Notitas Educativas

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LOS LÍMITES

POR: Karina García Vázquez

Muchas veces como padres no tenemos en claro por qué deben existir los límites, para qué sirven, por que debo de establecerlos en que benefician o en qué medida pueden afectar a mis hijos y qué consecuencias generan la justa y correcta aplicación de los mismos. Si bien podemos exponer el tema de «Los Límites» desde diferentes contextos de nuestra vida, en esta ocasión me referiré a los límites y a su aplicación en la educación a nuestros hijos.¿QUÈ SON LOS LÌMITES? Y CUAL ES SU IMPORTANCIA
• contener
• guiar
• proteger
• prevenir
La Crisis de autoridad que existe en nuestra actualidad junto con el manejo de esta misma en nuestras familias es muy criticado. El padre y la madre imponen las normas, ellos corrigen y castigan o premian. Pero el padre es el que tiene la última palabra, en él reside la responsabilidad económica, social y moral de la familia. Es esta una dinámica que ha funcionado durante siglos y todavía funciona en muchas familias. ¿Cuáles son las ventajas del estilo autocrático? El poder y la responsabilidad están concentrados en el padre y la madre, no se comparten con los hijos; es una manera rápida y económica de manejar la familia, siempre y cuando los hijos sean obedientes o sometidos. ¿Pero cuáles son sus desventajas? Cuando todo depende de Papá y Mamá, los niños tienen poca oportunidad para tener iniciativa y a participar. Los niños no han aprendido como funcionar en grupo, a cooperar o a contribuir con ideas nuevas. Sólo saben obedecer y a responder al miedo que sienten frente a las exigencias y a los castigos de Papá y Mamá.
Pero hay familias donde esto ha dejado de funcionar. Estas son familias donde el estilo autocrático se ha resquebrajado y los padres no han encontrado todavía la manera para que los niños asuman sus responsabilidades, sean obedientes y cumplan con las normas de la familia. Estas son familias donde nadie está contento y donde hay mucha tensión o «stress». Son familias donde surgen constantemente pequeñas crisis de autoridad y, a veces, a crisis más grandes, los padres no saben qué hacer, porqué sienten que están perdiendo el control sobre los niños y temen perderlo completamente.
Las crisis son buenas y son sanas, siempre y cuando tengamos la fortaleza de encararlas y examinarlas, son buenas porque nos obligan a darnos cuenta que la familia no está bien y son sanas porque nos obligan a actuar, a cambiar.
Recordemos que en una familia con un estilo autocrático, los niños aprenden a obedecer y/o rebelarse, sin embargo no hay lugar para la participación y cooperación. Es un estilo que no promueve la verdadera fortaleza emocional y espiritual, ni la responsabilidad, y el tipo de liderazgo que los niños aprenden es un liderazgo opresor y no uno que invita la iniciativa y la creatividad del grupo. Los niños crecen en un ambiente autocrático y tienen dificultad para ajustarse al mundo moderno.
¿Cómo cambiar cuando hay crisis de autoridad en la familia? El cambio que les propongo es un cambio hacia un manejo más democrático de la disciplina en el hogar.
No estoy hablando a una ausencia de normas, ni siquiera una disminución de normas. A lo que me refiero es que en vez de que las normas vengan impuestas desde los padres, estas normas van a surgir de los diferentes miembros de la familia, de los miembros que las tienen que cumplir.
Hay que compartir el poder y la autoridad con nuestros hijos, que la familia ha tradicionalmente colocado en los padres. Si las responsabilidades y las normas son discutidas y no impuestas, los niños se van a sentir muy importantes, se van a sentir tomados en cuenta y van a estar listos para asumir sus responsabilidades.
A través de éste sistema nosotros como padres, estaremos promoviendo la cooperación de nuestros hijos, su auto responsabilidad, su iniciativa, la comprensión de las necesidades de las normas, la comprensión de la necesidad del respeto hacia el otro, respeto por su espacio y respeto por su tiempo.
El ser humano logra bienestar si, en sus relaciones consigo mismo y con los demás, se mantiene en esos límites, moviéndose con libertad en ellos. En cambio, si despliega una búsqueda de sí o de los otros, creando objetivos y expectativas fuera de esos límites personales, se siente mal. En tal caso, sus capacidades y aptitudes de ser intentan sobrepasar su realidad. Entonces, vive una fantasía o bien sufre la angustia y frustración de no alcanzarse a sí, ni comprender a los otros.
El gran peligro reside en ver en el límite sólo su aspecto negativo-empobrecedor: lo que nos quita y nos prohíbe.
Hay que entender que también los límites son EDUCATIVOS.
• Porque ayudan al niño a salir de su narcisismo y a prepararse para amar. «Cuando la madre le pone una condición: «te dejo ver la televisión si ordenas el cuarto» o plantea una renuncia o un sacrificio por amor («no pidas este juguete porque papá anda con poco dinero «Esto hace que el hijo deje su narcisismo (al quererse a sí mismo por sobre todos los demás) y vaya aprendiendo el verdadero amor de vincular desde sus primeras relaciones afectivas. Reconocer el deseo del otro es uno de los rasgos más importantes de madurez.
• Porque ayudan a la persona a desarrollar el respeto a la autoridad. «No puede haber socialización ni verdadero sentido de la justicia si no se renuncia al principio del propio placer y al interés egocéntrico». El deseo o el principio del propio placer tiene sus propias leyes. Su consigna es: ¡»Quiero todo Ya!..!» El límite pone fin a esta fantasía de ilimitación y omnipotencia. Así, los límites nos ubican en la puerta de la satisfacción más profunda de la persona. Si el niño o el adolescente permanecen en un estado de ilimitación, de satisfacción espontánea de sus continuas demandas, nunca llegarán a la madurez humana. En ese caso, no hay educación sin una adecuada dosis de frustración. Porque toda educación supone la reducción del deseo y de la fantasía de omnipotencia.

• Porque al limitarnos la realidad es que no somos omnipotentes. La vida muchas veces nos dice «no» y, si no sabemos aceptarlo, vivimos resentidos. Por ello la educación tiene que llevar a la persona a comprender y aceptar que no todo saldrá siempre según su deseo, que no siempre logrará lo que se propone. Esto se denomina tolerancia a la frustración y es un rasgo fundamental de la personalidad madura. Quien no lo adquiere será un caprichoso consentido, aunque tenga 40 o 65 años. «Entonces, cuando papá dice «basta» o «no hay más» o «espera un ratito le está adelantando situaciones que tendrá que experimentar, lo está ayudando a ubicarse».

El establecimiento de límites es esencial a la hora de educar.
Para poner un límite generalmente la gente piensa que se requiere ejercer violencia, agresividad y por tal motivo suele esperar hasta que la situación estalle. Mientras tanto los límites se van poniendo flojos, elásticos y parece que no existen. Esto causa mucho desconcierto a las personas que dependen de nosotros, especialmente los hijos.
La palabra clave es firmeza, y la firmeza tiene que ver con la seguridad interna, con autoestima.
Mucha gente confunde esta seguridad con estar enojados y la única forma de poner límites es enojándose y la verdad es que no debería ser así.
El ejemplo que se les brinde dentro de la familia será decisivo para la construcción de sí mismos.
EL LIMITE ES EL VALOR IDENTIFICADOR DE CADA PERSONA
Algo está bien definido cuando sabemos lo que es y lo que no es. Una persona tiene una identidad definida cuando sabe quién es y quién no es, cuando sabe lo que piensa, siente y quiere. Pero al mismo tiempo, sabiendo esto sabe lo que no piensa, lo que no siente y lo que no quiere, lo que no puede y lo que no debe. Sabe quién es, qué lo diferencia de los otros, y no se confunde con ello. Esto le da conciencia de su identidad.
En sus relaciones sociales actuales y futuras, los niños tienen que reconocer y valorar su propia identidad y la de los demás. El amor sólo es posible entre dos personas, dos seres con su propia identidad. Sin identidad no hay amor sino sometimiento y posesión.
Es menos problema (en apariencia) dar permisos y no tener que escuchar reclamos o frases como «te odio» o «lo que pasa es que tú no me quieres», entre tantas otras que suelen brotar de la boca de los adolescentes cuando se les dice simplemente: «NO»
Es preciso marcar los límites y explicar el porqué de una situación. El no por el «no», termina siendo un acto de violencia de los padres hacia sus hijos, quienes finalmente no comprenden el fundamento de la decisión tomada por los adultos. Poner límites, con seguridad y convicción, pero, por sobre todas las cosas, con AMOR.
La falta de capacidad de los padres para poner límites a los jóvenes es sin dudas uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Todos hablan de la necesidad de poner límites a los adolescentes, pero nadie se siente encargado de hacerlo: la tarea siempre le corresponde al otro. Los profesores dicen de sus alumnos: «Sí en la casa no les ponen límites, ¿Qué podemos hacer nosotros?» Los padres responden: «La escuela está en crisis, nuestros hijos se «desata» allí. La culpa no es nuestra» Todos estamos convencidos de que tener límites es bueno para la persona pero nadie quiere asumir la difícil tarea de establecerlos.
Jaime Barylko ha dado una explicación de este desentendimiento de los mayores: «El Siglo XX ha sido el siglo de la permisividad, un tiempo en el cual los padres que habían experimentado exceso de autoridad, creyeron que lo mejor que podía pasarles a sus hijos era la permisividad
Tenemos que reencontrar el sentido de educar en los límites. Si seguimos viendo el problema desde lejos, nunca daremos los pasos necesarios para comenzar a realizar esta tarea tan ardua. Y a ello tal vez nos ayude el recordar por qué los límites hacen bien y son educativos, y en qué sentido contribuyen a lograr la madurez psicológica.
A veces el solo hecho de nombrar la palabra límites molesta, pues parecería que si estamos «limitando», estamos cortando las posibilidades de nuestros hijos. Sin embargo, la palabra límite no tiene que ver con limitación, sino con protección, nosotros ponemos límites a nuestros hijos para protegerlos y para protegernos. Desafortunadamente, muchos de nosotros no hemos aprendido a poner límites.
Poner límites en la educación de los hijos ayudará a que aprendan a tomar decisiones en su vida en el momento correcto. Los adultos frente a sus propios hijos, quedan frecuentemente sorprendidos y desorientados por las pretensiones del chiquito, y es cuando se repiten las mismas preguntas que se formularon en variadas oportunidades:
• ¿Para que acepten un límite, es necesario prohibir todo?
• ¿Existe alguna forma de poner límites sin reprimir?
Muchas veces se cree que los mismos deben ir acompañados de gritos, penitencias, castigos o insultos; y otras tantas se considera que al aplicar un límite a un niño se le está reprimiendo en su deseo y es propio de una política autoritaria en la cual los padres no están de acuerdo.
¡Qué difícil es para los padres darse cuenta en qué momento poner un límite a sus hijos!
Es importante entender al niño, dialogar con él, permitirle explorar y crecer en libertad. Ayudar al niño a poner en palabras lo que siente, darle un espacio para que se exprese. Acompañarlo en su crecimiento.
Por eso cada familia tiene sus propias reglas, el peligro de ahora es que los padres se olvidan de imponerlas, y con eso de que no les puedes pegar ni gritar, se van al otro extremo, los dejan sin reglas y sin autoridad o disciplina. Lograr imponer reglas es difícil, pero hay que recordar que los extremos son malos; aquí es donde entrará la habilidad de los padres para negociar la situación.
Lo que pasa es que a veces, los padres se sienten culpables y les dan todo y cuando las cosas se salen de los límites, sigue la agresión. Lo que hacen los gritos es infundir temor y desorganización al niño, y si se eleva el volumen de la voz para pedirle que atienda, no lo escuchará, porque el pánico lo va a invadir. Además, alguien que te grita no te inspira respeto, sino temor. Y en un momento dado, cuando los hijos tengan edad, también te van a gritar, y cada vez más!!!!
Éxito nos leemos en la próxima

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