota, Kennedy realizaba un largo viaje en el avión presidencial. Para pasar el tiempo, comenzó a leer una novela de espionaje. El libro era de Fleming.

Los reporteros conocieron lo anterior y surgió la pregunta: ¿el Presidente de la nación más poderosa lee libros de aventuras? A la curiosidad reporteril Kennedy comentó que Bond era un ejemplo a seguir por sus habilidades y patriotismo. Los estadunidenses, que idolatraban a su presidente, se aficionaron a las aventuras de 007.

Graduado de Eton College, reportero, ex espía del MI6, Fleming comenzó su aventura literaria a los 45 años de edad. La buena prosa del autor, las descripciones de lances amorosos de Bond, los combates con todo tipo de armas y luchas cuerpo a cuerpo, así como las situaciones exageradas que afrontaba, descritas con destreza, fácilmente lo convirtieron en ídolo en una sociedad consumista.

El estereotipo fue un éxito editorial y cinematográfico. Han surgido otras figuras violentas en situaciones extraordinarias. Ninguna ha llegado al límbico sitio de James Bond.

Sin embargo, hay una figura que destaca en las novelas de espionaje. Ésta creada por Trevanian, sinónimo del estadunidense Rodney William Witaquer. Su novela Shibumi es considerada de culto y su protagonista, Nicolai Hel, la máxima representación en el espionaje imaginario.

Nicolai es políglota; experto en el Go (juego japonés considerado más intrincado y difícil que el ajedrez); con habilidades casi sobrehumanas; diletante sexual, la buena mesa y aspirante a lograr el estado shibumi, que significa en el budismo zen acceder a la iluminación. Para alcanzar ese nivel de conciencia perfecta se requiere gran voluntad, disciplina y años de arduo entrenamiento.

Hel es un asesino consumado. No tiene parecido alguno con Bond. Son distintos en aspiraciones profesionales por la formación filosófica y guerrera del primero y la perspectiva sociopolítica del segundo.

Hay quienes afirman que Shibumi posee calidad literaria por la profundidad de los análisis antropológicos y sociológicos de las relaciones internacionales, tanto

de gobiernos como de grupos de poder con grandes influencias económicas y políticas.

El oponente a la idolatría a James Bond llegó en un solo volumen. Trevanian se negó a escribir más sobre Nicolai Hel después de Shibumi, publicada en 1979. Pero hay una precuela, Satori, publicada en 2011, escrita por Don Wislow, autor estadunidense que toma el estilo de Trevanian, sin superarlo.

De cualquier manera, los fanáticos de Trevanian estiman que esta única obra, Shibumi, hace palidecer a los 13 libros sobre James Bond. Incluyendo a las películas jolivudences, que empobrecen la imaginación y escritura de Fleming.

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