Dicen en las Calles…

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POR: Hugo Ramírez Iracheta

LA LIBERTAD personal termina donde principia el derecho de otros. Esta es la concepción
básica de la libertad. Por otra parte, el libertinaje se entiende como el abuso en el decir
y hacer. Para algunos pudiera ser difícil determinar cuándo se cruza la delgada línea de la libertad y el libertinaje. Pero el asunto no es de ideología política o ética. Todo se reduce a simple cuestión mercantil. Entonces, en una sociedad de consumo el enfoque será de conveniencia económica, no es moral. Hay quienes se autodenominan periodistas.
Sin embargo, su quehacer “profesional” los sitúa como delincuentes al distorsionar la información y manipularla para recibir dinero por encubrir, defender o fingir desconocimiento de transgresiones gubernamentales. Asimismo, utilizan su medio para denigrar, agredir y satirizar a quienes luchan contra la corrupción.

EL IDEAL de periodismo es proporcionar noticias, información y conocimiento en general;
y su esencia y dinámica es educar a los individuos para convertirlos en seres pensantes
capaces de criticar lo que ocurre en su entorno. Esto les permitiría tomar las mejores decisiones en su vida personal, familiar y cívica. Sin embargo, lo ideal, en su concepto filosófico, es una idea carente de realidad física. El periodismo tiene su antítesis en la noción de empresa periodística. Un periódico es un negocio. Como tal, su función
primordial es la utilidad. La ambición de los inversionistas es obtener los mayores beneficios con la menor inversión. No faltan los publicistas (dizque periodistas),
quienes recolectan las migas del banquete de algunos propietarios de dueños de comunicación. Y se repite la derrota del humanismo contra la corrupción.

APLICAR la justicia es difícil en todos los países. El problema es mayor al tratar de enjuiciar
a los ricos. La impunidad procreada por la corrupción es más poderosa que el derecho, la ley o la justicia. Este trance obstaculiza la vida democrática. Y se manifiesta con una regularidad que causa frustración y enojo cuando se trata de castigar los delitos de los “servidores públicos”. Invariablemente salen libres.
El poder político o económico rompe la balanza de la ley, pues con el mismo botín de sus
pillerías los acusados corrompen a los jueces. Y las denuncias en su contra son desechadas con artimañas legaloides. Así, el antiguo pensamiento susurrado en los pasillos de los juzgados se hace verdad cada día: “El dinero está por sobre la ley”.

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