Contrapunto

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POR: Hugo Ramírez Iracheta 

DESGRACIADAMENTE la gente común no conoce los medios utilizados y el objetivo de la mercadotecnia. Ésta consiste en las técnicas aplicadas en la publicidad, cuyo fin último es engañar para convertir a la gente en ávidos compradores. Para lograr este objetivo son utilizados los conocimientos de varias ciencias, ocupando un importante lugar la psicología. El conocimiento de los miedos, fobias, aficiones, anhelos y tendencias humanas, es aprovechado por los publicistas. Este saber es empleado en la manipulación de las masas y los individuos. A través de libros, periódicos, cine, revistas y la televisión, que ocupa un lugar predominante, por estar en los hogares sometiendo al influjo publicitario a niños, jóvenes y adultos. Todos los medios de comunicación sirven para imprimir tendencias e impulsos con propósitos que benefician a las élites de los poderes económico y político.
Al vender productos que realmente no necesitan las personas, se les hace creer son imprescindibles en su vida. Poco a poco las vuelven compradoras compulsivas. Si desean ganar la voluntad de grupos de electores para que voten por determinado candidato, se apoderan insidiosamente de su confianza con engaños. Las mentiras se disfrazan de verdad y las verdades se tergiversan. En ambos casos la mercadotecnia eleva la publicidad a casi un arte. Es una actividad para la cual se necesita, si de tener éxito se trata, un gran ingenio. La publicidad, tal como la conocemos, es muy costosa.
Entre muchos de los engaños utilizados, tanto por los gobiernos, partidos políticos, hombres que viven de la política, los empresarios, y sobre todo los comerciantes, está hacer creer en el libre albedrío. Esta es una de las grandes mentiras aceptadas por la mayoría y hasta por profesionistas de reconocida inteligencia.
Sin embargo, el libre albedrío es una quimera. Claro que existe el libre albedrío, pero no todos alcanzan la comprensión necesaria que se logra mediante el mayor conocimiento que pueda acumular el cerebro y una mente limpia lo más posible de prejuicios.
El experimento con perros, realizado por el científico ruso Pavlov, demostró que esos animales podrían ser adiestrados para responder a una campana que avisaba era hora de recibir alimento. Y la experiencia mundana parece ponernos como seres factibles de ser “programados” y reaccionar a determinados estímulos externos, respondiendo a fines predeterminados. Mientras, nosotros ignoramos que nuestro juicio no participa en nada en las “decisiones” tomadas o actos que “decidimos” realizar.
La mayor parte de la gente se niega a aceptar lo que considera factor de su individualidad, el libre albedrío. Es engañada por insinuaciones de existencia de sensualidad o sexualidad en los anuncios publicitarios. No importa el comer en exceso, pese a saber que la obesidad puede acarrear diversas enfermedades; los alcohólicos son incapaces de aplicar el “libre albedrío” y no creer los ensueños de que las bebidas etílicas producen placer; los fumadores no son capaces de abandonar el tabaco, aunque conocen los daños que producen a pulmones y corazón. Y un interminable etcétera demasiado largo para incluirlo aquí.
El sobrepeso, el alcoholismo y el tabaquismo son producto del medio familiar, el entorno social y las modas, cuya finalidad es tirar de los hilos que nos vuelven marionetas de los intereses de personajes sin escrúpulos, pero con un hambre insaciable de riquezas.
La cuestión se reduce, entonces, a creer o no creer las falacias de la mercadotecnia. Es necesario reflexionar en este tema. Si queremos una nación rica y justa, libre e igualitaria, entonces busquemos nuestro libre albedrío y apliquémoslo en las próximas elecciones. Es difícil, pero no imposible.

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