Dicen en las Calles

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Por: Hugo Ramírez Iracheta

LA ARISTOCRACIA económica mexicana decidió que la posesión de dinero le da derecho a considerar cuál estrato de la sociedad merece mayores posibilidades de supervivencia.

Así, los ricos hacen suya la frase de William Shakespeare: “El dinero abre todas las puertas”. Esto ha dado lugar a una rebatinga nacional en donde todos los grupos en busca de poder político o económico, o ambos, han dispuesto apropiarse de ellos y ponen todo su entusiasmo (y dinero), en lograrlo.

Este hecho no deja ya lugar a dudas el anhelo de la élite social de tener un gobierno plutocrático, así como estar dispuesta a gastar tantos billetes como sea necesario.

Pero quienes pretendan quitar un gobierno demócrata, cuyas aspiraciones son democracia y libertad, además de mejorar las condiciones de vida del pueblo, no deben olvidar que la plebe ha hecho muchas revoluciones y el dinero no ha

servido para limpiar la sangre de los traidores a la patria.

Sin embargo, sin importar cuántos argumentos nacionalistas en pro de un gobierno democrático puedan presentarse, todos serían desechados porque limitan las ambiciones de los ricos. Tampoco serían tomados en cuenta razonamientos sociológicos o económicos.

Para el conservadurismo más anticuado de México, sólo importan los privilegios que se arrogan apoyados por la propaganda pagada a los medios de comunicación masiva.

No importa la ausencia de sustento legal. Sólo cuenta el hecho de que su posición les permite hacer lo más conveniente para sus intereses. Pueden ser arbitrarios y estar fuera de todo contexto humanístico, pero en su egoísta perspectiva es lo que merecen por tener dinero.

Mientras, consideran que el destino de la plebe es aceptar sin contradecir cuanto digan quienes cuentan con poder económico.

Y conforme al sistema socioeconómico que nos rige tienen toda la razón. No importa el sentido

común ni la empatía y solidaridad social. El capitalismo salvaje respalda toda actitud donde el interés económico está por delante.

Así pues, para el pensamiento retrógrado poco importa el desequilibrio económico que afecta a la sociedad entera. Lo único trascendente –creen-, es el bienestar de los millonarios.

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