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Duermo, luego existo…

POR: Higinio Esparza Ramírez

-¿Vas al baño? Si… a ver si puedo. No es fácil; debajo del pantalón de estrecha salida de emergencia llevo enredados dos calzones térmicos. La vulnerabilidad senil así lo exige. Cosa curiosa: apunto al retrete pero el esmirriado surtidor sale desviado y moja el zapato. Suspiro. El héroe de dos mil batallas se zafa, se repliega y vuelve a su escondrijo a seguir dormitando. Ya ni lo veo. En mi juventud no me lo quitaba de encima…

Estoy pisando el cordón del tenis y jalo y jalo profiriendo maldiciones porque no se suelta. Un chispazo en el cerebro me aconseja levantar el pie; la agujeta se libera y la trenzo con su compañera que espera impaciente del otro lado.

Descubro que tengo puestos los dos tenis, pero no el pantalón. Me descalzo nuevamente, de rodillas extiendo y separo las perneras para facilitar el montaje. Me levanto, trato de meter las dos zancas una primero y luego la otra, pero esta última no entra, se atora y se apretuja con su par; Atolondrado me doy cuenta que la estoy introduciendo en el mismo tubo.

Asoman a mis ojos lágrimas de impotencia. –Cálmate, no te aflijas, disfruta la vida y comienza otra vez, me recomienda el rostro frustrado que refleja el espejo del tocador que tengo enfrente. Se le olvida que noche a noche batallo para desanudar los cordones del calzado y excarcelar a mis dos viejos pies que ya no aguantan las caminatas de antaño.

Sigo sentado en la cama y dos o tres minutos después me levanto y pacientemente me pongo el pantalón y enseguida calcetones y tenis deportivos. ¿Para caminar, para correr? Nooo, para sentarme en una mecedora y entregarme a la lectura, una práctica que recomiendan los especialistas para resucitar el cerebro.

Retomo los “Veintiún Cuentos” de Graham Greene, comenzando con el intitulado “La Película”: -Los demás se divierten –dijo la señora Carter .-Bueno, repuso su esposo, nosotros hemos visto… -El Buda reclinado, el Buda esmeralda, los mercados flotantes- dijo la señora Carter –Y luego cenamos y nos vamos a dormir. Si no estuvieras conmigo –dijo la señora Carter- encontrarías… sabes a qué me refiero, algún sitio de esos…

Pero el libro cae otra vez y no termino de leerlo. La misma situación padece la Biblia, con sus episodios de violencia, sangre e incestos:

…por orden del rey fueron traídos los hombres que habían acusado (de infiel) a Daniel y junto con sus mujeres y sus hijos fueron echados al foso de los leones; aun no habían llegado al fondo cuando ya los leones se habían lanzado sobre ellos y los habrían despedazado.

-Nuestro padre ya está viejo y no hay hombres que se casen con nosotras. Así que vamos a emborracharlo y acostarnos con él para tener hijos suyos… las dos hijas de Lot quedaron embarazadas por parte de su padre y a los hijos les llamaron Moab y Ben Ami (Génesis 19,20)

– El pueblo de Samaria llevará su castigo por haberse rebelado contra su Dios. Morirán a filo de espada, sus niños serán estrellados contra el suelo y las mujeres embarazadas serán abiertas en canal. (Oseas 13,14)

-Herodes se llenó de ira y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, que vivían en Belén y sus alrededores…(San Mateo 1.2

–…!Ése hombre (un comandante romano) no debe vivir! !Bórralo de este mundo! Y como seguían gritando (los judíos) y sacudiendo sus ropas y tirando polvo al aire, el comandante ordenó que metieran a Pablo en el cuartel y mandó que lo azotaran, para que confesara por qué la gente gritaba en contra suya… el comandante, al darse cuenta de que era un ciudadano romano, tuvo miedo por haberlo encadenado…(Los hechos 21,22)

–El padre y el hijo se acuestan con la misma mujer… (Amos 1,2)

–”Pero Joram, una vez que se aseguró en el trono de su padre, pasó a cuchillo a todos sus hermanos, y también a algunos jefes de Israel… (Crónicas 21,22)

(“Dios habla hoy”, título de la Biblia que me obsequió Carmelita Tostado con esta dedicatoria: “Con el anhelo de que el Sr. Higinio Esparza y su familia encuentren en la Sagrada Biblia la paz del espíritu, el gozo que la Palabra brinda… y que vivan más intensamente con Jesús Señor Nuestro que es luz, camino, verdad y vida. Afectuosamente. María del Carmen Tostado. Junio 1992)

¡Muérete primero, después platicamos!

POR: Higinio Esparza Ramírez

-¡Higinio! ¡Higinio!, ¡ven, acércate! Grita de muro a muro el agente vendedor de seguros que hace mucho tiempo fue compañero de trabajo. Juan es su nombre y está sentado en una silla, con un portafolio abierto entre las piernas y un discreto gafete tamaño hoja de máquina de escribir que le cuelga del pecho.

Ríe con los gritos y me acerco cruzando a lo ancho el largo pasillo de espera de la clínica 51 del IMSS.

-No te vayas a poner triste Higinio, pero ¿Qué crees…?

¡Salió tu esquela en el diario, te lo juro! La vi, la leí; tenía tu nombre: Higinio Esparza, gritó Juan para que todos lo escucharan.

Leíste mal; aquí estoy frente a ti, vivito y coleando le aclaré con una sonrisa nerviosa.

Estoy seguro, era tu nombre, dijo mientras se golpeaba con la mano una de las rodillas para remarcar que estaba hablando con la verdad. Sonrió poco convencido, subrayando: -Sí, sí, aquí estás, frente a mí pero te juro –otra vez- que la esquela se refería a ti, pero aquí sigues, entre los vivos.

-Sí, sí, es cierto mírame aunque podría ser un fantasma que se atravesó en tu camino.

De regreso me puse a pensar: Si Juan leyó mi nombre en el fúnebre aviso ¿Por qué nadie –ni siquiera mi amigo Jesús Máximo Moreno Mejía que siempre está pendiente de los obituarios- ha llamado por teléfono a casa para dar sus condolencias?

Reflexioné: ¿Alguno de mis allegados que me están dando una despedida anticipada? ¿Alguien filtró el dato desde el reino celestial? ¿A Juan ya le bailan las letras? O ¿Ya me morí y aún no estoy enterado?

Recuerdo que en alguna ocasión –hace más de quince años- me acerqué a Mela Serna, dueña de Funerales Serna, solicitando un trato preferencial en costos para mi incineración y su respuesta fue tajante: “Muérete primero! después platicamos.

Si Juan no miente, llegó el momento de platicar…

El Periquillo Sarniento, un pícaro del lenguaje

POR: Higinio Esparza Ramírez

José Joaquín Fernández de Lizardi enriquece nuestra lectura con su obra de tono picaresco “El Periquillo Sarniento” publicada a principios del siglo XIX, y cita palabrejas que van más allá del habla común y corriente. Pazguato y zaragate, por ejemplo. Y le sigue, refiriéndose a las damas de rompe y rasga de la época, con la pisabonito, la cucaracha y la quebrantahuesos.

Se regodea igualmente con los extraños vocablos maturangas y fulleros junto con el leperaje, el prima y el tunatismo. La lectura es un deleite y sólo con ella podemos descifrar lo que dice en determinadas citas. Por ejemplo, arrastrar un muerto, oídos que tales orejas, petrimetre y repostadas. Una lectura, repito, propia del vocablo presidencial mañanero, enredado y poco entendible. Los miedecillos y la verguencería, son epítetos nada desdeñables. Irse a profundis con los apostemas… azotando las calles, hacer la mañana, cuzqueando, y entrar por la punta con mucha socarra, son ternuras que tampoco se pueden perder.

Del mismo modo resulta extravagante y divertido su aporte de provincialismos que podrían sonar mal para los bebés de la ciudad alimentados con biberón, no conocen la teta madre e ignoran el papel de las nodrizas. Chichigua, nos dice, equivale al ama de leche, a la nodriza, pues y se deriva de chichitl “en la acepción de bofes, porque también significa saliva”. Enseguida de esa definición, viene lo más chispeante de las derivaciones del vocablo; chichini, el que mama; chichinipul, mamón; chichinalaapilol, tetona o mujer de grandes tetas; chichinialayoatl, suero; chichinalayotl, leche; y chichinali, teta.

Fernández de Lizardi, “El Pensador Mexicano”, fue el primer escritor de novelas en América Latina y su obra “El Periquillo Sarniento” (alias de Pedro Sarmiento, el nombre del protagonista), nos habla de un aventurero, jugador y holgazán provocador de conflictos que se las ingenia para conseguir sin dinero casa, comida y ropa, además de viajes al extranjero; un engañador que cautiva a sus anfitriones, un chino filipino entre ellos; Sarmiento es un campesino, un enfermero, un sirviente que abandona su pueblo; sufre pero es un glotón y enamorado. La leyenda es rica en diálogos graciosos y giros inconfundibles del habla mexicana. Poco a poco nos lleva a un mar de dichos, dicharachos y sobrenombres que, o nos confunden, o nos remiten irremediablemente al glosario de la obra literaria donde se enlistan y describen las voces mexicanas empleadas por Fernández de Lizardi, los vulgarismos y provincionalismos, tanto populares como las que ya están en desuso, un vocabulario popular, el que se habla en las calles y en las reuniones de barrio chilango. “El Periquillo” se transforma a la vez

en un bachiller del arte, un Conde de la Riviera, un togado y religioso, un mendigo o el pillo que se vuelve una cócora de los juegos, escribe Fernández de Lizardi.

“El Periquillo…” nos lleva a otra realidad autóctona, la de principios del siglo XX apegada a nuestras costumbres y tradiciones. El autor emplea latinajos, apócopes y disparates. En la narrativa también campean la muerte, las desgracias y las pedreas que ponen en fuga al personaje cada vez que fallan sus artilugios de curandero, de pillo, de juez, o de soldado. Un andariego que se gana afectos y reprimendas en su azarosa existencia y quien al final del camino, hereda a sus hijos sus cuadernos ilustrativos de una existencia disipada pero divertida. “Vive bien con todos”, parece decirnos Pedro Sarmiento.

Van algunas palabras de muestra de su amplio repertorio: Acocote, guaje o calabazo; ahuizote, animal de mal agüero; arrastrar un muerto, lugares de juego o garitos; burlote, última partida del dinero que se juega; chichi chichigua, ama de leche, nodriza; chinguirito, aguardiente de caña; chupa, chaqueta con faldones abajo de la cintura; jonuco, covacha húmeda y oscura; manilargo, el que da golpes sin ningún sentido; meco, indio bárbaro y salvaje; mondar la picha, robarle la cobija a un jugador; norabuena, noramala; pandorga, diablura estudiantil; tejamanil, tejados de madera; tlemole, guiso hecho con chile colorado molido; oídos que tales orejas; expresión deformada de “oídos que tales oyen”; tencuas, labios desbordados; zaragate, pillo, lépero… El prefacio nos dice que Lizardi usa en sus novelas “frases muy felices y algunas poéticas”: “La vieja madre me dio un zarpazo tal que me hizo ver el sol en plena noche”; “No les interesa que los desdore con tal que lo platee”…

Galletas Marías, obleas de las grandes aventuras con el legendario “Ratón” Macías

POR: Higinio Esparza Ramírez

Entramos de sopetón a la oficina del director, don Antonio de Juambelz y le soltamos: -Jefe, jefe, necesitamos su permiso para viajar a la ciudad de México: el sábado en la noche pelearán en la arena México El Ratón Macías y Ernesto Parra y el domingo en el estadio de Ciudad Universitaria, se enfrentará la Selección de México contra la de Costa Rica, en un partido de fútbol de un torneo continental. Es una oportunidad de oro que no vamos a desperdiciar si usted nos apoya.

Con el rostro semi velado por la lámpara encubierta que iluminaba el escritorio y el montón de papeles y periódicos nacionales que revisaba a diario, don Antonio guardó silencio, sorprendido por la inusual demanda. Se repuso y preguntó: –¿Cómo está eso? ¿Se quieren ir los dos el mismo día? ¿Y en la redacción quién se hará cargo de sus tareas? -No se preocupe, los compañeros aceptaron cubrir nuestras ausencias sólo por tres días. No necesitamos más para cumplir con ese deseo que ya no nos deja dormir ni trabajar a gusto.

Amante de los deportes –jugó fútbol soccer con el equipo España, golf en el Centro Campestre Lagunero y en alguna ocasión box, tenis y basquetbol- Don Antonio impulsaba las diversas manifestaciones recreativas y de competencia a través de una sección especializada. Al Jefe no le agradó la idea, pero se ablandó en unos cuantos minutos y autorizó el permiso -Solo hay un problema, le aclaramos: -No tenemos dinero, préstenos 500 pesos a cada uno. Se los reintegramos con descuentos semanales de nuestros sueldos.

El director dio un brinco en la silla, el puro se incendió entre sus dedos, la lámpara pestañeó y el estupor enfrió el ambiente. -No, no, eso no es posible, no presto dinero ni cumplo caprichos, expresó molesto con el rostro en brasas. Guardamos silencio e inclinamos la cabeza con las manos entrelazadas sobre el estómago en una actitud plañidera que a final de cuentas lo conmovió. De un cajón sacó una chequera y con una pluma Sheaffer llenó y firmó dos documentos por 500 pesos cada uno.

El puro retornó de sus cenizas y la lámpara recuperó voltaje; atrapamos los cheques a vuelo y salimos raudos de la oficina. Antes de ganar la puerta, don Antonio advirtió con perentorio grito: ¡Si no regresan en tres días, quedarán despedidos! No contestamos porque el agradecimiento enturbiaba ojos y voz.

Compramos los boletos y el viernes muy tempranito viajamos a México (el camión paró brevemente en Ciudad Lerdo y como me hallaba recién casado, gasté 25 centavos en una tarjeta de los enamorados, la deposité en un buzón cercano y se la envié a mi flamante esposa, ante el enojo de Rodrigo; tardíamente comprendí que no llevábamos dinero para gastarlo en nimiedades y como se leerá más adelante, esos centavos nos hicieron muchísima falta en México); llegamos al DF el sábado, justo a tiempo para adquirir los boletos de entrada a la Arena México, escenario de la histórica pelea de despedida de los encordados, del ídolo mexicano, Raúl “Ratón” Macías. Ante las taquillas había largas colas y de repente se nos acercó un revendedor encubierto en las sombras y nos ofreció dos boletos, con un recargo de miedo, desequilibrante del exiguo presupuesto que apretábamos en los bolsillos. -!Síganme! ordenó y nos llevó a una vecindad cercana. Se nos acalambraron las piernas, pero le echamos valor al asunto y trepamos por una desvencijada escalera al segundo piso; en una puerta vieja de un viejo cuartucho, una viejita le entregó los boletos, nos pidió el dinero y desapareció. En la Arena México nos esperaban más colas de aficionados y el acabose (para dos humildes provincianos) fue la entrada al enorme recinto pletórico de gente chilanga, con las luces iluminando el cuadrilátero y dos pugilistas cubriendo la primera pelea del programa. Nos quedamos con la boca abierta y ojos de plato. En el séptimo “round” El “Ratón” sacó del encordado a Ernesto Parra con un potente golpe a la quijada y las luces de la arena estallaron de júbilo. Rodrigo y un servidor, nos abrazamos, satisfechos de haber cumplido a satisfacción con esta odisea y también gritamos a todo pulmón. El domingo, más desenvueltos y con un toque cosmopolita, nos trasladamos al estadio de la Ciudad Deportiva para disfrutar el triunfo de México sobre Costa Rica por dos goles a cero, anotados por Héctor Hernández. No habíamos probado alimento por falta de dinero y de pronto del cielo comenzaron a caer migajas de pan, carne, lechuga y jalapeños. !Un milagro! Pensamos. Pero no fue tal. Resulta que un chilango sentado un asiento más arriba, a cada mordisco que le daba a una torta gigante de dos pisos y un metro de largo, nos salpicaba de sobras, y las comimos sin ningún rubor para calmar el hambre que nos atosigaba panza y alma en esa mañana futbolera.

En la terminal de los autobuses, ya de regreso de México y con veinte centavos aún disponibles, compramos un paquete de galletas María, las llevamos al paladar como si fueran obleas y las conservamos en la boca de México hasta Torreón. Gracias a las milagrosas galletas, la inanición nos hizo los mandados. Sin embargo…

A la llegada del autobús a la terminal de Torreón, impulsados por el apetito fallido, cada uno corrió a su casa y devoró lo que había en la cocina. Encontré un caldo de tres días (el caldo, no la res) y acabé con tuétanos, cocido y elote. Duré día y noche con diarrea; a Rodrigo le fue mejor: halló puros frijoles de la olla

pero no se puso malo porque estaban recién cocidos. A tantos años de distancia, ya no me da vergüenza revelar un hecho un tanto penoso pero esencial y necesario. Mientras arrancaba el autobús de vuelta a nuestra ciudad, hurgamos en unos botes de basura en los patios de un restaurante, buscando residuos de comida, y nos fue bien: Rodrigo saboreó un salmón ahumado con aceitunas y ostiones y yo un chile en nogada… con un tenedor.

A don Antonio no le fallamos: el lunes nos reportamos puntuales a la Sala de Redacción, Rodrigo a la sección de cables y un servidor a la máquina Remington para pasar en limpio mensajes, telegramas, corresponsalías y contestar, con buenos modos, el teléfono. Sus mecanógrafos, los más veloces del rumbo, habían retornado sanos y salvos, cubiertos de laureles y de gloria.

Lerdo, con sus aromas y sabores encierra historia con personajes emblemáticos y su arquitectura

POR: Higinio Esparza Ramírez

Conchita Olázabal Sierra fundó en su casa de Ciudad Lerdo una escuela de manualidades y artesanías con más de treinta alumnos, a quienes incorporó a tareas productivas relacionadas con la preparación de vinos, la elaboración de dulces regionales y flores de migajón de pan; las técnicas de pirograbado, esmerilado de vidrio, filigranas de costura y clases de guitarra. La repostería con sus pasteles de chocolate y vainilla, complementaron una enseñanza metódica y exigente.

A la muerte de su señor padre don Rafael Olázabal, -”Rafaelito”- Conchita cerró la escuela y acondicionó la vivienda para abrir el restaurante que lleva su nombre, uno de los más prestigiosos de la comarca en el renglón de comida casera y de convivencia familiar.

Icono lerdense la llama el licenciado Ramón María Nava González en su memoriosa y memorable historia “Lerdo de mis recuerdos”, una crónica de la que él mismo fue protagonista -y lo sigue siendo- como académico, activista político y líder social; escritor y rector del ISYTAC (hoy Universidad Lasalle Campus Laguna), un recopilador de anécdotas que nos regresa en el tiempo “hacia épocas en las que vivimos y crecimos al amparo de su caserío, sus huertas, plazas, capillas, y parroquias”… Lerdo, pues. Con su venia licenciado Nava, agrego yo: -… sus viveros y sus higueras a las que nos llevaba de niños mi señora madre para pizcar a brazo pelón los higos de savia ardiente.

Del mismo modo me permito incorporar a su historia de lerdenses destacados, las hazañas laborales y empresariales (cobra de quinientos a mil pesos por jornada) del maestro ebanista Francisco Fernández Rodríguez, un artista de la garlopa, la lija y la pistola de aire y quien en sus tiempos libres se dedica a fabricar bicicletas de madera de uso utilitario y ornamental y cuadros plásticos repujados también en madera, dos de los cuales me vendió a precios innombrables: una copia de los caminantes nómadas del pintor y escultor mexicano David Alfaro Siqueiros y la torre morisca con un reloj que configuran la estampa de un Lerdo provinciano y mágico, con una acequia -una gran acequia- que regaba vida y prosperidad.

Retomando las memorias del licenciado Nava, Lerdo fue cuna de pilotos (Capitán Francisco Sarabia), de juristas, sicólogos, intelectuales, luchadores sociales, sacerdotes, deportistas, promotores de box (Rodolfo “Chivo” Díaz), músicos, clasificadores de algodón, fotógrafos y funerarios, neveros (Chepo,

custodio innato del legado ancestral de la nieve de garrafa), chocheros y cerveceros, promotores del teatro y la cultura, filántropos y filántropas, banqueros, cantantes (Néstor Mesta Cháirez, el Gitano de México), historiadores, comerciantes (Salsipuedes, célebre sobrenombre de la tienda abierta en Torreón por el lerdense Elías Zarzar), tribunos de la talla del licenciado Juan de Dios Castro Lozano, charros, maestros violinistas y chelistas, un líder social (David García Muñoz) quien siempre luchó por la creación de la ciudad de la Laguna, Cenobio Ruiz Martínez, apodado “La Saeta”, campeón sempiterno de la vuelta ciclista a la Laguna, Eustaquio Tacho Fernández, el bronco de broncos al mando de la Policía Federal de Caminos, militares (coronel Jesús Díaz Couder) y el profesor matamorense José Santos Valdés quien fue atraído y adoptó como suyos los aires lerdenses, son, entre otros, personajes de la Ciudad Jardín. La comunidad lerdense del mismo modo inspiró al poeta potosino Manuel José Othón, (radicó temporalmente en Lerdo), a componer un poema que habla de la aridez lagunera -Una estepa del Nazas su título- “…rueda el río monótono en la cuenca/ sin un cantil ni un rompiente/ y a ras del horizonte/ el sol poniente, cual la boca de un horno reverbera… son algunos de los versos del bucólico trabajo de quien llegó a enamorarse de estas tierras laguneras. “Idilio Salvaje” es una de las grandes obras de su extenso repertorio lírico.

En la hacienda de San Fernando -hoy transformada en restaurante de “sírvase usted mismo” con cocimientos a base de carbón y leña, tuvo Lerdo su origen, comunidad fundadora de la Comarca Lagunera y junto con la Casa Nava, representan los principales bienes de sus habitantes Otro más, también emblemático, lo fue el desaparecido tranvía eléctrico, con sus asientos giratorios de madera, sus troles y su ruta de Torreón a Lerdo y de Lerdo a Torreón pasando dos veces por Gómez Palacio, luego de cruzar por el recio puente del bien recordado Nazas.(El río no ha muerto, aclaro, sólo que ya no lleva agua como antes. Del puente, por el contrario, sólo quedan las columnas de piedra que lo sostenían)

Por la hacienda pasaron don Miguel Hidalgo, Padre de la Patria, y don Benito Juárez, el Benemérito de las Américas, De este último, el nuevo dueño de la finca, Carlos Aguilera, conserva intacto el despacho usado por el prócer oaxaqueño, incluyendo los muebles de la época. Lerdo es asimismo poseedor de la simbólica parroquia del Sagrado Corazón, la primera de ese rango construida en la región y depositaria de un artístico monumento de mármol esculpido en Italia, conocido como el Ángel del Amor, llamado así porque si lo invocamos, luego luego nos encuentra novio o novia y de paso recupera los amores perdidos. Fue dedicado a doña Enriqueta Crabtree de Gámez, tronco de prominentes familias de Lerdo -los Franco Crabtree, los Franco López, los Franco Ugarte entre otras, y su plaza de toros donde debutó como novillero el malogrado

Valente Arellano Salum. La Casa Nava, una reliquia arquitectónica del siglo XVIII, de la misma manera fue punto de reunión de figuras destacadas tales como el mismo capitán Francisco Sarabia, en amena charla con doña María Teresa González Díaz de León, madre del licenciado Nava González e hija de don Longinos González Ruiz, quien adquirió la finca que ha sido propiedad de la familia desde hace 104 años; Herminio Hernández y Guillermo Martínez, artífices de un quinteto de cuerdas que tocó en la residencia; y hospedería temporal del primer cardenal que hubo en México, el arzobispo de Guadalajara José Garibi Rivera, así como del general Rodrigo Quevedo, comandante de la VII región militar y del general Pablo Quiroga Escamilla, revolucionario que murió en Lerdo y cuyo hijo Pablo se casó con Cuquita Franco Crabtree.

(Gracias licenciado Ramón María Nava González, por compartir sus memorias, y a ti, Gaby Nava Femat, mi correctora de cabecera, gracias por tu asesoría)