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Desafiando al tiempo a paso lento

POR: Higinio Esparza Ramírez

Viejos suspirantes son hoy, ayer fueron jóvenes fogosos, laboriosos y divertidos, bailaban mambo, cha cha chá, danzón y los ritmos afrocubanos que demandan excelente condición física; gozaban con la Princesa Lea, Wanda Siux y Lyn May y soñaban con Greta Garbo, Sofía Loren, Briggite Bardot y Llilia Prado. Respetaban a sus abuelos y en consecuencia a todos los viejos del mundo, pedían permiso a sus mayores y no existían los “ni nis” ni los celulares distractores, sólo la radio que los congregaba cuando peleaba El Ratón Macías contra el francés Alfonse Halimi.

En su añorada juventud los viejos se movieron con iguales inquietudes, ambiciones y espíritu aventurero; viajeros y mujeriegos, se desvelaban en los antros nocturnos y no le temían a nadie; peleaban en la calle a mano limpia y fumaban tabaco a escondidas de sus padres o de la policía los adictos a la mariguana: muy pocos sabían de estos últimos porque no eran tan descarados como los actuales adictos.

Se enredaban en noviazgos guardando las distancias debidas a menos que los arrebatos pasionales los empujaran por otras vías y aún así llegaban al matrimonio. Eran reverentes con las damas y a cada 28 de agosto abrazaban con alegría a sus abuelos.

El abuelo es feliz cuando los nietos buscan su sombra. En el circo se divierte más que ellos admirando a las trapecistas o rugiendo como león y se toman las fotos. En otro espacio de divertimento, lo sorprenden los gritos -“Abuelo, llévame a ver el tren” y lo mueven (al viejo, no al ferrocarril) o sus inventos de animales anfibios en las acequias que recorren en una figurada aventura donde aquel lucha a puro brazo con las bestias alienígenas llegadas de Marte.

Sólo cuando se trata del Día del Abuelo la sociedad acoge a los viejos. Después, los olvida, los menosprecia y los regaña

y son los jóvenes mal educados y los adultos irrespetuosos los que se ensañan, olvidando que ellos también llegarán a la senectud irremediable. El abuelo ya no desea ser niño, sino ponerse a la par y alcanzar respeto y tolerancia.

Hay un proverbio sueco que dice: “los jóvenes van en grupo, los adultos por pareja y los viejos van solos” y esa soledad es precisamente la que se acentúa cuando los integrantes activos de esta sociedad egoísta, tratan mal a los ancianos que también forman parte de la misma colectividad que ahora los aparta a un lado.

Pero no todo es desventura senil: con la credencial del INSEN se obtienen descuentos en el pago del impuesto predial y en el costo de las placas de circulación; pagamos la mitad del boleto en los viajes en autobús y en avión, aparte de disfrutar de rebajas en las grandes tiendas y en los partidos de béisbol de la Liga Mayor de La Laguna, menos en las funerarias, donde no hay rebajas ni siquiera de fin de semana.

Alrededor de los mayores de edad han surgido máximas de los grandes pensadores de la historia que lo mismo levantan el ánimo o lo apachurran con juicios certeros, verbi gracias: “Los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma”, previene Albert Schfeitser y enseguida puntualiza y saca de onda: “Con 20 años todos tienen el rostro que Dios les ha dado, con cuarenta el rostro que les ha dado la vida y con sesenta el que se merecen”. (Uff, esto ya duele).

Los hay de tono humorístico: “La edad también tiene sus ventajas muy saludables, se derrama mucho del alcohol del que antes no quedaba ni gota”, señala Gidi y John Knitex por su lado, es realista: “Se es viejo cuando se tiene más alegría por el pasado que por el futuro”. Santiago Ramón y Cajal remata –y feo-: “lo más triste de la vejez es carecer de mañana”.

Y para las mujeres con las arrugas de la senilidad encima, los refraneros de la historia les asignan un destino que es

más bien un elogio a su vanidad: “Cásate con un arqueólogo; cuanto más vieja te hagas más encantadora te encontrará”.

Charlie Chaplin, Da Vinci, Galileo Galilei, Isaac Newton, Franklin Roosevelt y Alberto Einstein, entre otros, tenían una edad promedio de 80 años cuando alcanzaron la cúspide como grandes científicos y forjadores de la historia. Y que me dicen de Sophia Loren, a sus 80 años todavía sacude el alma de sus sempiternos admiradores y los pone a lloriquear.

-Si hay heces de pájaros en la hoja en que escribo a mano estas divagaciones -escribo sentado en una de las bancas de la Alameda Zaragoza-, es porque las aves creen que soy una estatua como la que hay en los descuidados andadores del emblemático paseo público, sucias, mudas y deterioradas por el tiempo y el descuido. Se posan abrigadoramente sobre mi figura inmovilizada y pienso que es su manera de rendir honores al ser humano que ya es piedra y no las acosa.

Sus alegres vuelos los interpreto a la vez como una oda para los ancianos colegas que descansan sus años en las bancas de los paseos públicos o en sillas de ruedas fantaseando con Marilyn Monroe como es mi caso y me vuelvo optimista.

La sociedad ignora que somos fabricantes de sueños… Por ese motivo, Mister Gallo y la emisora local de Radio Centro, sus cantantes y el pianista Carlos Ramos, nos reúnen año con año en el Teatro Nazas para disfrutar canciones y melodías de nuestro maravilloso pasado. A la mañana siguiente, todos los viejos a seguir cantando como desafiando al tiempo…

El mundo cibernético pone los pelos de punta

La advertencia aparecida en el internet es clara y precisa; no deja lugar a duda, me sorprende y me confunde: “El mundo cibernético es un lugar peligroso; los criminales se infiltran en los sistemas e instancias, asaltan privacidades y trastocan estilos de vida, provocando situaciones catastróficas e inevitables. Los malhechores cibernéticos son astutos y diabólicos, altamente innovadores y persistentes, infractores de la ley y operan en las sombras.” (¿Se trata de un mensaje injertado por Lucifer, cuya principal arma de combate consiste en hacerles creer a los humanos que no existe?

Abro mi libreta con pastas de tejido vegetal elaboradas por afromexicanos de la costa chica de Guerrero y apunto las truculencias del mensaje que por casualidad capté en la pantalla de la computadora que me sirve para escribir y mandar mensajes y pienso al mismo tiempo: ¿Sabrán los educandos del nuevo ciclo escolar -por ahora vía internet- de los riesgos que implica el uso del sistema digital para su enseñanza y formación académica fuera de las aulas? ¿Lo sabe el gobierno?

El regreso a la escuela -virtual por ahora- demanda más seguridad y un primer paso sería la protección de los portadores portátiles: computadoras de escritorio, tabletas, teléfonos celulares y los demás dispositivos que surjan en esta veloz carrera de la tecnología. Abandono y descuido de las laptop, de los teléfonos móviles extraviados y la carencia de seguros contra los virus, figuran entre las principales causas que abren las puertas a los criminales cibernéticos, previene el informe leído en la pantalla.

Añade: “Hay espionaje, acoso, infiltraciones, robo de datos personales y lo peor, robo de nuestro dinero. No sólo son riesgos cibernéticos, sino también de terrorismo que se superponen cada vez más uno del otro. Hay amenazas contra los activos físicos, los gobiernos, las redes eléctricas, presas, redes de telecomunicaciones, sistemas de transporte e instalaciones nucleares civiles y oficiales”, remarca ominosamente el aviso preventivo. “Para combatir las amenazas cibernéticas -aconseja- es necesario que el gobierno y los ciudadanos entiendan que estamos juntos en la lucha contra un enemigo común, un enemigo oculto que opera detrás de nuestras organizaciones y dispositivos, difícil de detectar, de vencer y de castigar. ¿(Es un llamado con fines comerciales? me pregunto, pues me desconcierta que todo el mundo, comenzando con los nietos que tanto encantan, usa, sin quejas, el sistema cibernético)

En fin, continúo: Estas contingencias del mismo modo se han vuelto inadvertidas ante el escrutinio público, el escrutinio de los maestros sobre todo y quizá ello se deba a las necesidades de adaptación sobre la marcha al novísimo sistema que ahora tiene en casa a los alumnos suspendidos de la televisión, la tableta o el teléfono celular, sin padre ni madre que les oriente y proteja porque ellos tienen otras ocupaciones relacionadas con el mantenimiento del hogar. El profesor en línea no asume tales responsabilidades, pero sí lleva una gran carga encima: impedir desviaciones digitales.

Abjuro de las sinuosidades del ciber espacio y cambio de canal: “El exorcista”, es la invocación porque desde que vi la película me encantaron las escenas donde Regan levita con todo y cama; habla como Satanás, vomita sopa de verduras descompuestas sobre el rostro del sacerdote que intenta liberarla del demonio, utilizando crucifijos, rosarios y oraciones al mejor estilo presidencial, gira la cabeza para todos lados y desciende por la escalera patas para arriba, despilfarradora de una fuerza sobre humana que al final de cuentas les costó la vida al cura exorcista y a su ayudante. Ella misma, concluida la diabólica filmación, requirió tratamiento sicológico para retornarla a la normalidad, pero su vida ya no fue la misma. Continuó poseída por el demonio de las drogas y el alcohol y se apagó su estrella.

Lo que si quedó claro, fue que en la célebre película de terror, Satanás no pudo con ella y batalló para infiltrarse en su cuerpo y mente, vociferando como demonio del octavo infierno en la curva alta de la posesión maligna, intentando apoderarse de la inerme Regan (Linda Blair, su nombre verdadero).

No hay comparación entre uno y otro tema, quizá similitudes: el demonio trastoca estilos de vida, es astuto e infringe la ley, igualito que los criminales cibernéticos, pero uno de los asuntos me alarma (el ciber espacio) y el otro (la película luciferiana) me entretiene. Los dos, de cualquier manera, me enchinan el pellejo.

Nueva versión de ¿Quién se llevó mi queso?

Autor: Higinio Esparza Ramírez

Irma Targelia anunció, con platillos y cornetas. !Yo llevo un queso panela, en canasta, un kilo como botana para todos!. Llegó a la mesa, abrió el maletín donde guarda la ropa interior y puso la pieza láctea al alcance de todos los comensales griegos, pero no la cortó en lajas, ante la mirada imperturbable de Pericles, Equión y Al Tarif, este último recién llegado de Persia, con gruesos anteojos y cachucha de turista veneciano. Gaby Aspasia, la de las piernas turgentes, ignoró el incidente y se puso a pelear con una bolsa que se resistía a soltar las piezas de pollo doradas al carbón destinadas a su señor padre, Solón, el de la mente abierta, inteligente y serena.

Hepzibai y Cleo, los anfitriones, esperaban, también, las rebanadas de queso como botana, desdeñando las semillas, churritos y papas enchiladas llevadas por Al Tarif, preceptor del arte y la cultura que se cuidaba, del mismo modo, de omitir los alimentos con leche de vaca pesada e hiriente, enemiga de la flora estomacal. No toma leche, para acabar pronto.

Zenón y Janipa, su mujer, al fondo, no perdían detalle de las maniobras culinarias que esperaban con ansia. Copas de vino tinto calmaron sus angustias y se fueron sobre los chicharrones arriscados hechos chatarra que alguien de los presentes aprontó, también, como botana, la que se toma con vino, jamón, aceitunas, papas con chile y queso. Pepinos, esos sí, transformados en rebanadas por un cuchillo que iba de mano en mano, amenazante y filoso, acudieron en auxilio del panela fantasma, rociados de chile piquín, rojo y ardoroso.

Hepzibai, calvo y de cúpula rosada, los imitó copa y chicharroncitos en mano, de estos últimos una y otra vez hasta que Cleo, su mujer, hecha de coraje y sangre, inteligente, con emociones y opiniones, le ordenó: !ya no comas antojitos, evita los reflujos, los vómitos y los ardores de panza. HZB abrió las dos manos, dejó caer los chicharroncitos y alimentó a los de abajo, los perritos que siempre que llega al ágora, le hacen caravanas, frotan sus narices con sus piernas, y lo abrazan.

Kurda Sarah, desde su rincón cercano al baño, se refocila con lo que ve, tienta y gusta y espera, paciente, a que alguien le ponga a su alcance, pepinos, cacachuates y semillas, pero Al Tarif y su mujer, Narcisa, no sueltan prenda y

acaparan los chuchulucos plagados de azúcar, sodio y grasa, propios para chipiles desentados.

La algarabía resultante del reencuentro entre los compañeros de trabajo, involuntariamente dejó en el olvido el anunciando queso panela, que en cuestión de minutos comenzó a desaguarse en suero en la canasta que le servía de guarida. Nadie sabe y nadie supo, hasta ahora, el rumbo que tomó, no dejó huella, se alejó rodando y se sumió en el misterio.

Cadmio llegó presuroso junto con su mujer Semiele y su hija Dejamira, prendió el comal y en tiempo récord preparó una discada de camarón pelado, la vació en una olla de barro fabricada en el Peloponeso y la puso en un extremo de la mesa, custodiada celosamente por Al Tarif y el sujeto de la calva.

A taco y taco, los presentes acabaron con la discada, brindaron con cerveza y vino tinto y a las seis de la tarde, ahítos, exclamaron: “Nos vamos, alegres y contentos, gracias por tu hospitalidad Hepzibai y gracias por tu alberca: nos refrescamos pies y mente”. La alberca, les dijo, “no es mía, es de Cleopatra”.

Se fueron, en efecto, pero alguno de ellos se llevó el queso panela y ahora se hacen los desentendidos. Hepzibai se convirtió en fiscal y con la ayuda de Al Tarif, inició las averiguaciones entre los dilectos amigos, entre los cuales, especuló, está el que se llevó el queso. Ratones no hay y por lo tanto, la gruesa rodaja se oculta en las mochilas de los sospechos. ¿Quién es? Irma Targelia, la de los labios de fresa con crema, se hizo la inocente, lo mismo que Gaby Aspasia, Narcisa y Kurda Sarah. “Lo pusieron de aderezo en la discada de camarón, fue su defensa, ignorando que el camarón no lleva queso panela, sólo colesterol acompañado de rajas de chile morrón, cebolla, tomate y cilantro y las migajas de los que mastican chicharroncitos encima de la olla.

El queso, por lo tanto, se volvió humo, no dejó huella y se tiró a la aventura buscando otras mesas donde los comensales, aprecian su valor alimentario, fermentado en leche cuajada, preferido por los egipcios en sus tardes de luna, de sol y de estrellas. Hepzibai, volvió a soltar una lágrima, hecho un ovillo en el cojín donde reposa sus sueños, porque nuevamente se quedó sin queso… ni pollo.

(Taylor Caldwuell, autora del libro “Gloria y Esplendor” aportó los nombres que aquí se citan, con la idea de que su obra -719 páginas-, sea leída, completa, a nivel regional y sepan los lectores quienes fueron Fidias, Anaxágoras, Hecate, las Hades y Pericles, el gran amor de Aspasia, la de los senos lechosos: -Ah, amado mío, querido mío, mi amor y mi dios. Espérame. No me olvides. Le decía Aspasia cada vez que aquel picoteaba trozos de queso panela en la Acrópolis).

Me casé con mi nodriza

POR: Higinio Esparza Ramírez

Fui de cuna humilde, donde los biberones escurriendo leche de vaca brillaban por su ausencia y cuando se me hizo un vicio chupar trapos o pedazos de hule espuma como si fueran tetas, mi madre habló con una joven vecina que vivía a dos puertas de la casa, pidiéndole por favor que me amamantara mientras ella se recuperaba de los corajes que le agriaban la leche y optaba por suspender la alimentación a falta de grasas, proteínas, lactosa, vitaminas, sales minerales y una homogeneidad que liberaba al crío de los odiosos malestares gástricos.

Alquiló una nodriza, una robusta mujer que gustosa asumió las funciones de madre sustituta de uno de los enclenques niños -yo fui el afortunado- y muy temprano en la mañana del siguiente día, llegó a la casa y de inmediato comenzó a amamantarme. Entonces un paraíso se abrió a mis ojos: tenía pecas en las sonrosadas mejillas y pecas en el pecho, exhuberante a más no poder; pelo que la caía en cascada y una sonrisa picaresca que de momento me intrigó pero sin poder llegar a conclusiones pues apenas tenía tres meses de nacido.

A mañana, tarde y noche me tuvo entre sus brazos, alimentándome con sus dos prodigios pectorales mientras cantaba “a la rorro niño, duérmaseme ya…”, una tonada que producía en mi un efecto contrario, pues más me aferraba al sinuoso manantial generador de vida, de sueños e ilusiones.

Antes de que la nodriza entrara a mi vida, a mi madre ya la tenía harta y optaba por esconderse debajo de la mesa o metiéndose al ropero, pero no conseguía evadirme porque ya se me había aguzado el olfato y en gateo era un experto, pues iba de un rincón al otro explorando el terreno.

Ni el lodo con hormigas hueras untado en los pezones, conseguía ahuyentarme; por el contrario, las masticaba -a las hormigas- con las encías porque dientes todavía no había. La estratagema materna siempre fracasó en esos menesteres y optó por las hormigas negras de Miguel Auza, Zacatecas, con iguales resultados.

Por esa causa y las muchas más derivadas de la necesidad de atender a los niños mayores y al padre al que también había que alimentar tres veces al día pero en la mesa de la cocina, una situación que le quitaba fuerza, paz y sosiego, se decidió por la nodriza especialmente para mi, pues era el más exigente en cuestiones alimentarias maternas, y lloraba a gritos demandando atención hasta que de plano decidió mantenerme alejado recurriendo a la leche de otro hogar.

Llegaba mi nodriza con un vestido floreado, de falda ancha y escote pronunciado; comenzaba su labor con arrumacos, pellizquitos en los cachetes y caricias con el dedo meñique en el labio inferior, un preámbulo que abría mis ansias de par en par y me entregaba con fervor al coloquio bienaventurado.

Disfruté por años en aquel mar de blancura lechosa hasta que comenzaron a salirme las muelas del juicio y entonces me adentré de lleno a la realidad. Ya no hubo caricias inocentes, mi nodriza dejó de serlo y recuperó su figura de mujer soltera, joven, suave y glamorosa que reclamaba derechos, respeto y un trato conyugal con cobertura de mantenimiento para toda la vida.

Lo bruto nunca se me quitó al grado de preguntarme: ¿Qué es lo que quiere? hasta que la chispa se me prendió y descubrí que me había enamorado de ella. Eso sucedió cuando amenazó con salirse de mi vida y buscar otros rumbos más redituables.

El amor del mismo modo había llegado a ella desde que me conoció de niño; maduró con el tiempo y surgió boyante con el trato diario y de acercamiento sin rubores ni pecado, pero tampoco se decidía a manifestarlo abiertamente pues me consideraba suyo y nunca pensó que yo buscaría otros pechos o más bien, ése fue el temor que comenzó a crecer en su corazón.

El enamoramiento igualmente la tenía atrapada y a quince años de iniciada nuestra relación de nodriza-niño, nos explayamos con ese sentimiento y decidimos legalizar nuestra feliz unión por todas las vías, legales, religiosas y de vecindario. No queríamos dar lugar a críticas que alteraran nuestra nueva vida que por fin había entrado a remansos de quietud y paz espiritual. Esto último lo digo porque ya crecidito, también la acosaba con mi perverso reclamo infantil hasta que le puso fin con un enérgico !Ya basta!

Entonces nos decidimos a contraer matrimonio y tuvimos hijos, pero ya no hubo nodrizas. Ahora, de

adulto, ya no me gusta la leche, ni Lala ni Bell, cuando mucho tomo café descafeínado con crema deslactosada, sin hormigas. (Texto basado en hechos reales)

La fuerza del hambre y el valor de las sampetrinas

POR: Higinio Esparza Ramírez

“Un viaje de 1000 kilómetros comienza con un primer paso”. (Máxima China)

En mayo de 1963, los acosos, amenazas, humillaciones y rechazos del sector oficial, de particulares y líderes explotadores, no doblegaron a las 202 mujeres campesinas de San Pedro de las Colonias que emprendieron a pie una marcha kilométrica hacia la residencia oficial de Los Pinos, en la capital de la República, con el fin de entregarle al presidente Adolfo López Mateos, en sus propias manos, un documento con una serie de demandas orientadas a paliar la miseria que castigaba inmisericorde a aquella zona rural coahuilense, donde niños hambrientos y con sed bebían-para seguir subsistiendo- la sangre de los animales sacrificados en el rastro municipal, o “pepenaban” comida en los mezquitales y nopaleras de los ejidos.

“Caravana del Hambre” fue llamada aquella épica marcha, cuya historia documentada preservó la maestra Gabriela Gutiérrez Medellín, hija de una de las marchistas -Juana María Medellín de Gutiérrez- las dos, asistentes y asesoras de las sufridas caminantes vencedoras del desierto y que consiguieron -finalmente- una entrevista de un grupo de sus representantes con el presidente de la República en su propio despacho y de la cual surgieron acuerdos en ese nivel para resolver los problemas planteados: la miseria en el campo y la falta de trabajo para los campesinos, entre otros .

La singular caravana sólo llegó completa, hasta Saltillo, donde por teléfono se hicieron los arreglos para que el Presidente atendiera personalmente a las comisionadas, encabezadas por Juanita Medellín de Gutiérrez. Las llevaron a México por avión.

En nueve días la caravana había recorrido a pie 246 kilómetros “bajo la lluvia, un ardiente sol, hambres y enfermedades”, escribieron los reporteros. “Habían logrado ya su propósito Y obtenido más de lo que pedían, según versiones de la época”.

Una odisea sin paralelo en los anales de la Comarca Lagunera, con resonancia nacional e internacional, descrita pormenorizadamente en el libro intitulado “202 sampetrinas hicieron retemblar en su centro la tierra misma”, un ensayo histórico de la maestra Gutiérrez Medellín, con el apoyo de su hija Paloma Peña Gutiérrez, quien se encargó de ordenar y secuenciar documentos, publicaciones periodísticas, anécdotas y comentarios recopilados por la autora de sus días en los meses subsecuentes de la original protesta mujeril.

El libro, editado en agosto de 2015, contiene las crónicas de los reporteros que cubrieron día y noche el extenuante recorrido, con copias de fotografías de impactante dramatismo como un intento de autoinmolación de una madre con su hija de apenas cinco años de edad que no habían probado alimento durante seis días.

El sufrimiento y las miles de penalidades que las mujeres encontraron en el camino inicial de más de 240 kilómetros que cubrieron a pie machando a través del inclemente desierto, soportando con heroicidad resolanas y tolvaneras, “un viento frío y polvoso” que soplaba todas las noches y el hambre y la sed que las castigaba sin piedad.

Jesús Sánchez Hermosillo, reportero de la revista “Impacto”: “Sombreros de paja, pañoletas remendadas, canas, cabelleras flotantes, rostros ajados por el viento, ojos enlodados por el llanto y la tierra, cuerpos encorvados, axilas sudorosas, senos flácidos, piernas aterradas, huaraches, pies hinchados, callosos, heridos, sangrantes… cientos de mujeres caminan por la carretera, ancianas, jóvenes embarazadas, enfermas… ni el cansancio ni el quemante sol del desierto, ni las tolvaneras, ni las lluvias ni las granizadas, ni siquiera las autoridades municipales ni estatales han podido detenerlas. Sólo un hombre puede dar fin a este inenarrarable sacrificio: el presidente de la República”

Sánchez Hermosillo relató, conmovido: …fui llamado por un grupo de campesinos que querían que viera algo que no podría olvidar. Sentado sobre la banqueta un hombre, un espectro de hombre, veía agonizar en sus brazos a una niña de unos cuatro años, sí, muriéndose de hambre, el hombre también tenía hambre, pero sólo se ocupaba en llorar. ¿Qué podía decirle a aquel hombre? Nada.

Denunciarían al presidente, los abusos y corruptelas de los funcionarios y empleados de los bancos agrario y rural y de los líderes cenesitas coludidos con los explotadores y el poder oficial, además de la falta de agua para riego que no se les daba a los campesinos desde un año atrás. Aparte, demandaron la suspensión inmediata de los vales de la Conasupo manejados como en los tiempos de las “tiendas de raya”.

“Nuestros hijos necesitan alimento, la falta de trabajo hace que estemos en completa pobreza, por eso vamos a México, dijeron una y otra vez a los funcionarios estatales, municipales y federales, incluyendo a los militares que insistieron, mediante amenazas, represiones y encarcelamientos, en disolver el movimiento femenil “para no molestar a los señores gobernantes”. “A nuestros hombres los dejamos en casa, cuidando a los niños. No quisimos que ellos formaran la caravana porque fácilmente los hubieran convencido de que regresaran y esperaran una respuesta que nunca llegaría. Ya estamos hartas de las promesas que nunca se cumplen”, sentenciaron.

Entre las penurias superadas con dolor y sacrificio en el camino por parte de las 202 sampetrinas y más de 40 que se solidarizaron destacaron: edad avanzada, mala alimentación -frijoles, chile y tortillas fueron su comida básica al partir; ingesta de agua gruesa, salitrosa y maloliente, aguaceros y lluvias, vientos y tolvaneras que arrastraban a las más delgadas, males agravados por el esfuerzo, piernas paralizadas, padecimientos bronquiales originados por el mal tiempo, los mosquitos y la amenaza de víboras ocultas en la maleza.

Rosa Margarita Moreno Gómez de Flores, la autora del prólogo, señala: “Esta obra es un merecido reconocimiento a todas esas mujeres que participaron en aquella marcha que por justicia de Dios, fue fructífera y loable y sin duda alguna, está llamada a ser un referente imprescindible para observar y ser parte de los fenómenos económicos, políticos y sociales de nuestro país, tan terriblemente dañado”.

¿Y cómo cesó la represión militar?: con el Himno Nacional Mexicano cantado a coro por las audaces e inteligentes mujeres de San Pedro de las Colonias. Los militares, de arraigado patriotismo, asumieron la posición de firmes y regresaron a su posición original el rifle amenazador: asido verticalmente con la mano derecha y recargado en el hombro, sin apuntar a nadie, solo al cielo.

De mi parte, una reflexión china: -Un viaje de 1000 kilómetros, comienza con un primer paso. Un primer paso dado por las valientes sampetrinas que encontraron eco y respuesta a sus demandas en la inexpugnable residencia oficial de Los Pinos, no todas. Sin ellas, los beneficios no hubieran sido logrados. destacando: la construcción de la carretera San Pedro-Cuatrociénegas, la pavimentación de la mayor parte de las calles de San Pedro, empleando en ambas manos de obra campesina; la construcción de una clínica de servicio gratuito y dos escuelas federales; atención presidencial a las carencias y falta de mercado nacional de los candelilleros; modificaciones al sistema de vales de la Conasupo, incrementando la existencia de los artículos de primera necesidad.