A mí también me encantan mis nietos… pero de lejos

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POR: Higinio Esparza Ramírez

Escondí mi caja de herramientas debajo del lavadero, en el cuarto de servicios ubicado en la planta alta de mi modesta casa, avisado de que pronto llegarían los nietos. Efectivamente, irrumpieron poco después por enésima ocasión en mi vida pacífica, azotando la puerta y abriendo a puntapiés las puertas de vidrio que llevan al jardín. Se treparon a la azotea por una escalera de caracol y se pusieron a jugar futbol. Sus pataleos y corretizas cimbraron mi cabeza y comenzaron a desprender el caliche que une las tejas del techo, un movimiento casi telúrico. Las imágenes de la pared se movieron y cayeron al suelo los frasquitos de gotas oftalmológicas que se hallaban en el buró de la recámara. El Titánic se enderezó, su imagen desde luego.

De pronto cesó el ruido y respiré a profundidad, aparentemente aliviado porque la tranquilidad había retornado a mi espacio hogareño. Pero no fue así: se pusieron a jugar futbol en el jardín y a golpear con el balón de cuero crudo los pórticos habilitados por los intrusos como porterías en un extremo, y por el otro utilizando macetas con plantas floridas, las cuales se doblaron al primer balonazo.

Refunfuñé otra vez pero los de adentro -los adultos que comían chiles en nogada preparados por mi esposa- no me hicieron caso. Salté de mi silla cuando los arrebatados nietos se metieron con mis tortugas, interrumpiendo su hibernación, Entonces me enojé de a de veras, con iguales resultados: sordera y desdén con el consiguiente reproche de mi parte: -con un carajo, ¿A qué hora se van?..

Pero no se fueron. De pronto uno de los nietos subió y bajó del techo con un serrucho para podar árboles y comenzó a serruchar la

casa, comenzando con los pilares que sostienen la cornisa del jardín. Lo descubrí a tiempo, pues del otro modo, yo y mis tortugas ya estaríamos muertos por el derrumbe premeditado y alevoso.

Y no miento. Una mondadura en una de las columnas demuestra cómo las manos infantiles son capaces de derribar una finca, luego de abollar el techo y romper los cristales del zaguán. -Yo te pago, no te apures aguadito (abuelito), dijo la madre, mi nieta, pero se hizo la zonza y los de casa cubrimos el gasto. Afortunadamente aquellos diablos crecieron y se fueron cada quien por su lado. Pero los renuevos amenazan…

Un periodista publicó que le encanta estar cerca de sus nietos y jugar con ellos. No me explico esa motivación, pues en mi caso no existe y menos cuando uno de esos nietos (los míos) tira a la taza del excusado mis molares de repuesto de oro puro que costaron dos mil quinientos pesos. Los busqué por todos lados,

menos en el drenaje y tuve que reponerlos con un costo adicional de quinientos pesos.

Me llamo Higinio, pero esos mismos nietos me dicen Eginio o aguadito y más reniego cuando me apuntan con sus ametralladoras de juguete, y lo hacen a fuego cruzado.

Fuera de casa también hay nietos sorprendentes: El que dice “los testículos” de Jehová en lugar de Los Testigos de Jehová o el que le dispara telarañas al abuelo Juan Manuel simulando que es el “hombre araña” y sí, lo deja enredado y feliz por la imaginación y talento del pequeñuelo. Menos mal que no fingió ser Superman, pues se lo hubiera llevado volando por los cielos hasta llegar al planeta Kripton, vecino de Plutón.

Mi nietecito Daniel esculcó mis ropas y encontró una fotografía con mi efigie y la de una joven compañera de trabajo y se la mostró a la abuela.

-¿Quién es? preguntó el pequeño apuntando con el dedo a la mujer de la foto.

-Es una piruja, acusó la señora pero el infante no la entendió y me despertó sólo para preguntarme: ¿Es una peduja?

Estos recuerdos no encierran ni protestas ni reproches, pues el actuar infantil sazonó mi vida y lo mejor, aún despiertan sonrisas las ocurrencias de quienes entraban a la cocina y acababan en un dos por tres con las empanaditas de ate de membrillo, mermelada de fresa y mermelada de higo preparadas por mi afanosa mujer. Del mismo modo alegraron mi vida, cuando chiquititos, mis dos primeros nietos: uno era fonomímico y mandaba mensajes con las manos, el otro bailaba “Pollitos con papas”. Pero Andrea, tercera generación ya los desbancó: -Dame un circulito, le pide a la madre y frunzo el ceño. -Un taco con limón y sal, quiso decir, explica la abuela.

Llega a mi rescate de abuelo irreverente, el libro de Armando Fuentes Aguirre “De abuelitas, abuelitos y otros Ángeles Benditos”, y no hay remedio: su lectura me

fascina y da pie para orientar y complementar mi sentir acerca de los benditos nietos y bisnietos, estos últimos también con merodeo travieso por mi casa, pero no saben que ya vendí el serrucho. Con el permiso de Catón, de quien estoy seguro me perdonará el uso de su nombre y de su trabajo literario, pues su obra trasciende y fascina; alivia penas y nos llena de ilusiones. Por lo tanto, y con su permiso, transcribo un fragmento de uno de sus textos, pleno de ternura y de certezas:

…Criaturita que llegas con tus mañanas a mis tardes: eres para tu abuelo promesa de esperanza y don de fe. Cuando conmigo estés, sentiré que Dios está conmigo. Muy cerca de Él estamos los dos. Tú, porque acabas de salir de sus manos. Yo, porque me acerco más a sus brazos. En los míos te dormiste ayer. En los suyos mañana dormiré. (Armando Fuentes Aguirre)

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