Contrapunto

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POR: Hugo Ramírez Iracheta

EL DESCONTENTO de los mexicanos es grande. La efervescencia política ha llegado a un nivel un poco menor o igual al registrado en la lucha por la Independencia para librarnos del yugo español; la guerra de Reforma y la Revolución Mexicana. ¿Eso preocupa a los acérrimos enemigos de la sociedad? ¿Experimenta miedo la casta de la cual surgen gobernantes y funcionarios públicos? La respuesta es no. Sin embargo, los políticos experimentan un poco de temor.
Pero esta aprensión no la provoca la posibilidad de acciones del pueblo (como una revuelta armada). Ese tipo de movimiento es probable, pero no posible. El control sobre las masas hace impensable que la plebe trate de quitarles sus cotos de caza, allí donde la presa es el ciudadano común y los cazadores son los hombres de poder político y económico. Estos grupos depredadores ambicionan el poder y la riqueza y se unen para explotar a los pueblos.
Sin embargo, la frustración y enojo de la plebe tiene a los poderosos sin cuidado. Estas condiciones están bajo control. El sentimiento de agravio por la corrupción y la impunidad -origen de problemas los socioeconómicos que afligen a los pobres-, no importa absolutamente nada. Cualquier contrariedad que pudiera surgir tiene solución. Por ejemplo, sobornando a los líderes de cualquier de organización que pudieran emanar ante la insatisfacción ciudadana. Otra medida eficaz es la manipulación de la gente utilizando los medios de comunicación masiva. Y en casos extremos, la aplicación dosificada de la violencia para evitar un sentimiento de agravio que pudiese producir un movimiento armado.
Cotidianamente resentimos el dominio desmedido de los gobiernos de los tres niveles. Y cada día conocemos y padecemos los desmanes de quienes detentan cargos de poder. Asimismo, se ve con incuria los perjuicios que provocan. La publicidad contenida en libros, revistas, periódicos, radio, cine y, en grado especial, la televisión, intensifican la apatía de los individuos. Su objetivo es aumentar la indiferencia hacia el sufrimiento de los demás.
De esa manera se pierde la empatía porque los métodos de la mercadotecnia, al servicio de los poderosos, nos hacen creer que nada podemos hacer para evitar los problemas sociales.
Y aparece la indolencia. Tan perjudicial como la despreocupación por el quehacer político. Se ha vuelto común la frase de muchos ciudadanos, que exclaman con tono aburrido cuando se le exhorta a votar: “¿Para qué? No tiene caso. Todo seguirá igual”.
Esa actitud fatalista, aunque sería mejor clasificarla de conformismo, y más precisamente, escepticismo cínico, es conformada por las acciones corruptas de los políticos, quienes obtienen ganancias económicas arbitrarias, y con tal impunidad, que destruyen la civilidad de los seres humanos y con ello la esperanza de construir un mundo mejor.
Pese a todo el disgusto experimentado por los ciudadanos, tanto jóvenes como adultos, existe un escaso o nulo conocimiento del quehacer de los hombres en el poder, así como del más elemental civismo (en su acepción sociopolítica), y se mantienen a distancia esos temas.
El resultado es, conjuntamente con el engaño publicitario de lo que se hace pasar por democracia, se adopte una actitud de pesimismo y desesperanza. Y se aceptan, pese al conocimiento de que el político es enemigo natural del ciudadano común, las mentiras con las cuales se engaña a millones de personas y prevalezca en el poder un grupo pequeño de codiciosos individuos.
Eso sólo ocurre cuando no se lucha por tener una verdadera democracia.

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