Periodismo a merced del mejor postor

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POR: Hugo Ramírez Iracheta

Por alguna razón desconocida, la gente espera del periodismo no sólo honestidad. También confían se haga con visión de servicio social. Sin embargo, el capitalismo salvaje no permite hacer realidad este pensamiento utópico. ¿Cómo podría hacerlo si el contexto del sistema económico que nos rige lo vuelve un negocio sucio? En los negocios sucios unos se aprovechan de otros.

El concepto negocio define la actividad o método aplicado para obtener utilidades. También se entiende como el quehacer que reditúa beneficios por la venta, renta e intercambio de productos y servicios, los cuales satisfacen las necesidades del grupo social. Siempre ha sido una práctica ventajista, pero ahora la corrupción es su distintivo. Nadie se salva de sus perjuicios y pocos son quienes la rechazan.

Los negocios sucios no tienen límite para la voracidad y la codicia. Es igual en muchas partes del mundo. Igual prevalece la idea de que la divulgación de noticias acata normas morales y éticas. En nuestra nación, antes y después de la revolución, hubo periodismo independiente. Un ejemplo es el duranguense Ricardo Flores Magón.

En esa época la mayoría de los periódicos favorecían a quien estaba en el poder. Su rasgo distintivo era esconder los yerros del poder de facto; ensalzar todas sus acciones y convencer a los ciudadanos de que el gobierno trabajaba para el pueblo. Porfirio Díaz, un héroe durante la invasión francesa, se enquistó en el poder durante 31 años.

Los periódicos importantes de ese tiempo se desvivían en halagos al dictador. Aún en la actualidad hay quienes creen que la construcción del ferrocarril fue útil a la nación. En realidad, los únicos beneficiados fueron empresarios extranjeros y los acaudalados. Utilizaban el sistema ferroviario para mover materias primas y productos terminados.

La plebe sólo veía pasar los trenes. Fue hasta la revolución de 1910 cuando se “pusieron” al servicio del pueblo. En ellos se transportaba a los insurgentes.

Existen muchas definiciones del periodismo. Ésta es una de ellas: “… además de difundir acontecimientos de relevancia para el grupo social, es también una ciencia que combina la recopilación, verificación, síntesis y clarificación de la información acreditada como relevante y cierta, la cual servirá a los ciudadanos en el seguimiento escrupuloso de los asuntos de interés público o potencialmente capaces de afectar sus vidas”. (Wikipedia).

Un análisis nos permitirá saber que los dueños de medios de comunicación, reporteros y periodistas no se rigen por ningún código de ética. Las noticias políticas dejaron de ser informativas y las han convertido en propaganda. Son presentadas tergiversadas o falsas, según convenga a gobernantes, políticos o empresarios corruptos. Todos agrupados en la inmoralidad.

Aquí es donde aparece un problema social no reconocido, mucho menos resuelto. La ciudadanía requiere información veraz y oportuna, pero no le da. Casi todos los medios, sobre todo los grandes, han sido copados por el capitalismo salvaje. Y esto sucede en la mayor parte del planeta. Se engaña al público, se le confunde y manipula para impedir que tenga consciencia del acontecer político.

Para engañar se utilizan los distintos géneros del periodismo. Entre ellos destacan los informativos, pero se utilizan hasta programas frívolos. Entre ellos los de espectáculos, sobre todo del cine. El más usado es la noticia. La desinformación se encuentra en notas. Pero también se le encuentra en reportajes, editoriales, artículos de opinión, columnas, entrevistas y crónicas. Se expresan mal y sin pruebas. La falta de integridad es presentada como crítica.

Los noticieros son los más usados para desinformar. Las “notas” que dan los periodistas están muy alejadas de la realidad. Los medios de comunicación y los periodistas, muchos de ellos sin credibilidad, mienten. Se aferran a uno de los principios de Joseph Goebbels, jefe de propaganda de Hitler: Una mentira repetida miles de veces puede llegar a aceptarse como una verdad. La cita no es textual.

Existen códigos morales y éticos para una actividad que debería ser tutelada por estas disciplinas, pero casi no se aplican por no convenir a la mayoría de los dueños de medios. Anteponen el interés económico y obligan a sus empleados a preferir la corrupción. Por otro lado, son muchos los periodistas que prefieren ganar mucho con poco esfuerzo, aunque como en toda regla, existen sus honrosas excepciones que se rigen con responsabilidad y ética al ejercer su oficio periodístico.

Este es el triste panorama del negocio de informar donde, por práctica mayoritaria, pierde la ética y el capitalismo salvaje obtiene, otra vez, la victoria.

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