Contrapunto

0
129

POR: Hugo Ramírez Iracheta

LA ÚNICA constante en la vida es el cambio, del cual nadie está exento. Nacer, vivir, morir… esa podría ser una descripción sencilla de la vida de cualquier persona cuando no se la conoce. Sin embargo, la amistad permite adentrarnos en el espíritu de quien recibimos y damos afecto. Eso nos proporciona elementos para valorar su esencia y conocerla realmente. La amistad no es espontánea. Inicia con la cotidiana cortesía. Ésta se transforma en compañerismo. El compañerismo cede el paso a la camaradería. Y cuando existe reconocimiento a la individualidad del otro, así como respeto, surge la amistad. Cicerón dice acerca de ella: “No sé, si, con excepción de la sabiduría, los dioses inmortales han otorgado al hombre algo mejor que la amistad”. Yo no lo creo. Recientemente perdí a un buen amigo. Concretamente el 13 de abril del año en curso. Ese día, poco después de las nueve de la noche, falleció René de la Torre Rodríguez.
Lo conocí en el departamento de corrección del periódico La Opinión, en 1966. Ahí encontré a otros entrañables camaradas, Hugo Lozano Codina (q.d.p.) y Raúl Zugasti Reyes. La camaradería con René fue cimentada al intercambiar confidencias de hombres jóvenes, andando el incierto camino de la vida, acompañados invariablemente de la angustia existencial. La confianza aumentó mediante confesiones de éxitos; reveses propios del vivir; charlas de las sorpresas que nos pasmaban en el nuevo y desconocido mundo (para nosotros), de la difusión de noticias y de los comentarios sobre los pequeños triunfos al iniciar nuestra carrera reporteril. Fueron la tierra, el agua y el sol que fecundaron el frondoso árbol de una amistad de casi cincuenta años.
En esa época de aprendizaje empírico de reporteros, en el desaparecido periódico de los respetados y apreciados señores Edmundo y Eduardo Guerrero Álvarez, se conformó un grupo de reporteros jóvenes (todos pasamos por Corrección); además de René, estuvieron Enrique Jaramillo (f), Cuauhtémoc Torres González; Francisco Martínez Enríquez; Gerardo García Cruz (f); Jaime de la Fuente, Enrique Proa, Abel Barreto y Fernando Alatorre. También nos acompañaron Juan Adame y Liborio Rivas, tanto pateando un balón como en maratónicas correrías etílicas. Fue época de aprender a reportear y algo parecido a la bohemia. “Todos mienten”, diría el sarcástico doctor House al escuchar la frase del grupo: “La última y nos vamos”. Eran muchas últimas.
En 1992 fundó el periódico Extra de La Laguna. Acepté la invitación de abordar el barco en la aventura que iniciaba. Enfrentó la marejada del proceloso mar de los negocios con buena ventura. Uno de sus legados.
Mi compadre René (soy padrino de su hijo César Hammurabi) debió tener errores. Sería hipócrita afirmar lo contrario. Pero los amigos no los ven, o no quieren verlos. Además, desde mi perspectiva, de la Torre cumplió los requisitos para ser reconocido como buen hijo, esposo, padre, abuelo, periodista y amigo. Creyente católico, encontró en la fe la fuerza para agradecer los dones recibidos y reconocer su finitud. Estoy seguro, por su conducta familiar, profesional y de amigo, honró durante su existir el pensamiento del filósofo budista, Daisaku Ikeda: “El bienestar de la gente debe ser siempre el punto de partida y la meta final de todo esfuerzo humano”. De ahí la bonhomía que lo distinguió. Así que lo despido con una frase muy mexicana, y muy católica: “Vaya con Dios, amigo”.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here