Contrapunto

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POR: Hugo Ramírez Iracheta

LA SOCIEDAD mexicana, la integrada por miserables, pobres y clase media, pasa por una
etapa difícil. Muy parecida a la de los tiempos de La Independencia, La Reforma y la Revolución Mexicana. La brecha de clases sociales se ha ampliado y profundizado y la economía de los pobres se ha arruinado de manera alarmante.
Se estima que más del 50 por ciento de la población sufre pobreza extrema. Las libertades
inherentes de los Derechos del Hombre sufren menoscabo por el Gobierno federal. La
libertad de expresión ha sido coaccionada. Las protestas se prohíben, lo mismo que las manifestaciones, sobre todo las que se hagan contra los gobiernos de los tres niveles. La Ley de Seguridad Interior, ha sido cuestionada por expertos en la materia por considerarla anticonstitucional.
Con ella los poderes fácticos pretenden manipular a la sociedad para su beneficio. Y aunque los ciudadanos mayores de 18 años tienen el poder de cambiar el destino socioeconómico y políticos del país, un 48 por ciento de personas que integran el padrón electoral mantienen una postura de indolencia cívica. El no acudir a las urnas permite los políticos aprovechan esta indolencia para mantenerse en el poder. De esa manera siguen medrando en su beneficio en los cargos de gobierno y en organismos paraestatales.
El sufragio es la mejor arma, o el mayor poder, del que gozan los ciudadanos para cambiar
todo lo podrido que existe en la política.

Pero esta atribución se desaprovecha. Elegir a quienes estarán en cargos gobernantes y directivos de instituciones paraestatales es un deber cívico, con el cual los ciudadanos pueden evitar abusos de las autoridades, enriquecimientos ilícitos, indiferencia hacia la
problemática social e impedir la corrupción y la impunidad. Dos acciones que se cometen precisamente por el desinterés ciudadano.
La solución parece simple a primera vista. No lo es. Requiere la participación de todos y cada individuo en edad de votar. Sin embargo, para que ese sufragio sea bien utilizado, es decir, elegir a personas honestas, es necesario educarse uno mismo. De las enseñanzas académicas poco o nada puede esperarse. La razón en sencilla. La educación ha sido conformada para hacer un pueblo analfabeta en lo relativo a las obligaciones cívicas y carecer de conciencia nacionalista. Expuesto de otro modo, no experimentar empatía por nuestros conciudadanos, insensibilidad por los problemas de los que tienen menos y luchar por la libertad, la justicia y el derecho a una vida feliz.
Ejemplo del desinterés por los compatriotas que tienen menos es la apatía ante sus carencias, las cuales sufren por el aumento tras aumento de los artículos de primera necesidad y enfrentar una vida infrahumana. Poco importa haya miles, millones
de compatriotas que cada día luchan por sobrevivir. La comida escasea en sus mesas; las
enfermedades minan su salud, no tienen acceso a la educación, salud, alimentación, techo adecuado, servicios básicos como agua potable, sanitarios, baños, lo indispensable para defenderse del frío y una larga lista de privaciones que los fustigan día con día. El individualismo nos ha vuelto insensibles al dolor ajeno.
El egoísmo nos incita a pensar en el confort propio, olvidando a miserables y pobres. Al carecer de empatía y conciencia ciudadana, poco importa el rumbo económico nacional y la avaricia de los gobernantes. Al adoptar esta actitud no se ejerce el voto, cuando deberíamos negarlo a politicastros culpables de la inopia del pueblo. O lo que es peor, no
votamos y permitimos que con artimañas lleguen al poder a proseguir satisfaciendo su desmedido afán de riquezas.
Si persiste esta situación, el nivel económico de quienes están satisfechos puede variar y
llevarlos a la pobreza. Así que por bien propio, aquellos que no votan por sentirse a salvo,
deben reflexionar y decidir sufragar en los comicios electorales.

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