Contrapunto

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POR: Hugo Ramírez Iracheta 

LAS CAMPAÑAS electorales se han caracterizado por la “guerra sucia”; la falta de estudios de la realidad social de la ciudadanía; el escaso o nulo conocimiento de las condiciones en que vive la gente de las diversas regiones del país; la ausencia de proyectos con los cuales superar la miseria de más del 50 por ciento de la población y la ausencia de interés de los candidatos para terminar con los graves problemas que afligen a la mayoría de los mexicanos.
Otra peculiaridad de los aspirantes en busca de un cargo que sacie su avidez de obtener riqueza rápidamente, es su codicia sin límites. Ésta surge por la falta de escrúpulos y la ausencia de empatía hacia el sufrimiento de quienes tienen poco o nada. Esa es la razón por la cual al llegar a un cargo, sobre todo tratándose de quienes gozan de suficiente influencia, conforman un grupo de allegados. Éstos también se beneficiarán económicamente, y serán los encargados de asegurarse no queden rastros de los delitos cometidos para apropiarse, con distintos métodos, los recursos que manejan y bienes bajo su custodia.
Los botines logrados por los funcionarios públicos son tan asombrosos que causan sorpresa, pero, sobre todo, alarma entre la ciudadanía. Los fraudes son igual de innumerables como cuantiosos. Sin embargo, la inquietud experimentada por la gente en décadas anteriores es inferior a la que resiente en la época actual. Ahora es mucho mayor la preocupación por el futuro de la nación. La pobreza y la miseria que se avizora en la futura economía provocan zozobra en la sociedad.
Quienes analizan un poco el quehacer de los políticos, se percatan de que sus ofrecimientos han sido inconsistentes a través de muchas etapas de la reciente historia del país. La plebe, sector social más perjudicado por la corrupción de quienes detentan un cargo en cualquiera de los tres niveles de gobierno, manifiesta desasosiego por la desalentadora perspectiva del porvenir socioeconómico de un país agostado por los dueños del gran dinero y políticos corruptos.
El porvenir parece más lóbrego en cuanto se tiene la certeza de que gobernantes, funcionarios públicos de elección o designación, los partidos políticos y organismos civiles, los cuales se alimentan como rémoras de los tiburones de la sociedad mexicana, crecen en número y son cada vez es mayor su voracidad.
La clase política se ha convertido en el más acérrimo enemigo de la ciudadanía. Casi todos los días los medios de comunicación difunden informaciones de políticos que dejan algún puesto público y son acusados de fraude; abuso de poder; aprovechamiento del fuero; nexos con el narcotráfico y otros delitos más, de los cuales salen sin castigo, o si son indiciados y encarcelados, nunca se les decomisa el dinero mal habido.
Todas esas ganancias de origen delictuoso es motivo de que los políticos, partidos a los que pertenecen y grupos de compinches se resistan a que los candidatos, gobernantes y funcionarios públicos den a conocer su patrimonio, tanto al tomar posesión de un cargo, como al dejarlo. Se arguye que esa información es peligrosa puesto que los deja a merced de la delincuencia organizada. La verdad es que, aunque el pueblo sabe de sus trapacerías, esos datos, de ser correctos, darían a conocer las riquezas acumuladas de manera ilícita.
Pero la cuestión es que los políticos y los multimillonarios detentan el poder e imponen las reglas que rigen no sólo a México, sino a todo el mundo. Máxime cuando la democracia está manipulada por el engaño y la mentira. Y la situación seguirá igual si la ciudadanía lo permite.

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