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Compartiendo diálogos conmigo mismo

LA TRINIDAD DIVINA

(Todo se hace en nombre de tres personas distintas y todo nace bajo el asombro de un solo Dios verdadero)

I.- UN DIOS- AMOR REAL

El Padre es amor y el amor al Padre es vida.

El Hijo es amor y el amor al Hijo es anhelo.

El Espíritu es amor y el amor al Espíritu luz.

Todo mana y emana del amor y del amar,

de un querer mirarse y de un verse amando.

No en la mera unidad de una sola persona,

sino en la Trinidad de una sola substancia.

De la divinidad se forma una mente activa,

revivida por la dulce sombra de la emoción,

que se vierte en asombro, acción y donación.

Únicamente el afecto nos vuelve radiantes.

El galanteo de un corazón en otro corazón

nos ennoblece, al coexistir en proximidad,

porque anidamos para surtir de creaciones,

estos ámbitos mundanos que han de pulirse.

II.- UN DIOS-COMUNIÓN VIVAZ

En cada amanecer resurge el sol del andar,

que no es otro que caminar hacia sí mismo,

y poder participar de la comunión de lazos

que nos unen y nos reúnen en torno al Dios,

que nos creó para recrearnos y ser familia.

Venimos de esa fraternidad de movimientos,

y hemos de manifestarnos al reino del verso,

en una conexión de solidaria propagación,

entre el ser que soy en la historia de cada día,

y el triunfo de lo auténtico sobre lo incierto.

Lo verdadero del sentimiento que portamos,

se reproduce en el gran sacrificio de la cruz,

y en el venerable banquete de las ofrendas,

donde se vierte en comunidad la esperanza,

a través del cuerpo y de la sangre del Señor.

III.- UN DIOS- ESPÍRITU VIVO

El soplo vivo del Creador se hace presencia

en cada paso y está presente en toda savia,

actúa por todos y está concurrente en todos,

pues en el origen del caminante se localiza

una mediación trinitaria de pasión y fuerza.

La prueba de que somos renuevos de frutos,

es que Cristo ha enviado a nuestras entrañas,

la trascendencia de un abecedario piadoso,

que nos vivifica en la palabra y nos alienta

en abrazar el bien, con la visión de su llama.

Nuestro Redentor nos introduce en la mística

espiritual que supera el tiempo y los espacios,

reunidos como hijos del Hijo hacia el Padre;

orientados al encuentro por el hálito celeste,

y por la acción purificadora del reencuentro.

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