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Los pepenadores se salvan a sí mismos

POR: José Luis Urdaibay R.

El reciclaje es imperativo para salvar al planeta de la contaminación de millones de toneladas de basura que el hombre produce a diario, pero para muchas personas la intención de recolectar y separar desechos no se mejorar el calentamiento global, es cuestión de salvarse a sí mismos y no morir de inanición.

Juntar plástico, cartón, latas u otros objetos es su modus vivendi que venden por unos pesos que luego intercambian por comida para saciar el hambre y el de sus familias, así día a día la van pasando.

Cuando la ciudad empieza a despertar, ellos salen a pepenar cargados de esperanzas y sueños en un viejo triciclo que poco a poco y a lo largo del día van llenando de botellas de plástico blando y duro, cartón, y latas de aluminio. De acuerdo con esta genealogía ecológica, se le puede agregar el papel, sólo como archivo: También es dinero, dice uno de los señores del triciclo de carga.

Van, los Dones, casi en exclusiva mayoría, sudorosos, por las calles del centro, y las colonias bien. -Es donde sale más-, aseguran los señores de la tricicleta que algunos pedalean y otros empujan su vehículo que por la noche se convierte en su refugio, cubierto de cartón duermen rodeados de sus vigilantes, amigos fieles e inseparables que olfatean cualquier peligro para ponerlos en alerta con sus ladridos.

No regresar con la caja vacía, ese es el reto, por lo menos sus tres bolsas de botellas, que les darán unos 80 pesos, si alcanzan abierto, el lugar de acopio donde les reciben la pepena.

Tribu urbana disgregada, pero con el mismo objetivo. Trazan su ruta por las calles de la ciudad, cargando su noche a cuestas, vuelan a veces, con alas de cartón corrugado, parecen mariposas, corrompidas; de ahí brotará, un litro de leche, o al menos, la tortilla y la sal.

Los señores del triciclo carguero, arrancan temprano. Lo ideal es ganarle al camión de las basuras, al pepenador de a pie, a la señora que llega con todo y niños; a lo mejor, hoy si, obtengan en poco tiempo un gran peso, con menos esfuerzo y pedaleo. Sueños de barrio. Realidad cuesta abajo, en esta ciudad que venció al desierto.

Los recolectores de basura no saben del bien ecológico que hacen a la comunidad al separar los desperdicios que otros transformaran para para ser reutilizados. Su

afán es llenar hasta el tope la caja de tres ruedas para que al momento de la pesada recibir más dinero.

Según doña Silvia comenta que llegan a su casa los del triciclo, en la Colonia San Isidro a sabiendas que ahí encontrarán separadas ya las bolsas con botellas de plástico o latas de cervezas, esas salen mucho cuando hacen fiesta sus hijos, esa misma práctica se repite en varios domicilios de la colonia, no tanto por ayudar a los recolectores, sino para que no les hagan tiradero los perros de la calle que andan en busca de comida.

Una ganancia, para el chivo o la chela, de perdis, de unos- si el cajón va lleno de botellas y cartón-, es de unos 190, a 200 pesos según lo que dé el súper costal de acopio, una vez pesado por kilo.

Los patrones vinculados al materialismo que vivimos en nuestra ciudad, hacen fluir la búsqueda creativa de algunas personas, que salen a temprana hora a la calle a sostener el núcleo familiar, porque no les queda de otra, no hay trabajo que les de seguro social ni sueldo que alcance para vivir mejor, por eso se resignan a seguir pedaleando y a empujar a pie su triciclo para asegurar la carga.

Las formas de cambio, en las costumbres que llevan a las señoras de casa, que separan las botellas del resto de la basura, son el inicio de un principio humanista, más que ecológico y que da de comer a los demás.

Lo que ese gesto intenta decir, es que un cambio aquí, mueve el aleteo de una mariposa. Y su espejo el cambio, en la naturaleza, uno pequeño cambio, pero significativo.

Y deberíamos elevar, ahora, en la pos modernidad, un monumento, a los señores, del triciclo que con su cansino pedalear… llevan y traen, plásticos, que no terminarán en la alcantarilla, ni en los ríos y mares.

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