Ilusiones

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POR: Hugo Ramírez Iracheta 

ANHELO. Además del anhelo de obtener poder, dinero y fama, otro factor al que aspira el ser humano es amar y ser amado. Este deseo se confunde fácilmente con la necesidad de recibir y dar ese sentimiento. También es común no reconocer las diferencias existentes entre enamoramiento, pasión y amor. El enamoramiento es una característica (entre otras muchas), cuyos rasgos son la alegría y la fuerte atracción de una persona hacia otra. La pasión, entre otras concepciones que se le adjudican, está el afecto desordenado del ánimo. También se le identifica con el amor y la atracción sexual. La persona apasionada deja de lado la racionalidad y se comportan de manera emocional. En otras palabras, la pasión es dirigida por la emoción, no por el cerebro. El amor es, según Erich Fromm, el sentimiento de afecto, el respeto, la responsabilidad y el cuidado por la persona objeto de nuestro cariño. La confusión de los conceptos citados termina con matrimonios y uniones libres. El enamoramiento, que suele ser siempre una idealización de la persona amada, finaliza con el trato cotidiano y el conocimiento de la personalidad real de a quienes se cree amar. La pasión, que exacerba la sensualidad y la sexualidad, acaba cuando al cabo de tres meses, cuatro a lo máximo, deja exangües de hormonas a los amantes que creyeron y juraron se amarían eternamente. Sin embargo, el amor construido en el conocimiento de las necesidades del otro/a, y se fija el objetivo de satisfacerlas, respetar sus deseos, se le apoya en lograrlos, se aceptan sus defectos y virtudes y se le protege, entonces es verdadero amor, el cual debe sostenerse con disciplina, puesto que no es ningún regalo divino, sino el esfuerzo de cada persona para mantener latente el amor.
YAPA´QUE. El incumplimiento de las promesas es, además del abuso del poder, uno de los rasgos distintivos de todo mal político. Por tal razón, quienes vieron y escucharon en televisión o leyeron en los periódicos el ofrecimiento del presidente Enrique Peña Nieto, de que en su último año de gobierno se redoblarán esfuerzos en el combate contra los homicidios dolosos en 50 municipios donde se ha detectado este tipo de delitos, la mayoría no creyó en sus palabras. Si en cinco años no se detuvo el índice de asesinatos, y en el tiempo que resta de una administración federal donde cada quien trabaja para no quedar fuera de la corrupción política, es un objetivo difícil de cumplir y, por lo tanto, parece una vana quimera lograr abatir o disminuir el delito mencionado.
ERRÓNEA. La mayoría de los ciudadanos donde dizque se vive en una sociedad democrática, se mal entiende el concepto de Aristóteles: “El hombre es un animal político”. El sabio griego quiso significar que los seres humanos, al vivir en sectores poblacionales (polis, de acuerdo a la traducción del griego antiguo para designar “ciudad”), poseía el derecho natural de autogobernarse, otorgando su voto para ser representado con equidad y justicia ante su grupo social. Sin embargo, el concepto democracia ha registrado cambios en su concepción, todos negativos, y el adjetivo político se ha convertido en insulto. Los sinónimos que tiene la plebe de quienes practican esa actividad son de personas falta de escrúpulos, delincuentes irredentos, mentirosos, pillos, cínicos, y un gran etcétera de adjetivos reprobatorios de sus conductas morales y éticas.
RANCIO. El articulista Fidencio Treviño Maldonado, en un texto publicado en Siglo Nuevo, escribió en una ocasión: “Muy propio de la clase política en todo el mundo es el culto a la personalidad”. También aseveró al respecto: “El narcisismo, el egocentrismo y la soberbia van de la mano cuando de auto alabarse o ser lisonjeado de trata”. El intelectual matamorense tiene mucha razón. El halago a sí mismo, o su labor, debería de ser un anacronismo, máxime cuando los políticos para el culto a su personalidad hacen uso de los dineros del pueblo de quienes se supone son servidores.

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