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El éxito

El ser humano, en su gran mayoría, buscamos el éxito en todo lo que emprendemos por bien propio y de los demás, o bien la deseamos alcanzar a costa de lo que sea.

Si es para algo bueno, sea para nosotros y no se diga para los demás, está muy bien e incluso se lo aplaudimos.

Lo malo está cuando se busca a costa de acciones poco ortodoxas, o sea, sin detenerse a perjudicar a terceros y, en algunos casos, a familiares.

El hombre exitoso, establece la Biblia, debe ser servicial y no soberbio. “Cuanto más grande seas más humilde debes ser, y ante el Señor hallarás la gracia” (Eclesiastés 3, 18).

El triunfo es el mayor anhelo que tiene el hombre, pues el éxito y la fama nos dan felicidad; por ello la buscamos siempre, pero insistimos, siempre y cuando no perjudiquemos a otro o a otros.

Dialogando recientemente por internet con personas interesadas en establecer puntualmente lo que significa la alegría y el regocijo, se concluía que la alegría debe ser empática, esto es debe ser compartida, y por lo tanto si el éxito nos proporciona alegría, esta debe ser correspondida.

Lo opuesto sería una manifestación egoísta e incluso de soberbia, que posiblemente estuviera basada en la envidia de quienes logran triunfar; o de celos por el esplendor de ese amigo o conocido que resulta victorioso.

El éxito debe ser no sólo personal, sino compartido con optimismo por significar también la alegría del prójimo que pudiera resultar beneficiado en forma solidaria.

Esto último pudiera experimentar gratitud y apreciación por la vida de quien obtuvo el éxito y de quien recibe favor de ello, ampliando perspectivas mayores entre uno y otro.

Y es entonces cuando puede surgir el regocijo, pues éste significa una alegría mayor e incluso desbordada.

Cierto es que el regocijo es una manifestación corta y pasajera, la más de las veces, pero también puede significar una alegría estable, si es que fue dada en solidaridad, fortaleciendo nuestros vínculos de amistad o amor entre dos o más personas.

Busquemos el éxito compartido, pero si es personal que no perjudique a otros, para que nuestra felicidad sea expansiva, de júbilo, pues de seguro experimentará la gratitud de terceros, y no sólo nuestra alegría individual.

Por ahora… ¡Es cuanto!

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