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En el mar la vida es más amable (recuerdo de Veracruz)

POR: Higinio Esparza Ramírez

En el mar el barco no arranca hasta que el pasajero se encuentre bien seguro en la plataforma o en sus camarotes, luego de trepar por una empinada escalera de tablones y pasamanos de cuerdas de ixtle pulidas y enceradas, con marinos arriba, abajo y a los lados para que el viajero llegado de tierra firme no resbale y pierda el equilibrio.

(En tierra, los choferes de las rutas urbanas e inter urbanas arrancan apenas el pasajero pisa el primer escalón del estribo y no esperan a que ocupe el asiento más próximo; se regodean si tropieza o se va de bruces al piso de lámina al no poder sujetarse de los pasamanos verticales u horizontales debido al arrancón inesperado).

En el mar, marinos, marinas, maestres, cabos, tenientes, oficiales, etcétera, se acicalan previamente en sus camarotes para aparecer radiantes ante sus huéspedes y no los defrauden con una presentación indeseable.

(En tierra, los chafiretes de Transportes del Nazas se acicalan en presencia de los pasajeros, a quienes parecen ignorar en su reducido mundo de pedales, botones y volante. Cogen un espejito redondo y unas tijeritas y se sacan a tirones las canas de los agujeros de la nariz, de los oídos y la cabeza con una mirada arrobadora en el espejo retrovisor. Y como cualquier respetable fémina se alisan el pelo a dos manos).

En el mar, hombres y mujeres visten impecablemente, uniformes, calzado y gorra, ya no se diga el aseo personal. Son pulcros por convicción y obligación.

(En tierra, los hombres del volante visten –algunos desde luego y quizá la mayoría- ropa sucia, arrugada y de varios días; una barba desaliñada y manos aceitosas indican que no se han bañado. Esperar que por decoro, presencia e identidad utilicen uniformes sería como pedirle plátanos al manzano).

En el mar, los sistemas de navegación se manejan discretamente; no hay llamadas telefónicas celulares por parte de los tripulantes cuando se hallan cubriendo sus respectivas labores a pesar de que duran seis meses en alta mar, alejados de los suyos y por lo tanto ávidos de comunicación.

(En tierra, los conductores de los autobuses interurbanos y urbanos que navegan a brincos, ruidos y bamboleos y a bocina abierta que lastima el oído de los

viajeros, desde que salen de una ciudad y llegan a la otra y en casi todo el trayecto, llevan el celular pegado a la oreja o bien manejan con los auriculares puestos, lo que significa que no van entregados en un 100% a sus tareas).

En el mar y si no hay tormenta de por medio, los navíos de pasajeros y de la Marina Armada de México, se deslizan suavemente con el capitán agarrado a dos manos del timón para no perder el rumbo y prevenir los accidentes, especialmente las colisiones con las masas de hielo flotantes o contra los trasatlánticos que van y vienen de un puerto a otro. Música ruidosa que rompe los tímpanos, ni pensarlo.

(En tierra los manejadores de los rojos, verdes, azules, blancos y amarillos corren como demonios por calles y bulevares, rebasan al otro sin disminuir la velocidad o frenan de repente. Los viajeros que de por si van rezando para que no les pase nada, son desplazados violentamente de los asientos y los que van de pie parecen acróbatas colgados de los tubos del techo. Los interurbanos cruzan la Acuña de sur a norte a 80 kilómetros por hora, eluden los vehículos que van adelante y llegan raudos el bulevar Independencia, donde la luz roja del semáforo los detiene en seco. Los pasajeros saltan de sus asientos y cambian las oraciones por maldiciones, inaudibles pero entendibles).

En el mar los buques no hacen agua.

(En tierra los autobuses hacen tierra. El polvo se filtra por las ventanillas sin vidrios y las láminas desvencijadas de la carrocería)

En el mar, la tripulación sonríe con gesto fresco.

(En tierra los navegantes del asfalto van enojados con un rostro a la Riquelme, agrio y hostil. No saludan y muy pocos responden a las “gracias” de las damas comedidas que aprecian su trabajo).

En el mar, los servicios sanitarios de los camarotes brillan de limpieza y huelen a perfume.

(En tierra, urinarios y excusados de una terminal autobusera ubicada por la Acuña, entre la Presidente Carranza y avenida Juárez, huelen a las aguas residuales que escapan de los drenajes citadinos).

En el mar, ni semáforos ni patrulleros ni peatones que se atraviesen al paso de los buques.

(En tierra sucede todo lo contrario, con el agravante de que los segundos son “mordelones”)

En el mar hay música de piano en los buques de recreo.

(En tierra, claxonazos, rechinidos, música estridente y las palabrotas que intercambian los conductores cuando sus autobuses quedan al parejo, acompañan a los esforzados y forzados usuarios de los camiones que cubren las decenas de rutas que operan en Torreón y los que se desplazan de Gómez Palacio a Torreón y de Torreón a Lerdo).

Nota del escritor. Estas banalidades no caben en un texto serio, pero el ocio y el confinamiento aconsejan buscar la diversión donde se halle.

A mí también me encantan mis nietos… pero de lejos

POR: Higinio Esparza Ramírez

Escondí mi caja de herramientas debajo del lavadero, en el cuarto de servicios ubicado en la planta alta de mi modesta casa, avisado de que pronto llegarían los nietos. Efectivamente, irrumpieron poco después por enésima ocasión en mi vida pacífica, azotando la puerta y abriendo a puntapiés las puertas de vidrio que llevan al jardín. Se treparon a la azotea por una escalera de caracol y se pusieron a jugar futbol. Sus pataleos y corretizas cimbraron mi cabeza y comenzaron a desprender el caliche que une las tejas del techo, un movimiento casi telúrico. Las imágenes de la pared se movieron y cayeron al suelo los frasquitos de gotas oftalmológicas que se hallaban en el buró de la recámara. El Titánic se enderezó, su imagen desde luego.

De pronto cesó el ruido y respiré a profundidad, aparentemente aliviado porque la tranquilidad había retornado a mi espacio hogareño. Pero no fue así: se pusieron a jugar futbol en el jardín y a golpear con el balón de cuero crudo los pórticos habilitados por los intrusos como porterías en un extremo, y por el otro utilizando macetas con plantas floridas, las cuales se doblaron al primer balonazo.

Refunfuñé otra vez pero los de adentro -los adultos que comían chiles en nogada preparados por mi esposa- no me hicieron caso. Salté de mi silla cuando los arrebatados nietos se metieron con mis tortugas, interrumpiendo su hibernación, Entonces me enojé de a de veras, con iguales resultados: sordera y desdén con el consiguiente reproche de mi parte: -con un carajo, ¿A qué hora se van?..

Pero no se fueron. De pronto uno de los nietos subió y bajó del techo con un serrucho para podar árboles y comenzó a serruchar la

casa, comenzando con los pilares que sostienen la cornisa del jardín. Lo descubrí a tiempo, pues del otro modo, yo y mis tortugas ya estaríamos muertos por el derrumbe premeditado y alevoso.

Y no miento. Una mondadura en una de las columnas demuestra cómo las manos infantiles son capaces de derribar una finca, luego de abollar el techo y romper los cristales del zaguán. -Yo te pago, no te apures aguadito (abuelito), dijo la madre, mi nieta, pero se hizo la zonza y los de casa cubrimos el gasto. Afortunadamente aquellos diablos crecieron y se fueron cada quien por su lado. Pero los renuevos amenazan…

Un periodista publicó que le encanta estar cerca de sus nietos y jugar con ellos. No me explico esa motivación, pues en mi caso no existe y menos cuando uno de esos nietos (los míos) tira a la taza del excusado mis molares de repuesto de oro puro que costaron dos mil quinientos pesos. Los busqué por todos lados,

menos en el drenaje y tuve que reponerlos con un costo adicional de quinientos pesos.

Me llamo Higinio, pero esos mismos nietos me dicen Eginio o aguadito y más reniego cuando me apuntan con sus ametralladoras de juguete, y lo hacen a fuego cruzado.

Fuera de casa también hay nietos sorprendentes: El que dice “los testículos” de Jehová en lugar de Los Testigos de Jehová o el que le dispara telarañas al abuelo Juan Manuel simulando que es el “hombre araña” y sí, lo deja enredado y feliz por la imaginación y talento del pequeñuelo. Menos mal que no fingió ser Superman, pues se lo hubiera llevado volando por los cielos hasta llegar al planeta Kripton, vecino de Plutón.

Mi nietecito Daniel esculcó mis ropas y encontró una fotografía con mi efigie y la de una joven compañera de trabajo y se la mostró a la abuela.

-¿Quién es? preguntó el pequeño apuntando con el dedo a la mujer de la foto.

-Es una piruja, acusó la señora pero el infante no la entendió y me despertó sólo para preguntarme: ¿Es una peduja?

Estos recuerdos no encierran ni protestas ni reproches, pues el actuar infantil sazonó mi vida y lo mejor, aún despiertan sonrisas las ocurrencias de quienes entraban a la cocina y acababan en un dos por tres con las empanaditas de ate de membrillo, mermelada de fresa y mermelada de higo preparadas por mi afanosa mujer. Del mismo modo alegraron mi vida, cuando chiquititos, mis dos primeros nietos: uno era fonomímico y mandaba mensajes con las manos, el otro bailaba “Pollitos con papas”. Pero Andrea, tercera generación ya los desbancó: -Dame un circulito, le pide a la madre y frunzo el ceño. -Un taco con limón y sal, quiso decir, explica la abuela.

Llega a mi rescate de abuelo irreverente, el libro de Armando Fuentes Aguirre “De abuelitas, abuelitos y otros Ángeles Benditos”, y no hay remedio: su lectura me

fascina y da pie para orientar y complementar mi sentir acerca de los benditos nietos y bisnietos, estos últimos también con merodeo travieso por mi casa, pero no saben que ya vendí el serrucho. Con el permiso de Catón, de quien estoy seguro me perdonará el uso de su nombre y de su trabajo literario, pues su obra trasciende y fascina; alivia penas y nos llena de ilusiones. Por lo tanto, y con su permiso, transcribo un fragmento de uno de sus textos, pleno de ternura y de certezas:

…Criaturita que llegas con tus mañanas a mis tardes: eres para tu abuelo promesa de esperanza y don de fe. Cuando conmigo estés, sentiré que Dios está conmigo. Muy cerca de Él estamos los dos. Tú, porque acabas de salir de sus manos. Yo, porque me acerco más a sus brazos. En los míos te dormiste ayer. En los suyos mañana dormiré. (Armando Fuentes Aguirre)