Contrapunto

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POR: Hugo Ramírez Iracheta 

LOS AUMENTOS en las tarifas de gas L. P., electricidad y gasolina (lo cual significa una escalada de precios de todo cuanto es requerido en la vida diaria, incluyendo entretenimiento y gastos imponderables), se acepta con actitud fatalista. No hay análisis para determinar si proceden o no esos incrementos. Desaparece el pensamiento crítico. Ni siquiera hay duda de si son correctas o no tales medidas económicas.
En descargo a la indiferencia ante tal situación, puede argumentarse que por su continua aparición se ha vuelto costumbre aceptarla sin rechazo. Aunque es objetable tal actitud. Las alzas se registran desde muchos años atrás. Y la apatía mostrada por los jefes de familia ha sido una constante desde el principio.
La pasividad ciudadana, inducida a través de los medios de comunicación, sobre todo la televisión cuyos programas tienen el propósito de embotar el raciocinio de la gente, incrementan la apatía cívica. El bombardeo publicitario de los tres niveles de gobierno, pretende, y lo logra, se acepte que “estamos” bien y nos espera un “futuro promisorio”. A pesar de lo evidente de las artimañas, éstas son aceptadas. No se las rechaza por la ausencia de impulso para protestar contra conceptos dañinos, tanto en lo personal, como en lo familiar y social.
El individualismo egoísta, impulsado por el rapaz sistema neoliberal (el cual nos induce a pensar solamente en nuestro propio confort y olvidar a los demás, incluso a la familia), es una práctica contra la cual pocos pueden luchar.
De ahí los resultados de los oficios de algunos medios de comunicación: por medio de la publicidad amañada desensibilizan a los ciudadanos de su conciencia cívica, transformando a los seres humanos en criaturas manipulables al influjo de la creencia de que tener, poseer y atesorar es lo único importante. Además de que si ese objetivo no se logra, es por incapacidad competitiva o ser un fracasado.
Otro logro de la falaz publicidad es que el individuo queda psicológicamente expuesto a pensar es aceptable la corrupción. Esa es la fuente de la corrupción social, la cual llega a todos los quehaceres humanos. Por cierto hacen uso de ella de manera indiscriminada los poderes político y económico. En forma particular o asociados.
Entonces aparece el pensamiento apático, cuya forma inconsciente podría ser: “me quitaron poco de lo que poseo, pero lo que me queda es suficiente”. Esto muchas veces es un consuelo para quienes se dan por vencidos debido a la actuación irregular de las autoridades. Éstas juraron defender la ley, la libertad y los derechos de la ciudadanía, compromiso que olvidan al final de su discurso de toma de posesión.
De este modo los artificios, simulaciones y mentiras se han transformado de acciones inmorales a formas aceptables en el comportamiento social. Hasta hay una frase muy popular que justifica esta idea: <<El que no es transa, no avanza”.
La pasividad es pésima porque propicia el descuido de los deberes cívicos. A una persona pasiva no le importan sus obligaciones. Esto implica abandonar el poder otorgado por la democracia para tener un buen gobierno. Esta desidia la aprovechan individuos deshonestos quienes se benefician de los cargos públicos para enriquecerse ilícitamente.
Sin embargo, no toda la culpa recae en las personas pasivas. Esta condición tiene su origen en la publicidad engañosa. En su concepto más sencillo la publicidad consiste en dar a conocer un producto, señalando sus atributos y mejores propiedades sobre otros artículos similares. Sin embargo, el objetivo de la publicidad política tiene por objetivo embaucar a los votantes. Es muy utilizada por gobernantes, funcionarios de alto nivel, partidos políticos y candidatos a gobiernos o cargos públicos.
Si no se quieren malos gobiernos entonces es un imperativo olvidar la pasividad. Así surgirá la capacidad de abandonar el descuido a las cuestiones civiles.
Entonces se podrá votar y conformar la nación que se necesita y desea.

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