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El Periquillo Sarniento, un pícaro del lenguaje

POR: Higinio Esparza Ramírez

José Joaquín Fernández de Lizardi enriquece nuestra lectura con su obra de tono picaresco “El Periquillo Sarniento” publicada a principios del siglo XIX, y cita palabrejas que van más allá del habla común y corriente. Pazguato y zaragate, por ejemplo. Y le sigue, refiriéndose a las damas de rompe y rasga de la época, con la pisabonito, la cucaracha y la quebrantahuesos.

Se regodea igualmente con los extraños vocablos maturangas y fulleros junto con el leperaje, el prima y el tunatismo. La lectura es un deleite y sólo con ella podemos descifrar lo que dice en determinadas citas. Por ejemplo, arrastrar un muerto, oídos que tales orejas, petrimetre y repostadas. Una lectura, repito, propia del vocablo presidencial mañanero, enredado y poco entendible. Los miedecillos y la verguencería, son epítetos nada desdeñables. Irse a profundis con los apostemas… azotando las calles, hacer la mañana, cuzqueando, y entrar por la punta con mucha socarra, son ternuras que tampoco se pueden perder.

Del mismo modo resulta extravagante y divertido su aporte de provincialismos que podrían sonar mal para los bebés de la ciudad alimentados con biberón, no conocen la teta madre e ignoran el papel de las nodrizas. Chichigua, nos dice, equivale al ama de leche, a la nodriza, pues y se deriva de chichitl “en la acepción de bofes, porque también significa saliva”. Enseguida de esa definición, viene lo más chispeante de las derivaciones del vocablo; chichini, el que mama; chichinipul, mamón; chichinalaapilol, tetona o mujer de grandes tetas; chichinialayoatl, suero; chichinalayotl, leche; y chichinali, teta.

Fernández de Lizardi, “El Pensador Mexicano”, fue el primer escritor de novelas en América Latina y su obra “El Periquillo Sarniento” (alias de Pedro Sarmiento, el nombre del protagonista), nos habla de un aventurero, jugador y holgazán provocador de conflictos que se las ingenia para conseguir sin dinero casa, comida y ropa, además de viajes al extranjero; un engañador que cautiva a sus anfitriones, un chino filipino entre ellos; Sarmiento es un campesino, un enfermero, un sirviente que abandona su pueblo; sufre pero es un glotón y enamorado. La leyenda es rica en diálogos graciosos y giros inconfundibles del habla mexicana. Poco a poco nos lleva a un mar de dichos, dicharachos y sobrenombres que, o nos confunden, o nos remiten irremediablemente al glosario de la obra literaria donde se enlistan y describen las voces mexicanas empleadas por Fernández de Lizardi, los vulgarismos y provincionalismos, tanto populares como las que ya están en desuso, un vocabulario popular, el que se habla en las calles y en las reuniones de barrio chilango. “El Periquillo” se transforma a la vez

en un bachiller del arte, un Conde de la Riviera, un togado y religioso, un mendigo o el pillo que se vuelve una cócora de los juegos, escribe Fernández de Lizardi.

“El Periquillo…” nos lleva a otra realidad autóctona, la de principios del siglo XX apegada a nuestras costumbres y tradiciones. El autor emplea latinajos, apócopes y disparates. En la narrativa también campean la muerte, las desgracias y las pedreas que ponen en fuga al personaje cada vez que fallan sus artilugios de curandero, de pillo, de juez, o de soldado. Un andariego que se gana afectos y reprimendas en su azarosa existencia y quien al final del camino, hereda a sus hijos sus cuadernos ilustrativos de una existencia disipada pero divertida. “Vive bien con todos”, parece decirnos Pedro Sarmiento.

Van algunas palabras de muestra de su amplio repertorio: Acocote, guaje o calabazo; ahuizote, animal de mal agüero; arrastrar un muerto, lugares de juego o garitos; burlote, última partida del dinero que se juega; chichi chichigua, ama de leche, nodriza; chinguirito, aguardiente de caña; chupa, chaqueta con faldones abajo de la cintura; jonuco, covacha húmeda y oscura; manilargo, el que da golpes sin ningún sentido; meco, indio bárbaro y salvaje; mondar la picha, robarle la cobija a un jugador; norabuena, noramala; pandorga, diablura estudiantil; tejamanil, tejados de madera; tlemole, guiso hecho con chile colorado molido; oídos que tales orejas; expresión deformada de “oídos que tales oyen”; tencuas, labios desbordados; zaragate, pillo, lépero… El prefacio nos dice que Lizardi usa en sus novelas “frases muy felices y algunas poéticas”: “La vieja madre me dio un zarpazo tal que me hizo ver el sol en plena noche”; “No les interesa que los desdore con tal que lo platee”…

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