El Delito de Migrar

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POR: Elizabeth Ramírez Gamboa

Estamos en el momento histórico en el que más movimientos migratorios ha habido: la guerra, la inseguridad, la falta de oportunidades, el hambre, entre otros, han llevado a miles de personas a abandonar su lugar de nacimiento o de residencia en busca de una vida mejor, al menos de una vida.

Migrantes, exiliados, desterrados, refugiados son algunos términos para estas personas
que abandonan sus hogares, que renuncian a su patria, que han perdido su sentido de pertenencia, que van en busca de aquello que ya su país les niega.

La pregunta suena en el aire: ¿por qué no podemos elegir dónde vivir? Pareciera que el
lugar donde naces te da raíces tan profundas y agobiantes que se vuelven tu condena, te
amarran y no pareces tener salida.

Según la Declaración universal de derechoshumanos, en su artículo 13, podemos elegir
dónde vivir, es nuestra elección, pero parece que eso a nadie le importa, pareciera que los
países tienen dueño.

Hoy más que nunca debemos defender ese derecho, justo ahora en el que migrar se ha
vuelto un delito, bajo cualquier excusa: falta de documentos, falta de dinero, principalmente.

¿Acaso no tenemos todos algo que ofrecer?, puedo, entonces, llegar a cualquier lugar, vivir
ahí haciendo lo que sé o cooperando con algo, siendo productivo. ¿Por qué entonces pareciera que sobro, que no hago falta, que no merezco migrar?.

Los que han perdido la facultad de ofrecer algo son los países, ésos que, además, les han dado la espalda a sus ciudadanos y los orillan a migrar. Ésos que les dan mucho a unos cuantos y casi nada a la mayoría; y, no se trata de vivir con lujos, hablo de vivir dignamente.

Aun cuando la necesidad no fuera el caso, ¿no puedo simplemente partir?, ¿buscar una
ciudad con mejor clima o menos contaminación; un lugar menos poblado o con más
ofertas culturales? O ¿simplemente querer un cambio en mi vida? Quizá pueda hacerlo realizando un largo proceso de pruebas.

Seguro ni hablar de más de una familia, grupo o caravana, aun cuando las causas sean
las más graves: guerra, hambruna, pobreza extrema, violencia. Se espera que toleremos
cualquier penuria, de manera estoica, donde “nos tocó vivir”.

Quizá por ello se fomenta el “nacionalismo”, muchas veces como mero orgullo sin sentido
que nos lleva más bien al chovinismo, a la apatía, a la indiferencia por el otro, más, si es
extranjero.

También se hace alarde de la soberanía de un país, que le permite tomar sus propias decisiones, lo que nunca se aclara es que incluye -o más bien excluye- al que desea
entrar en ese país.

Me pregunto si realmente los países deberían “reservarse el derecho de admisión”, sobre
todo en este momento en el que éstos mismos pujan por la globalización”. Si están abriendo las puertas, pues que no sólo sea para su conveniencia.

La migración es una realidad latente, inherente al ser humano; es decir, que sin importar
leyes, derechos, obligaciones y demás, los humanos migrarán: forzados o por voluntad; saltarán bardas, cruzarán ríos, romperán fronteras.

Porque más allá de los derechos humanos, más allá de la soberanía de los pueblos o de
las garantías individuales, más allá de toda esa parafernalia que se ha construido está el instinto de vivir, de sobrevivencia y cuando esté se antepone no hay ley que valga.
Tenemos el derecho a elegir donde vivir y es obligación de los países aceptar y generar las
condiciones que permitan dicho flujo, quizá no lleguemos a ser ciudadanos del mundo, en
toda la extensión de la palabra, pero al menos tendremos la elección.

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