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Pildorita de la Felicidad

LA CASA EN PENUMBRAS

POR: Rodrigo Solís 

En ella habitan tres grupos. El No. 1, conformado por unos pocos señores que, pese a no tener los papeles del registro público de propiedad, se creen los dueños legítimos del lugar, por eso, además de cobrar renta, han establecido reglas de usos y costumbres basadas en su conveniencia, por ejemplo, tener siempre cerradas las cortinas.

El grupo No. 2 es una multitud quejosa que agita el puño al aire y vocifera en la oscuridad cada que se golpea el dedo meñique del pie derecho en la mesita de la sala que no ve; atribuye su desgracia al primer grupo (que aborrece) pero no duda en sonreírle y llenar de zalamerías cada que se lo cruza en los corredores del patio, no sea cosa que le corten el agua o el gas por no estar al corriente en el pago de la renta.

Harto de escuchar lloriqueos y de vivir a tientas, el grupo No. 3 (minoría apabullante que paga la renta con puntualidad), de a poco se ha animado a correr las cortinas de la casa.

—He dicho que está prohibido abrirlas —dice el grupo No. 1 y manda a tapiar las ventanas para que nadie vea su habitación.

Demasiado tarde, el grupo No. 2 se ha quedado con la boca abierta ante tanta extravagancia. En sus adentros más que coraje siente envidia, por eso en vez de reclamar corre despavorido cual Nosferatu a sellar sus propias ventanas, no sea la de malas y el grupo No. 1 descubra en su habitación todos los cachivaches que han desaparecido de la casa.

Pildorita de la Felicidad

LO BONITO DEL MARKETING

POR: Rodrigo Solís

Hace unos días escribí sobre fascinación que me causa el modo en que las personas utilizan la creatividad para vender lo que sea. En específico los propietarios de las tiendas de la esquina, que ante la falta de recursos para contratar los servicios de un diseñador gráfico profesional, se ven obligados a abrir el cajón derecho del cerebro para obsequiarnos verdaderas joyas en las fachadas de sus establecimientos.
Veamos ahora la otra cara de la moneda. Cuando se tienen recursos ilimitados, tiendas y sucursales en varios países y continentes, empleados con tres iniciales antepuestas a su nombre para hacerlos sentir importantes y que van perfumados y con trajes sastre a encerrarse en oficinas a decenas de metros sobre la tierra, el ingenio de vender un producto se convierte en tarea de otros, es decir, en empresas llamadas agencias de publicidad, donde ocurre más o menos lo siguiente:
—Nuestros laboratorios acaban de fabricar esto —dice el CEO de la multinacional, colocando sobre la mesa un recipiente con una materia viscosa y repugnante—. Como imaginarán, hemos invertido millones de dólares.
—Naturalmente —dicen los publicistas; uno de ellos no puede evitar rascarse la cabeza.
—Sobra decir que tenemos grandes esperanzas cifradas en el producto —dice el CEO.
—Naturalmente —dicen los publicistas; otro se rasca la cabeza.
—Es importante que sepan un par de cosas —dice el CEO—. No tenemos la menor idea de para qué sirve o qué beneficios puede traerle al consumidor.
—Naturalmente —dicen los publicistas—, ese es nuestro trabajo.
Tres meses después, la materia viscosa y repugnante tiene nombre, logotipo y empaque fosforescente. Está en todas las tiendas, tendejones y centros comerciales. Interrumpiendo las lágrimas de las actrices en la pantalla de la televisión de nuestras madres, en los iPads y iPhones del resto de la gente. En la prensa escrita y digital. En las revistas de cotilleo y culturales. Tapizando por todo lo alto las avenidas. En la boca de los merolicos de la radio. En las vallas de los estadios de fútbol. Y en lo más profundo del subconsciente de todos nosotros cuando nos vamos a dormir.
El CEO se frota las manos desde las alturas, ve incrementar varios puntos en la bolsa la plusvalía de la corporación que le permite vestir traje sastre. No duda en llamar otra vez a la agencia de publicidad. La orden es vender los excedentes de la materia viscosa y repugnante. Tarea en extremo sencilla para los publicistas. El producto aparece con un nuevo nombre, logotipo y empaque. Resultado: ventas totales.
Dos meses después, tumores cerebrales, cáncer en la piel, mutaciones horrorosas, etcétera. Un periodista connotado investiga y descubre que el producto viscoso y repugnante contiene ingredientes nocivos para la salud, las materias primas provienen de los árboles del Amazonas y los envases son maquilados en fábricas en países subdesarrollados donde niños trabajan jornadas de 14 horas diarias. Un cineasta europeo es laureado con la estatuilla dorada del Oscar por el documental que recaba toda esta información en imágenes y entrevistas. La audiencia se indigna. Todos asumen que el producto viscoso y repugnante saldrá del mercado y se encarcelará a los responsables.
Un mes después, el CEO pide disculpas públicas a nombre de la multinacional y anuncia que por cada producto viscoso y repugnante que se venda, donarán dos centavos para combatir el cáncer de piel, otros dos para ayudar a la niñez explotada del Tercer Mundo, y, dos más para reforestar el planeta. Todo esto acompañado de una campaña de conciencia humanitaria que aparece en todos los medios digitales e impresos. Conmovidos, los clientes siguen asistiendo a las tiendas, estanquillos y centros comerciales a comprar el producto, pues además de cuidar su figura están colaborando con su granito de arena para hacer de este mundo un mejor lugar para vivir.

Pildorita de la Felicidad

PERROS EN LA CALLE

POR: Rodrigo Solís

La colonia donde vivo está infestada de perros callejeros. Sospecho que los vecinos, al igual que yo (los he visto alimentarlos), le han puesto nombre a cada uno de ellos. Mi favorita es Cuca, una perrita blanca con pintas negras. Siento especial debilidad hacia ella, porque cuando le doy de comer y otro perro se acerca, se aleja del montículo de croquetas para cederlo, ya sea por temor o por compañerismo (sospecho es la primera).
Deberías adoptarla, es la voz interna que me habla, y la de muchos de ustedes después de leer estas líneas. Sin embargo, al igual que la mayoría de mis vecinos, ya tengo perros. En casa viven Mía y Taquito (adoptado). Y en casa de mamá, mantengo junto con mi hermana a Blacky, un perro que vive medicado. Más allá del dineral que invierto en ellos, me gusta concentrar mi cariño en la menor cantidad de seres vivos posibles.
Eso no evita que haya mañanas en las que me levante sintiéndome un superhombre y crea tener la valentía de Ana Duarte, quien lidera Sanando Patitas, organización que se encarga de encontrar hogar a los perros de la calle. Por desgracia, el efecto se evapora a las dos horas y paso a formar parte del 99% del montón que ama a los animales pero no hará nada al respecto, o peor aún, verá con ojos impasibles el tétrico desenlace que le espera a estas criaturas todas bondad.
Escribo esto y me viene un ramalazo de angustia al recordar el cortometraje animado de Serge Avédikian, Chinne D´Histoire (Historia de perros). La trama es la siguiente: en 1910, Constantinopla se ve asediada de perros. Están en todas las calles, esquinas y callejones. Olisquean basureros. Lloriquean a los transeúntes por un pedazo de carne. Se gruñen entre ellos. Las perras dan a luz bajo los árboles. Hasta que una mañana el encabezado de los periódicos informa: “Más de 60,000 perros en las calles de la ciudad. Las autoridades lanzan una oferta para eliminar a los perros”.
En un palacio a las orillas del estrecho de Bósforo, el gobierno, recién instalado e influenciado por el modelo de sociedad occidental, consulta con expertos europeos sobre la manera más eficaz de deshacerse de la plaga. Uno de ellos es el doctor Remingler, director del Instituto Pasteur, quien intenta mostrarles la solución. Mataderos fuera de la ciudad. Cámaras herméticas. Talleres de formación de piel. Clasificación y recuperación de grasa, pieles y huesos. La operación duraría 2 meses. Valor comercial: 80,000 perros igual a 300,000 francos. Ganancias asignadas a instituciones de beneficencia de la ciudad.
El gobierno se niega a adoptar esta medida. Deciden que es una mejor idea perseguirlos. Encerrarlos en jaulas. Los perros luchan con ferocidad, y por supuesto, sucumben ante la fuerza del humano. Algunos, los pocos, son escondidos y protegidos por los ciudadanos. Los prisioneros son transportados en cajas dentro de barcos. Los navíos zarpan rumbo al mar Mármara. Los políticos, satisfechos, desde la costa contemplan el exilio marítimo. Tras los barrotes de sus jaulas, los perros miran el vaivén del paisaje. Ladran. Chillan. Lloran. Sus lamentos se funden en la brisa salada. Los marineros toman las cajas de madera, las lanzan sobre las rocas de una isla desierta. Algunas cajas se rompen. Otras no. Miles de perros corren aterrorizados alrededor de una prisión cercada de agua. Están condenados. Lo saben. Aúllan. Claman auxilio. Las ráfagas de viento transportan los lamentos hasta la ciudad. En el palacio, los políticos pueden escuchar a los miles de perros. Fingen sordera, siguen comiendo. Aseguran las ventanas para que el remordimiento no los corroa.
Un buque cargado de aristócratas pasa cerca de una isla. Los tripulantes, estupefactos, no dan crédito a lo que ven. Cientos, miles de manchitas multicolores corren hacia el agua. Se arrojan. Nadan. Patalean. Los pasajeros se cubren los ojos. No quieren ver el horrible espectáculo. Un fotógrafo registra la dantesca escena. Un pintor inmortaliza en una hoja la espeluznante y nunca antes vista imagen. Cientos de perros no claudican. Siguen la estela del buque. Esperanzados de ver a los humanos. Uno a uno van desapareciendo. Devorados por el mar. Un perro da media vuelta. Comprende que nadar es inútil. Los humanos no los rescatarán.
En las calles de Constantinopla siguen escuchándose ecos de los ladridos. Igual que en mi colonia, igual que en toda la ciudad, donde ninguno de nosotros abrirá las puertas de sus hogares.

Pildorita de la Felicidad

EL INGREDIENTE INOLVIDABLE

POR: Rodrigo Solís 

Existen en México héroes patrios cuyas biografías son dignas de transmitirse por HBO, y sin embargo los recordamos únicamente por las estrafalarias indumentarias que visten en estatuas y billetes, o cuando gritamos tumefactos en alcohol sus apellidos para celebrar otro aniversario de la Independencia; qué hicieron para merecer semejante honor, lo ignoramos, o lo olvidamos al instante en que nos graduamos de la escuela primaria. A diferencia de quien interrumpe su vida en un acto perturbador: el sacrificio sin sentido.
Hidalgo, alias “el Padre de la Patria”, poco o nada tiene que hacer ante la imagen en caída libre de un cadete envuelto en la bandera en las planillas escolares. Imaginar los sesos esparcidos en el pavimento es algo que marca a fuego y para toda la vida a cualquier niño. Generación tras generación. ¿Por qué se arrojó de la azotea en vez de esconder la bandera bajo algún ladrillo? ¿No es más valeroso (o práctico) morir peleando que cometiendo suicidio? El salto al vacío de Juan Escutia fue tan estéril como el cabezazo de Rafa Márquez a Cobi Jones en el Mundial Corea-Japón. Aún así, y pese a la paliza recibida, no deja de ser memorable.
Lo mismo ocurre en el amor. En la literatura no hay mayor prueba de compromiso y unión que la demostrada por Ulises y Penélope, pero elegimos tomar de voceros a Romeo y Julieta, caprichosos adolescentes quienes en vez de huir de Verona y afrontar la cruda realidad de vivir bajo el mismo techo en otra ciudad, optaron por el suicidio colectivo. No en balde <<te quiero hasta la muerte>> es más efectivo que <<te quiero aunque nunca estés en casa>>.
La fe tampoco escapa a este macabro fenómeno. Se rumora la existencia de un hombre capaz de convertir el agua en vino, multiplicar panes y peces y devolver la vista a los ciegos. El gobierno gira una orden de aprehensión en su contra por alterar el orden público, y el sujeto en vez de escapar caminando sobre el agua o volando como una paloma (habilidades propias de él), se entrega a las autoridades para ser ejecutado de una forma horrenda. De no ser porque a alguien se le ocurrió decir en el funeral que su muerte fue un sacrificio, ahora mismo sería recordado sólo por su círculo de amistades como un gran animador de bodas, generoso banquetero y magnífico oftalmólogo.

Pildorita de la Felicidad

MUERTOS POR EL PLACER 

POR: Rodrigo Solís 

La humanidad está de fiesta al leer en los periódicos el titular: “Agujero de la capa de ozono se recupera por primera vez”. Los científicos nos han confirmado que el agujero se ha reducido en 4 millones de kilómetros cuadrados en la antártica, motivo de sobra para palmotearnos orgullosos los unos a los otros aunque en realidad no hayamos hecho nada.
Me pregunto si le exigiríamos a nuestros gobernantes que firmen otro protocolo ambientalista en Montreal si se llegase a descubrir que en realidad los gases que destruyen el ozono atmosférico no son gases industriales sino radiaciones que emanan los celulares al enviar emojis por Whatsapp o por subir selfies al Instagram.
Las protestas nunca ocurren cuando somos nosotros, los consumidores finales, los culpables verdaderos de que el mundo sea un espanto. Solemos indignarnos si son los japoneses quienes tienen el mal gusto de meter en la sopa aletas de tiburón, apuntamos con dedo acusador a las celebridades que cubren sus inalcanzables cuerpos con abrigos de focas bebés, y nos parte el corazón el video de la vaquita que derrama una lágrima al eludir el rastro gracias a vegetarianos alemanes que pagaron por su libertad. Hacemos todo esto enfundados en ropa de marca maquilada por niños vietnamitas mientras devoramos atún enlatado y cortes de res en el almuerzo.
Esto pasa por una sencilla razón: el ser humano muy rara vez sacrifica aquello que le produce placer. Nuestra satisfacción es lo único que nos importa de verdad, mucho más que la promesa de un paraíso terrenal, e incluso es más fuerte que el miedo a quedar condenados al sufrimiento eterno. La religiones, en su mayoría, prohíben el sexo y el resultado es la sobrepoblación. Aparece el SIDA como castigo divino (o defensa de la naturaleza) y el humano se las ingenia para comercializar el condón, mismo que nunca trae a la mano por lo que termina jugándose la vida (o peor aún, arriesgándose a procrear una vida) antes de que el metabolismo de Lupita asimile las tres caguamas que se empinó en la fiesta.
Otro dato esclarecedor: si los hombres más inteligentes del planeta descubren que algo que produce placer nos mata, sociedades civiles de buenos samaritanos y gobernantes que quieren sus votos, salen en nuestra defensa para prohibir su consumo en oficinas, restaurantes, bares, hoteles y cualquier establecimiento público y privado. Censuran su propaganda. Colocan cadáveres de fetos, órganos expuestos, hombres tullidos y un carnaval de imágenes macabras en el empaque. ¿Cuál es el resultado? La gente se vuelve adicta a las fotografías gore y sigue consumiendo el producto mortífero.
Pasa todo lo contrario cuando descubrimos que la causa de muerte número uno en el país es la diabetes. Todos miramos hacia otro lado. No hay que ser Sherlock Holmes para deducir que los refrescos embotellados tienen relación directa con este mal, si tomamos en cuenta, estadísticas en mano, que México es uno de los países donde más se consume este producto en el mundo. Sin embargo, como la bebida carbonatada es (al parecer) más sabrosa y adictiva que el sexo o cualquier droga, jamás colocamos imágenes de niños con miembros amputados o señoras con obesidad mórbida en los cintillos rojos de los envases, tan sólo escribimos sus nombres propios: Toño, Paco, Laura, etcétera, omitiendo el resto del enunciado: “perdió un pie por consumir en exceso este producto” o “quedó ciega por beber 2 litros diarios”.
Venimos fallados de fábrica. Está clarísimo que los productos nocivos para la salud son los favoritos del ser humano. Por eso, tengo serias dudas cuando los creyentes afirman que Dios nos hizo a su imagen y semejanza. En todo caso, si esta fantasía fuera verídica, lo que tendría sentido es que hayamos sido hechos a imagen y semejanza de su archienemigo.